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Cultura

Intercambio de información sobre música, lectura, teatro, etc. Apuntes del acontecer cultural en la Comarca y sus fronteras.

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autor Escrito por apologeta
Gobernador
sábado 30 de septiembre de 2017 01:20

LOS MÁS GRANDES RELATOS…

En este tema publicaré varios relatos reales, que marcaron en la Historia Moderna. Y empezaré por narrar: La más grande historia de amor... jamás escrita. 

Un frío día de 1845, una mujer reposaba en un sofá, en el segundo piso de una casa situada en la calle londinense de Wimpole. Daba la sensación de que la vida ya le había ofrecido todo lo que podía darle. En el silencio de la habitación que ella ocupaba permanentemente, su figura, hundida en el sillón, parecía una sombra vestida de terciopelo. La invalidez la tenía recluida allí desde hacía seis años. Era como una prisionera en su propio dormitorio, donde el ruido más fuerte que se oía era la respiración de “Flush”, un perrito de aguas. Esta inválida, cuya primera juventud estaba ya lejana, se llamaba Elizabeth Barrett, y aunque había ganado gran fama como poetisa, su precaria salud le cerraba las puertas al mundo. Un día, el cartero llamó al número 50 de la calle Wimpole. Con frecuencia llegaban cartas para Elizabeth, ya que ésta mantenía correspondencia con muchísima gente que le escribía en relación con sus poemas. También recibía cartas de admiradores, que arrojaba al fuego. Sin embargo, Elizabeth no quemó la carta que llegó aquel día. Aunque aún no lo sospechaba, aquélla iba a ser la llave que abriría las puertas de su prisión. Era el primer paso de una evolución que transformaría a una solterona achacosa en la heroína de un idilio sin igual en la historia de la literatura.

Después de mirar la firma, leyó ávidamente: “Amo sus versos con todo mi corazón, querida señorita Barrett”, así comenzaba la carta. Y luego seguía elogiando: “esa grande vívida poesía de usted”, haciendo gala de una cálida comprensión que le llegó al alma.

Y añadía: “Como digo, amo realmente sus libros con todo mi corazón, y la amo a usted también. ¿Sabe que una vez estuve a punto de conocerla personalmente? El señor Kenyon me dijo una mañana: ¿Quiere que le presente a la señorita Barrett?, y fue a anunciarme, pero al poco tiempo volvió diciendo que usted no se sentía bien. Regresé desconsolado a mi casa. ¿Nunca la podré ver?

“De todos modos, quiero decirle que era necesario que sus poemas se escribieran y que despertaran el agradecido y sincero entusiasmo y la alegría de su devoto admirador…Robert Browning.” 

 Esa carta fue como una ráfaga de auténtica felicidad para Elizabeth. Aunque sólo conocía a Browning por su obra poética, aunque todavía no había alcanzado tanto éxito como el de ella. En aquel momento le pareció que había entablado una relación personal común de un hombre franco, dinámico, lleno de amor a la vida. Sin vacilar le contestó:

“Gracias de todo corazón, señor Browning…”, comenzaba su carta. Luego pasó a discutir cuestiones literarias, como lo haría un poeta que se dirige a otro. Pero también atendió a la súplica velada en la carta de Browning relativa a que ambos se conocieran pronto, a lo que ella escribe: “Los inviernos me cierran todo horizonte, como cierran los ojos del lirón”, escribió con cierta picardía, y después hizo una delicada insinuación: “En la primavera veremos”. Elogiando de nuevo sus poemas y terminó: “Su agradecida y sincera amiga…Elizabeth Barrett.”

Continuará esta historia de amor…

Fotos: Elizabeth Barrett y en la otra Robert Browning

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Hay 54 respuestas al foro

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autor apologeta el 30/sep, 2017 10:41 Gobernador

Continúa ésta…la más grande historia de amor, jamás escrita.

Así comenzó una correspondencia amorosa única en la historia de las letras. En aquella afectada época victoriana resaltaba la franqueza que ambos expresaban sus sentimientos. Las cartas, que fueron y vinieron diariamente o cada dos días se conservan intactas, suman un total de 573, y revelan el desarrollo de una de las relaciones más bellas y completas que se tenga noticia.

La libertad de que gozaba Roberto Browning contrastaba con la reclusión de Elizabeth. Vivía éste con unos padres indulgentes y una hermana en una agradable casa situada en los alrededores de Londres, y dedicaba su tiempo y energías a escribir versos. Asiduo lector desde muy joven, debía gran parte de su cultura a su padre. Era bien recibido en sociedad, pues tenía aspecto distinguido. Viajo a Rusia como secretario diplomático, y estuvo dos veces en Italia, que siempre fue una segunda patria para él. Y fue en el extranjero que comenzó a leer los poemas de Isabel Barrett. Él que se había creído incapaz de amar a alguna mujer, hallaba ahora en ese reino ultraterreno donde los poetas descubren su verdadera personalidad, a la única mujer en el mundo que podía atraerle.

Estaba enamorado de un alma y de su inteligencia, y en verdad en aquel momento Isabel Barrett era bien poco más que eso. Ya había renunciado a toda esperanza de retomar a la vida activa. Ella, la hija mayor de una familia numerosa y próspera, vivía en un lugar de Herefordshire. Su padre, Eduardo Moulton-Barrett, heredero de una fortuna regular, había estudiado en Harrow y en Cambridge, pero se convirtió en tirano de su casa.

Sin embargo, Elizabeth tuvo una niñez feliz. Aprendió griego y francés, leía con voracidad y escribía tragedias poéticas. La suya propia comenzó a los 15 años de edad con una tos rebelde y una lesión en la espalda, sus pulmones se resintieron y su salud empeoró. Pronto falleció su madre y cuatro años más tarde su padre decidió vender la casa de campo y comprar la casa de la calle Wimpole. Allí se agravó la dolencia de Elizabeth, quien se refugió en la sombra y en el silencio y a merced de los tiránicos caprichos de su padre, los que pesaban eternamente sobre la casa como truenos en un día de tormenta. El principal era la prohibición absoluta de contraer matrimonio. No permitió que se casara su hija Enriqueta, joven alegre y amiga del baile. Estas escenas afligieron profundamente a Elizabeth y esto hacía más infranqueables los muros de su prisión.

Más las cartas del desconocido Roberto Browning, comenzaron a llegar casi diariamente, fueron como golpes a esos muros, como mensajes de libertad. El poeta había interpretado la tímida frase de ella “en la primavera veremos” como una invitación formal a visitarla entonces, y no bien cesaron los rigores invernales afirmó que la primavera había llegado. “La mía llega más tarde”, le respondió ella, pero reafirmó su promesa. Finalmente, un martes por la tarde a fines de mayo, Roberto Browning entró al número 50 de la calle Wiimpole y subió la escalera que lo condujo a la habitación donde ella lo aguardaba. Se había abierto una brecha en la prisión. 

CONTINUARÁ ESTA GRAN HISTORIA DE AMOR...

¡¡Deja que los perros ladren...es señal de que vamos avanzando!!



Echále!!

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autor GVC2107 el 30/sep, 2017 10:58 Diputado plurinominal

@apologeta » que sigan estas buenas historias mi Estimado Polo...saludos hasta Maza, espero hayass regresado ya

XAS



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autor Chupeton el 30/sep, 2017 11:03 PRESIDENTE

@apologeta »

0IGA COMPAGÑON SE ME HACE RARO QUE NO MENCIONE PARA NADA A SU LECTORA NUMERO 1 #PATY14 PUES ELLA CREO ES DE PUEBLA Y YA TIENE UN MES QUE NO APARECE POR SUS TEMAS NI EN EL FORO,OJALA Y ESTE BIEN PORQUE CON LOS TEMBLORES Y EL POPOCATEPETL ESTA CAÑON POR AQUELLOS RUMBOS SISMICOS.

UN CHUPETON,ES LA MARCA DEL CHAMUCO!!



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autor apologeta el 30/sep, 2017 11:47 Gobernador

@GVC2107 » Gracias mi estimado amigo GVC, espero terminar hoy esta primera historia y seguir con las próximas que al igual serán interesantes. Has sabido algo de Piporro, ya tengo tiempo que no lo veo con sus comentarios. Ojalá todo vaya bien...un abrazo mi estimado. Y sigo en León pero pronto iré a Maza.

¡¡Deja que los perros ladren...es señal de que vamos avanzando!!



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autor apologeta el 30/sep, 2017 12:15 Gobernador

@Chupeton » Compañero Chupeton, creo que @paty14 se encuentra bien, las malas noticias corren más rápido que las buenas y espero que esté leyendo este tema, que son los que más gustan leer las mujeres. Sin agraviar a los machos del Foro, por supuesto. Pero habrá temas no tan románticos…más bien trágicos. Saludos y que bueno que mencionaste a nuestra compañera Paty. Y al que también se le extraña es a @piporro.

¡¡Deja que los perros ladren...es señal de que vamos avanzando!!



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autor apologeta el 30/sep, 2017 15:33 Gobernador

Gracias @Lagunerohastalamuert, por tus palabras, aunque tu tema "Como siempre" ya no salió al aire, pero si salió algo de tu comentario y tal vez estés en el "congelador" amigo. Pero gracias nuevamente y espero seguir con buenos temas. Te esperaremos amigo y un saludo hasta Alemania.  

¡¡Deja que los perros ladren...es señal de que vamos avanzando!!



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autor apologeta el 30/sep, 2017 18:00 Gobernador

Continuamos con una gran historia de amor…

Refiriéndose a esa primera visita, Elizabeth dijo luego simplemente: “Desde que entraste, ya nunca te fuiste”. Esa vez Roberto no estaba enamorado solo de un espíritu. Sin esperar más, le escribió diciéndole que se había enamorado locamente de ella. La carta afligió a Elizabeth, y se la devolvió. (Esa es la única misiva que falta en la correspondencia, publicada después en dos volúmenes). Contestó a su impetuoso enamorado prohibiéndole que volviera a hablar de tal cosa, más la carta era cordial, y terminaba: “Con recuerdos agradecidos de su amiga”.

Ambos seguían entendiéndose muy bien por escrito, y así lograban una intimidad mayor que la proporcionada por las visitas, las cuales se hicieron semanales. La presencia de Roberto fortalecía a Elizabeth, quién comenzó a sentirse capaz de levantarse del sofá y andar por el cuarto. En la mitad del verano se decidió a salir fuera para tomar el aire. “¡Ahora si me siento vivir!” exclamó. En cuanto a Roberto se animama ya a escribir cada vez más como un enamorado, y ella no se lo prohibía, aunque su máximo temor era que su mala salud le fuese a arruinar a él la vida. No obstante contar con ya 40 años, Elizabeth se encontraba sujeta a la voluntad paterna.

Pero el abuso del poder provoca la ruina de los tiranos. Las cadenas que le habían aprisionado toda la vida se rompieron y al apartarse tristemente de ese padre al que ya no podía considerar guía y apoyo, su corazón encontró otro dueño: Roberto Browning.

A partir de ese momento sus cartas respondieron con ardor a las de él; las palabras cariñosas fluía de ambas plumas. Roberto comenzó a llamarla por su apodo familiar: “Ba”, y al mediar el invierno ella firmaba “siempre tu Ba”. Aunque estaba perdidamente enamorada, los obstáculos le seguían pareciendo insuperables. El peor... su debilidad física. Animada por Roberto, luchaba por recuperar sus fuerzas, dejaba su cuarto y bajaba al salón, cosa que no había hecho los inviernos anteriores. Pero su mayor temor era su miedo de que se descubrieran sus relaciones sentimentales. Si eso ocurriera, su padre destruiría las cartas antes de que llegaran a manos de su hija, y a Roberto se le prohibiría la entrada a casa. Al aumentar la pasión…aumentó también la tensión nerviosa.

Al acercarse la primavera, los enamorados decidieron que la única solución posible era huir juntos a Italia. Sin embargo Elizabeth la postergaba. Ya salía a menudo con el fin de fortalecerse; llegó hasta pasear por el parque Regent, lo que le causó “una emoción sumamente extraña”, y hacer algunas visitas. Todo eso robustecía sus alas, pero el verano iba llegando a su fin. Entonces su padre, sin darse cuenta, la obligó a tomar una determinación.

“Esta noche se nos ha anunciado en casa un edicto”, escribió alarmada Elizabeth a Roberto el 10 de diciembre. Su padre había ordenado a la familia que dejara por un mes la casa de la calle Wimpole, a fin de ésta fuese decorada de nuevo.

“Si te vas, nuestro matrimonio se demorará por lo menos un año”, le contestó Roberto. “Ya ves lo que hemos ganado con esperar. Debemos casarnos inmediatamente e irnos a Italia. Hoy solicitaré el permiso; la boda podría tener lugar el sábado”.

Foristas y lectores…los voy a dejar intrigados, pero esta historia de amor…continuará, voy a comer. Y ustedes no coman ansias…viene lo bueno y las lágrimas también.

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autor apologeta el 30/sep, 2017 20:31 Gobernador

Continuamos con el relato…

Esta vez, Elizabeth no vaciló. El sábado 12 de diciembre de 1846, salió por la mañana de su casa con una criada fiel de apellido Wilson, aparentemente para visitar una amiga. En mitad del camino se desmayó, pero un frasco de sales traído desde una farmacia cercana le ayudó a reponerse. Por fin ambas mujeres llegaron a la iglesia, donde Roberto aguardaba en compañía de un primo suyo. De pie y juntos los enamorados cambiaron los juramentos que debían unirlos para siempre. Agotada Elizabeth volvió con la criada a la calle Wimpole; la huida se efectuaría cuando ella se sintiera más fuerte.

Sus hermanos todavía buscaban una casa la familia pudiera albergarse mientras duraran los trabajos de remodelación. Aprovechando la confusión, Elizabeth pudo disimular sus preparativos para el equipaje, y luego se dedicó a escribir a su padre una carta en la cual le pedía que la perdonara. Roberto interrumpió sus visitas, y en esto llegó la orden de dejar la casa de la calle Wimpole lo antes posible. Ya no se podía perder tiempo; las maletas de Elizabeth habían sido sacadas secretamente del edificio y enviadas a su nuevo destino. El sábado 19 de septiembre, una semana después de haber contraído matrimonio, Elizabeth y su criada bajaron por última vez la escalera llevando a Flush con ellas. No lejos de allí encontraron a Roberto Browning, cerca de una librería. Los esposos tomaron un coche que los llevó a la estación del ferrocarril, y desde allí iniciaron la primera jornada de su viaje hacia el sol y la dicha.

Los años siguientes fueron idílicos: Paris, Pisa, Florencia, Roma; fuego de hogar, paz, poesía;  y siempre un buen entendimiento entre marido y mujer. Elizabeth se robusteció y su salud experimentó notable mejoría. En la primavera de 1849 dio a luz un hermoso niño, lo que aumentó la felicidad del matrimonio. Regresaron a Inglaterra en varias ocasiones, pero Elizabeth no logró nunca vencer el helado resentimiento a su padre, quien se limitaba a devolver sus cartas sin abrirlas. Consideraba que su hija había muerto para él.

Más Roberto Browning, que la había salvado de aquél, logró a fuerza de cariño y de cuidados con  amor. Hasta una tarde de junio de 1861, Elizabeth sufrió en Florencia un ataque de bronquitis y empeoró de súbito. Se envió a buscar un médico, mientras Roberto sostenía a su esposa. Más tarde él escribió: “Entonces, sonriendo siempre y conservando una expresión de felicidad en su rostro de niña, falleció a los pocos minutos en mis brazos, con su cabeza apoyada en mi mejilla”.

Elizabeth Barrett Browning dejó un testimonio perdurable de su amor. Una mañana, en Italia, deslizó en la mano de Roberto un cuaderno de poesía, que luego se publicó bajo el título de Sonetos del portugués. Uno de ellos constituye el más hermoso poema de amor que una mujer haya escrito en inglés. Se los publico y se llama ¿De qué modo te amo?  

¿Cómo te amo? Déjame decirlo: 

Te amo en lo profundo, a lo ancho y alto, hasta donde mi alma alcanza,

Cuando me siento perdida en los confines del Ser y de la Gracia ideal. 

Te amo en las pequeñas cosas cotidianas del día; en la luz del sol,

Y en aquella de la vela.

Te amo libremente, cual los hombres que buscan la justicia;

Y te amó puramente como aquellos que rechazan honores. 

Te amo con toda la pasión que utilicé en mis aflicciones,

Y con la fe que tuve cuando niña. 

Te amo con un amor que yo creí perder,

A mis santos olvidados. 

Te amo con el aliento, las sonrisas y lágrimas de mi vida entera;

Y si Dios lo desea, te amaré aún mejor… después de mi muerte.

 

(Elizabeth Barrett Browning)

 

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autor Lagunerohastalamuert el 1/oct, 2017 09:11 Diputado local

@apologeta 

A pesar de la represión de los moderadores (y no me explico en este caso por qué borraron mi felicitación hacia tus temas...pero en fin, recaerá en su conciencia), pero voy a escribirlo las veces que sea necesario:  felicidades por tus temas y por la forma tan amena en la que los expones.  De no ser por ti, este foro sólo contendría las estupideces y nacadas de René (Renato) Holguín.  Este tipo de temas de verdad que da gusto leerlos.

La ignorancia es el origen de todos los males (y del obradorismo junto con todas las corrientes de izquierda).



hermoso Amor ; su aliado los poemas

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autor luisa37 el 1/oct, 2017 12:41
Visitante distinguido

@apologeta »  muchísimas felicidades ; Grandiosa Historia de amor.

El  Amor , romanticismo , la esperanza ,el milagro. Los mejores aliados 

para esta historia de Amor. Como lo dice Ella misma en este poema. 

Es usted un gran narrador Señor @apologeta  espero seguir deleitándome con las historias que usted desempolva.

 

luiza37



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autor blablablabla el 1/oct, 2017 15:11 Gobernador

@apologeta » oh! L' amour. Exlelente historia, y más se disfruta por la llegada del Otoño lleno de hojas con rojos de melancolía y anaranjados de nostalgia de lo tenido y lo perdido. Ahora que llegan sus colores ocres y calidos amarillos, me quedo petrificado al lado de un árbol viendo sus hojas caer, y me imagino montado en una de ellas leyendo la más grandiosa historia de amor. Saludos  

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saludos.



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autor apologeta el 1/oct, 2017 17:39 Gobernador

@Lagunerohastalamuert » Gracias Lagunerohastalamuerte por tus palabras y las de otros foristas, son alimento para seguir con estos temas…gracias a todos ustedes.

Saludos hasta Alemania…amigo. 

 

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autor apologeta el 1/oct, 2017 17:49 Gobernador

@luisa37 » Gracias Luisa, y deseo que usted siga leyendo los siguientes relatos, aunque algunos no serán tan románticos... pero son grandes en el sentido amoroso y algunos también en lo trágico. Me da gusto que nos visite si es usted nueva en estos Foros...sea usted bienvenida. Y gracias Luisa por su participación. Saludos

 

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autor apologeta el 1/oct, 2017 17:53 Gobernador

@blablablabla » Gracias amigo Blablabla por tu gran imaginación y tus fotos increibles de tus participaciones. Saludos y un abrazo.

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autor apologeta el 1/oct, 2017 18:46 Gobernador

Compañeros Foristas y lectores, aunque la Navidad no está aún en puerta, me quiero adelantar y contarles este relato que también llega al corazón. Lo que voy a contar lo leyeron ustedes probablemente en alguna revista, mas no supieron sus nombres porque no los publicaron, ni contó tampoco la historia completa como yo la voy a relatar aquí. Se llama:

UN REGALO DE NAVIDAD…

EL HOMBRE más triste y solitario del pueblo era sin duda Peter Richards aquel día en que Jenny Grace entró en su tienda.

Aquel pequeño comercio de curiosidades lo había heredado Peter de su abuelo. El pequeño escaparate con vidriera a la calle estaba atestado de cosas antiguas en pintoresco desorden: brazaletes y relicarios que estuvieron de moda por allá en los tiempos de Maricastaña; anillos de oro y cajas de plata labrada; estatuillas de jade y de marfil; pastorcitos y damiselas de porcelana.

En aquella tarde invernal hallábase allí una niña con la frente pegada a los cristales; la atenta mirada de sus grandes ojos examinaba cada uno de aquellos tesoros de desecho como si buscara algo muy especial.

Por fin se decidió y con aire satisfecho entró en la tienda. El umbrío interior estaba aún más atestado que el escaparate. Los estantes estaban colmados de cofres y joyeros, pistolas de duelo, relojes y lámparas; y por el suelo yacían morrllos de chimenea, mandolinas, e infinidad de cosas cuyos nombres no sería fácil saber.

Detrás del mostrador estaba Peter en persona: hombre no mayor de 30 años aunque sus cabellos ya habían comenzado a blanquear, con gesto desapacible contempló a la pequeña parroquiana que apoyaba las manecitas desenguantadas sobre el mostrador. 

—Señor—comenzó la niña— ¿quisiera usted hacer el favor de mostrarme esa sarta de cuentas azules que hay en el escaparate?

Peter apartó las cortinas y alzó el collar. Las turquesas brillaron con azulados destellos sobre la palidez de la mano que extendía  la joya  para  enseñársela a la chiquilla.

— ¡Son perfectas!—dijo ella para sí. Y luego en voz alta—: Tenga la bondad de envolvérmelas en un paquetito, pero muy lindo.

Peter la examinó con su dura mirada.

— ¿Para quién las compras?

—Son para mi hermana mayor. Ella es quien ve por mí. Verá usted, ésta es la primera Navidad que

Pasamos solas desde que murió mamá, y me he propuesto buscar el más lindo regalo que pueda encontrar para mi  hermana.

— ¿Cuánto dinero traes?—le preguntó Peter cauteloso.

Ella había estado desatando rápidamente los nudos de un pañuelo y ahora vertió sobre el mostrador un puñado de céntimos.

—Rompí mi alcancía—explicó.

Peter la miró pensativo. Retiró el collar cuidadosamente. La niña no había visto el precio marcado en la etiqueta. ¿Cómo se lo diría? La confianza reflejada en esos ojos azules removía en él el dolor de una vieja herida.

—Espera un momento—le dijo, y se fue a la trastienda. Parecía muy ocupado en algo, porque apenas vol­viendo la cabeza le preguntó:

— ¿Cómo te llamas?

—Jenny Grace.

Cuando volvió donde Jenny es­peraba, traía en la mano un paquete envuelto en hermoso papel escarlata, atado con un lazo de cinta verde.

—Aquí tienes—le dijo alargándo­selo—. Y cuidado no lo pierdas en el camino.

Jenny le sonrió alegremente y salió de la tienda corriendo. A través de la vidriera Peter la vio marchar mientras llegaban a su mente en tropel los tristes recuerdos. Jenny Grace y su collar se le habían metido muy adentro y le habían removido una pena que no se dejaba sepultar en el olvido. Los cabellos de aquella niña eran rubios  como el trigo maduro; sus ojos azules como el azul del mar; y cierta vez, no hacía mucho tiempo, Peter había estado enamorado de una muchacha que tenía el cabello así, rubio, y los ojos así, azules... Y el collar de turquesas lo tenía destinado para ella. Pero llegó una noche lluviosa... un camión que patina sobre el pavi­mento resbaladizo. . . una vida que desaparece... y con ella una ilusión que se destroza.

Desde entonces Peter Richards vivió entregado a su dolor en la sole­dad. Se mostraba atento y comedido con la clientela, pero después de las horas de trabajo su mundo quedaba  completamente vacío. 

Trataba de olvidar sumergiéndose en una bruma de compasión de sí mismo que se  espesaba  cada día más. Los ojos azules ojos de Jenny Grace despertaron en él el recuerdo punzante lo que había perdido. El dolor que esto le produjo le hizo esquivar la garrulería de los compradores de esos  días de fiesta. En los diez días que siguieron, las ventas fueron buenas. Mujeres parlanchinas invadían la tienda, examinaban baratijas y regateaban. Cuando el último parroquiano hubo salido, ya tarde de la noche  la víspera de Navidad, Peter dio, un suspiro. Había pasado la batahola de aquel año. Pero para él la noche no había terminado.
Se abrió la puerta y entró una joven apresuradamente. Con inexplicable sobresalto Peter se dio cuenta de que él conocía esa cara, pero no sabía en dónde ni cuándo la había visto antes. Tenía el cabello dorado como el trigo maduro y los grandes ojos azules. Sacó de la bolsa  un paquete medio desenvuelto, de papel escarlata y lazo de cinta verde. Otra  vez la sarta de cuentas azules brilló sobre el mostrador. — ¿Fue esto comprado aquí? —preguntó.

—Sí; en efecto—respondió Peter con voz suave.

— ¿Y las piedras... son legítimas?

—Sí, no de muy alta calidad, pero son finas.

— ¿Puede usted recordar a quién se las vendió?

—A una pequeña que dijo lla­marse Jenny.

— ¿Cuánto valen?

—El precio—respondió Peter en tono solemne—es cosa confidencial entre vendedor y comprador.

—Pero es que Jenny nunca ha dispuesto más que de unos cuantos céntimos para sus compras. ¿Cómo pudo pagarle a usted?

Me pagó el precio más alto que nadie hubiera podido ofrecer por ellas… me dio cuanto tenía!!

Peter arreglaba de nuevo el vis­toso papel escarlata y hacía otra vez el paquetito.

Se hizo un silencio que llenó la pequeña tienda de curiosidades. En alguna torre lejana una campana comenzó a tañer. El tañido del es­quilón distante, el paquetito sobre el mostrador, el interrogante abierto en los ojos de la muchacha y el senti­miento extraño de renovación que pugnaba ilógico en el corazón del hombre.

Todo aquello tomaba forma gracias al amor de una niña.

— ¿Pero qué lo indujo a usted a hacer eso?

Él tomó el regalo y se lo ofreció.

Y dijo él —Ya estamos en los albores de la Navidad, y por mi desgracia no tengo a quién hacerle un regalo. ¿No me permitiría usted acompa­ñarla hasta su casa para desearle una Nochebuena muy feliz?

Y así, al clamor de muchas cam­panas y en medio de alegre multi­tud, Peter Richards, acompañado de una muchacha cuyo nombre aún no sabía, entró por el amanecer de ese gran día que a todos nos llena de esperanza.

F I N . . .

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16
autor camarada06 el 1/oct, 2017 20:19 Gobernador

@apologeta » 

Mi recuerdo a la gran poeta británica en el aniversario de su muerte.

“Si has de Amarme…”

Soneto XIV

Si has de amarme que sea sólo
por amor de mi amor. No digas nunca
que es por mi aspecto, mi sonrisa, la melodía
de mi voz o por mi dulce carácter

que concuerda contigo o que aquel día
hizo que nos sintiéramos felices…
Porque, amor mío, todas estas cosas
pueden cambiar, y hasta el amor se muere.

No me quieras tampoco por las lágrimas
que piadosamente limpias de mi rostro…
¡Porque puedo olvidarme de llorar

gracias a ti, y así perder tu amor!
Por amor de mi amor quiero que me ames,
para que habite en los cielos, eternamente.

Elizabeth Barret Browning

https://youtu.be/BXbDeaga750

Los ojos del Mau



17
autor apologeta el 1/oct, 2017 21:07 Gobernador

@camarada06 » “Si has de Amarme…”

Soneto XIV

Gracias Camarada por complementar este relato de un verdadero amor. Y si tenía considerado este soneto “Si has de amarme”, pero le di más importancia al publicado porque se identifica más con la vida que llevó esta poetiza. Te lo agradezco Camarada, como siempre…muy bien. Un saludo

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18
autor paty14 el 1/oct, 2017 22:31 Diputado local

@apologeta » Espléndidos relatos, cada vez me asombras más con cada nuevo tema, el personaje del general mazatleco,muy interesante, sólo que no puedo aportar o comentar, se descompuso el cargador de mi máquina y no he podido adquirirlo,esta psicosis de salir a la calle y retomar la vida tiene que superarse.

Continúo leyendote.

Saludos afectuosos.

paty14



19
autor paty14 el 1/oct, 2017 22:40 Diputado local

@apologeta » @chupeton

Gracias por preguntar,estoy bien, superando el enorme susto, jamás había visto temblar de esa manera, la ciudad se volvió un caos, gente asustada corriendo y buscando encontrar con bien a sus seres queridos, pero todo bien.

Disculpa Polo por tomar tu tema como servicio de desaparecidos y servicios a la comunidad .Ya regresamos el señor @piporro y yo .

Saludos.

paty14



20
autor apologeta el 1/oct, 2017 23:30 Gobernador

@paty14 » Gracias Paty, por tus palabras y espero seguir aportando más temas que hay que "desempolvarlos" del tiempo, como bien apunta @luisa37 y deleitarnos con ellos. Gracias Paty y que bueno que todo quedó en un susto. Y bueno el retorno de @piporro que le mando un abrazo hasta la ciudad de Seattle, WA.

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21
autor apologeta el 2/oct, 2017 13:32 Gobernador

El siguiente gran relato no es para nada romántico…en realidad es demasiado trágico e increíble,  se llama:

La Trágica aventura en el Niágara

A las 11 en punto de la mañana del sábado 9 de julio de 1960 James Honetcutt concluyó su trabajo nocturno en la central hidroeléctrica de las cataratas del Niágara. Pero no tenía intenciones de dormir, pues era una hermosa mañana de verano, y frente al campamento Lynch, para remolques, donde él vivía, lo esperaba un lindo bote con motor de fuera de borda.

Honeycutt  era un hombre afable de 40 años, que había tenido que dejar su familia en Raleigh (Carolina del Norte)  cuando fue a trabajar en el proyecto hidroeléctrico. Como estaba solo, los fines de semana se le hacían largos, de modo que ese día, después de desayunarse, fue a la casa de Frank Woodward, uno de los carpinteros que trabajaban a sus órdenes. Mientras tomaba un café, Honeycutt reveló la sorpresa que le tenía reservada:  

¿Les agradaría a los hijos de Wooward salir a a pasear conmigo en bote?
Deanne que tenía  17 años, no demostró mucho entusiasmo, pues le inspiraba miedo el tumultuoso rio, que solo había visto una vez. Pero su hermano Roger, de siete años, comenzó a saltar de alegría, y su madre insistió en que la joven fuera también.

- Luego tendrás oportunidad de nadar frente al campamento Lynch - le dijo su madre.

Deanne cedió, se puso el traje de baño y partió con su hermanito y Honeycutt, quien pronto puso orgullosamente  en marcha el bote de aluminio  pintado de verde, mas su inexperiencia  ya se advertía por la forma  como evolucionaba entre las otras embarcaciones allí ancladas. Cuando  llegó al centro del rio, dirigió la fina lancha de cuatro metros, aguas abajo y ofreció el timón a Roger. El  niño lo empuñó, mientras su rostro sonriente se destacaba sobre el chaleco salvavidas de brillante color anaranjado que llevaba puesto.
A proa, Deanne se sintió más tranquila. Si el señor Honeycutt pensaba que podía confiar el bote a Roger, no había motivo de alarma,  cuando cruzaron el Grand Island Bridge, puente de acceso a la parte norteamericana de las cataratas, la joven saludo alegremente a las personas que pasaban en automóvil allá muy alto.

John Hayes, camionero y agente especial de policía, que se hallaba de vacaciones, había cruzado ese puente una hora antes, acompañado de su mujer. Visitaba el Niágara durante el fin de semana, y como otros miles de turistas, tomaba fotografías, y admiraba la increíble pujanza de las famosas cataratas.

Después del mediodía, el matrimonio cruzó el puente para peatones que lleva a la isla Goat, la cual divide el rio en dos raudales turbulentos, y cuyo escarpado extremo norte avanza hasta el impresionante abismo donde se despeñan los saltos Amenrican y Horseshoe. Abajo, mas allá de las cataratas y tan lejos que parecía un juguete en una bañera, se veía un barco amarrado al muelle en la costa canadiense.

Era uno de los dos Maids of the Mist (Doncellas de la Niebla) buques que se turnan para llevar pasajeros hasta muy cerca de los saltos. Allí, a 50 metros de las rocas mojadas y negras que están al pie del salto Horseshoe, rodeados por torbellinos de espumas y ensordecedores por el rugido del agua, los turistas se enfrentan con una de las grandes exuberancias de la Naturaleza.

En ese momento eran casi las 12:30. Clifford Keech, Capitán del Maid of the Mist 2, estaba embarcando gente para la séptima excursión del día. Desde la cabina del timón observaba a su Segundo Murray Hartling, que recibía el costo del viaje a los 65 pasajeros. El Capitán Keech no podía saber que en ese instante se estaba preparando lo que luego debería llamarse “El milagro del Niágara”.

Continuaremos con la Tragedia en el Niágara…

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autor apologeta el 2/oct, 2017 14:39 Gobernador

A manera de información, les contaré que el río Niágara es en realidad un canal cada vez más estrecho que desagua la parte media de la Unión Americana. Precipitándose hacia el norte, lleva las aguas desbordadas del lago Erie, y de los tres grandes lagos del oeste; desciende cien metros en su curso de 58 kilómetros y arroja un poco más de 3 millones de litros  de agua por segundo en las cataratas, que tienen una altura de 50 metros.  Luego se  arremolina formando los raudales más traicioneros del mundo, hasta que disipa su furia en las amplitudes del lago Ontario.
Su violencia ha atraído siempre a los temerarios. Por lo menos siete se han dejado arrastrar por el salto Horseshoe en barriles de acero o acolchados, y solo cuatro de ellos han sobrevivido. Los suicidas encuentran en las cataratas el trágico fin que buscan. Rara vez pasa un mes sin que alguno se lance por encima del borde. Después de estrellarse en las rocas de la base, y de ser arrastrados por furiosos remolinos y corrientes, sus cuerpos destrozados, aparecen casi invariablemente a los cuatro días en el  embarcadero del Maid of the Mist.

Pero volviendo al relato que nos ocupamos:

Honeycutt empuñó de nuevo el timón, aparentemente sin preocuparse de que la pequeña embarcación, en ese momento a 6.5 kilómetros aguas abajo del punto de partida, y solo a 1,500 metros de las cataratas, pasara dando tumbos sobre el largo rompeolas que dirige el curso del raudal. Deanne comenzaba a ponerse nerviosa. El río no era ya ancho y acogedor como al principio. Turbio y encrespado se precipitaba por su escarpado lecho rompiéndose en blanca espuma contra las brillantes rocas. El estruendo del agua se oía cada vez más fuerte.
En ese momento un guía explicaba en la isla Goat a los turistas que aquel rompeolas era el límite a partir del cual resultaba imposible evitar ser arrastrado hasta las cataratas. Un hombre señaló entonces el pequeño bote verde.
¿Y  ese?  - preguntó.
El guía corrió a buscar un teléfono, pero ya era demasiado tarde. Cuando el bote llegó casi en frente de  la isla Goat, Honeycutt, viró por fin.  Durante un breve instante el motor de 7.5 caballos de fuerza, luchó contra la implacable corriente, avanzando apenas, de pronto se rompió el perno de la hélice, y el motor aceleró, loco, con un sonido estridente.
Al ver que el bote era arrastrado por la corriente, Honeycutt se apoderó de los remos, mas sus desesperados esfuerzos apenas conseguían disminuir la velocidad de la embarcación.  Entonces grito a Deanne:
¡Ponte el salvavidas!
con dedos crispados, la joven se ajustó el único que quedaba. A popa, súbitamente pálido, Roger comenzó a gritar:
- ¡Deanne,tengo miedo! -  y tambaleándose se levantó para acercarse a ella.  

¡No! - exclamó Deanne, aterrorizada al pensar que podría volcar el bote. Gritó: ¡Quédate donde estás, Roger!...  ¡pronto iremos  a nadar frente al campamento Lynch!
¡No!, ¡nos vamos  a ahogar! - respondió él.
Pero volvió a sentarse y, aferrándose al banco, comenzó a llorar calladamente. Se encontraban ahora en pleno raudal; el agua que parecía blanca y sólida, los arrastraba hacia las cataratas. De pronto un traidor remolino, los hizo chocar contra una piedra, y la proa se alzó  hacia el cielo.

¡Agárrense!,  grito Honeycutt,  pero no había de donde hacerlo. Él y Roger pasaron por encima de la cabeza de Deanne, y luego el agua la arrastro también a ella. En vano pretendió la joven aferrarse al casco invertido; se le escapó de entre las manos.

Honeycutt asió de un brazo a Roger,  esforzándose en mantenerle  la cabeza fuera del agua, pero la furiosa corriente los separo, arrebatando al niño y  haciéndolo girar sobre sí mismo. De pronto el  niño se sintió libre, pero, lanzada sobre el borde de la catarata, cayó al vacío.

John Hayes vio cómo se volcaba el bote. Él y su mujer habían bajado los escalones que llevaban a la punta Terrapin, el extremo de la isla Goat que, protegido por una baranda, donde se domina el Salto Horseshoe.
¡Mira! - gritó John a su esposa, y corrió hacia el rio, siguiendo con los ojos el llamativo chaleco salvavidas de Deanne Woodward. Tratando de acercarse a ella, pasó por entre un grupo de asombrados turistas. Por encima del rugido de la catarata oía los gritos de la joven que pedía auxilio. Se inclinó sobre la baranda, para que ella lo viera, y le grito:

- ¡Venga aquí!  ¡Eh, muchacha, nada hacia mí!
Deanne lo vio, pero sacudió la cabeza desesperada, no conseguía avanzar  casi nada.

-¡prueba! - insistía Hayes. Corrió río abajo para adelantarse a ella, y luego volvió a inclinarse sobre la baranda. ¡Prueba! -  repitió.
La corriente arrastraba inexorablemente a la joven hacia la cresta dentada de la catarata. Hayes extendió un brazo, aunque Deanne estaba todavía lejos de su alcance; casi exhausta y con las piernas doloridas por los golpes que se  había dado contra las piedras.
- ¡Auxilio! - gritaba la joven -, mientras el trueno mortífero rugía seis metros más adelante.
Hayes salvo rápidamente la baranda y aferrándose a ella con una mano, se inclinó hasta quedar a unos treinta centímetros sobre las furiosas aguas. Una vez más gritó:
- ¡Tienes que hacer un esfuerzo! - ¿Me oyes? ¡Prueba!

CONTINUARÁ…

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autor apologeta el 2/oct, 2017 15:56 Gobernador

El impacto de su voz despertó las últimas energías  de Deanne. Hundió la cabeza en el agua, y volvió a luchar obstinadamente contra el raudal. Cuando levantó los ojos, Hayes estaba casi encima de ella. Al pasar frente a él alzo con desesperación un brazo  y consiguió aferrarse a un pulgar del hombre, cuya mano oprimió  la de ella.
Hayes se sostenía gracias al pie que había metido entre los barrotes de la baranda, pero el peso de la joven y la terrible fuerza de la corriente parecían arrancarle los dedos. Por  un momento creyó que ambos iban a ser arrastrados a la catarata, y a su vez, pidió auxilio. Entonces otro turista llamado John Quattrochi, se separó del grupo. Saltando por encima de la baranda, se inclinó y cogió a Deanne por la muñeca. Durante largo rato los tres permanecieron inmóviles; luego en un supremo esfuerzo, los dos hombres sacaron a la muchacha del agua turbulenta, y la pasaron por encima de la baranda protectora.
Deanne Woodward había llegado a tres metros de la catarata o sea más cerca que ninguna otra persona que viviera para contarlo, cuando la depositaron en el suelo, murmuró:
- ¡mi hermano está todavía en el agua!  Por favor, sálvenlo.

Pero Quattrochi había visto a Roger despeñarse por la catarata. En voz baja  murmuró:

- Rogué por él.

El Maid of the Mist 2 con sus cubiertas empapadas de espuma, y rodeado por el estruendo del agua, casi había llegado al punto en que siempre emprendía el regreso, justamente debajo del salto de Horseshoe. El capitán Keech al timón, dirigía su barco entre ese caos de agua blanca. De pronto, a las 12: 52 vio un objeto anaranjado exactamente delante de él. Asombrado, se inclinó para gritar en la bocina del teléfono que lo comunicaba con la otra orilla:
Habla Keech: ¡¡Un niño con un chaleco salvavidas flota cerca de aquí. Creerán que estoy loco, pero me parece que está vivo!!
Roger Woodward ciertamente vivía (fue el primer ser humano que sobrevivió después de caer por la catarata del Niágara sin protección adecuada) corría todavía gran peligro; la corriente lo arrastraba hacia la gran compuerta de una central hidroeléctrica en Ontario, y estaba expuesto a ser absorbido por esa abertura.

El Maid se acercó al niño avanzando aguas abajo y empleando toda la potencia de las dos hélices para mantenerse contra la corriente. Desde la proa el contramaestre Harding y el marinero Jack Hopkins arrojaron a estribor un salvavidas con intención de hacerlo llegar hasta la pequeña figura que se debatía en el agua. Como se quedaron cortos, lo recogieron y lo arrojaron de nuevo. A la tercera tentativa el salvavidas cayó al alcance del brazo del niño, que se aferró a él. Un momento después Roger Woodward descansaba en el puente del Maid  temblando entre las mantas en que lo  habían envuelto.
¡Por favor,  busquen a mi hermana! - dijo -  ella y el señor Honeycutt también cayeron al agua. Respondiendo a la llamada de Keech, una lancha de salvamento recorrió durante media hora el espumoso calderón, pero solo halló el depósito auxiliar de gasolina que fue todo lo que se recuperó del bote de Honeycutt.

Mientras tanto allá arriba, en la isla Goat cientos de personas habían visto como el Maid of the Mist  recogía al niño del chaleco salvavidas anaranjado.

Su hermano está  a salvo, dijo Hayes a Deanne cuando ella estaba a punto de ser transportada al hospital.  ¡Gracias Dios!  Murmuro la joven y cerró los ojos.
Roger fue llevado a un hospital canadiense donde una hora más tarde sus padres fueron a verlo y decirle que Deanne también había sido salvada. A los pocos días los dos hermanos, increíblemente ilesos salvo algunas contusiones superficiales fueron dados de alta.

¿Cómo pudo sobrevivir Roger Woodward?
Los expertos suponen que la ligereza del  niño le permitió estar a flor de agua, y que cuando fue arrojado sobre el borde, se deslizo por la caída como por un tobogán, evitando así las mortíferas rocas y la turbulencia  de la base del salto.
Aunque había caído casi 50 metros a una velocidad aproximada de 120 kilómetros por hora, el salvavidas le había hecho subir a la superficie antes de que perdiera el conocimiento. Pero las poderosas cataratas reclamaron una víctima. El miércoles 13 de julio se encontró el cadáver de James Honeycutt, frente al desembarcadero del Maid of the Mist, casi exactamente a los cuatro días a partir del momento en que fue arrastrado a la muerte.

F I N 

Espero les haya gustado este trágico relato… que no debió suceder.

Nota: Estos relatos los estoy desempolvando como bien dijo una compañera, de las revistas de Selecciones Reader’s Digest que mi padre tiene desde 1957. Fanático fue de ellas, tuvo suscripción por muchos años. Y con esto, le hago un pequeño homenaje al lector incansable que fue mi padre.

Pero bueno… nosotros seguiremos con más relatos que se marcaron en la historia y quiero compartirlos con ustedes.

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autor piporro el 2/oct, 2017 19:57 Gobernador

@apologeta » @paty14

Disculpa Polo por tomar tu tema como servicio de desaparecidos y servicios a la comunidad .Ya regresamos el señor @piporro y yo .

hola hermosa ya estoy de regreso despues de operacion de hernia que ya me mataba el inche dolor

saludosimagen

MIEN



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autor piporro el 2/oct, 2017 20:01 Gobernador

@apologeta » 

Gracias Paty y que bueno que todo quedó en un susto. Y bueno el retorno de @piporro que le mando un abrazo hasta la ciudad de Seattle, WA.

hola estimado regresè de cirugia y hay quien me preguntò que cuando me anesteciaron vi a diosito jajajajajaja

inga no me acordé ni de mi mismo,,pero les regalè un anillo especial para que vean a diosito cada vez que quieran

platicar con él

saludosimagen

MIEN



26
autor Tepochon75 el 2/oct, 2017 21:47
Visitante distinguido

@piporro

Ese anillo se parece al de mi graduación  del kinder y yo nunca vi a dios amigo. 

Comer es mi Pasion



27
autor piporro el 2/oct, 2017 21:59 Gobernador

@apologeta » Tepochon75

Ese anillo se parece al de mi graduación  del kinder y yo nunca vi a dios amigo. 

jajajaja,, es que nunca lo conectaste al enchufe sagrado que hay en las paderes je je je je,, conectalo y hasta tu

radiografia sale en colores

saludosimagen

MIEN



28
autor Tepochon75 el 2/oct, 2017 22:11
Visitante distinguido

@piporro

Ala que quería enchufar era a la miss pero me dijo que todavía era muy chiquito jajajaja

Comer es mi Pasion



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autor apologeta el 2/oct, 2017 23:30 Gobernador

4 mil millas…en busca de sus sueños.

El siguiente relato es de un jovencito africano que va en busca de sus sueños. Su nombre original era solo Didimu, tomado del río en el que una vez su madre lo aventó cuando niño para perderlo. Este joven, pensando tan decididamente en su futuro en tierras americanas, se le ocurrió que debía llevar un nombre que sonara inglés, por lo que antepuso al de Didimu el de Legson.

Corría el año de 1958 cuando Legson Didimu Kayira, un joven de entre 16 y 17 años, originario de una aldea de Nyasa, llamada Mapale, en lo que hoy es el país de Malawi, después de asistir a la escuela de una misión escocesa, decidió que no quería un futuro en su analfabeta población y emprendió un viaje cuyo destino final sería una universidad, la que fuera, en los Estados Unidos. Dentro y fuera de la escuela, el muchacho devoraba todos los libros que encontraba sobre Abraham Lincoln, lo mismo que la autobiografía del gran educador negro Booker T. Washington,  De la esclavitud a la Libertad, y otros relatos sobre Norteamérica. Más adelante, oyendo decir que algunos estudiantes africanos iban a los Estados Unidos, se hizo una promesa de ir también.

El joven Kayira contaba con todos los elementos necesarios para lograr lo que se había propuesto; provisión de comida para cinco días, un cobertor, un hacha, dos libros “The Pilgrims Process” (el Viaje del Peregrino) de Bunyan y la Biblia, además de una voluntad irrefrenable. ¿Dinero para el avión o el barco?, no eran necesarios de momento y de hecho, no tenía idea de cómo los conseguiría.

Descalzo, comenzó en octubre de 1958 su asombroso viaje. No llevaba otras prendas que el calzón caqui y la camisa del mismo género, sobre la que campeaba orgullosamente el lema de la escuela misional: I Will Try (Lo Intentaré).

El plan contemplaba llegar a El Cairo a 6,500 kilómetros al norte y el medio de transporte del que contaba eran sus delgadas piernas.

A los 15 meses de iniciada su odisea, el joven africano había ya recorrido 2,000 kilómetros y se encontraba en Kampala, Uganda donde permaneció 6 meses trabajando y siendo asiduo asistente a la biblioteca.

Desde ahí, fue que mandó cartas a universidades americanas solicitando ingreso junto con una beca. No le costó trabajo obtener una respuesta afirmativa, el director de la primera universidad a la que escribió estaba tan impresionado con la historia del joven que de inmediato lo aceptó.

Desde luego que durante el trayecto, en varias ocasiones se le acabó el dinero y la comida, durmió a la intemperie, se debilitó, enfermó de gravedad y, en no pocas ocasiones, sintió la tentación de desistir y regresar con su familia. Para poder resistir la adversidad, Legson Didimu se aferró a su sueño gracias a la inspiración que le daban constantemente sus dos libros.

Pero ¿y el pasaporte y la visa?, Legson Didimu tenía que conseguirlos por si mismo. Se le ocurrió que podía escribir a unos misioneros que habían visitado su aldea cuando niño para pedirles ayuda y en poco tiempo, gracias a su intercesión, el joven contaba con los documentos.

Aún le faltaba un ingrediente… el dinero del pasaje. Legson Didimu continuó su viaje a El Cairo seguro de que de alguna manera lo conseguiría.

Después de varios meses más de seguir su recorrido, su historia se empezaba a conocer, gracias a lo cual, los estudiantes de su futura universidad hicieron una colecta pública en la que lograron conseguir 650 dólares, mismos que fueron enviados a Legson Didimu para cubrir su pasaje.

Fue así que, después de más de dos años de iniciada su travesía, Kayira llegó finalmente a su tan ansiada universidad americana siendo ya para entonces una celebridad.

Con el tiempo Legson Didimu Kayira se graduó en ciencias políticas y fue un respetable profesor en la Universidad de Cambridge en Inglaterra, ofreciendo también cátedra por un tiempo en la Universidad de Gante en Bélgica.

Ha publicado varios libros, dentro de los que se encuentran “Ulises Negro” donde cuenta su odisea y “El Servidor Público” donde narra el tráfico de personas en Sudan, África.

Kayira, colabora actualmente con la Universidad Livingstonia de su país natal. Legson, que hace 59 años dejó su pueblo para recorrer caminando 6,500 kilómetros hasta El Cairo, regresó para enseñarle a su gente todo lo que aprendió durante los años que le llevó cumplir con su sueño.

FIN DEL RELATO

Foto: Legson Didimu Kayira

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autor apologeta el 3/oct, 2017 12:10 Gobernador

Compañeros, les publico unas fotos de Google Earth con la ruta que tomó Legson Kayira desde Malaui a la ciudad de El Cairo, con un recorrido de 6,587 Kilómetros a pie. Ruta marcada en azul. 

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autor apologeta el 4/oct, 2017 16:11 Gobernador

EL BRAZO DE EDDY KNOWLES…

Nuestro siguiente protagonista es:

Everett "Eddy" Knowles, Jr., un alegre, pecoso y pelirrojo muchacho de 12 años, se paró justo al lado de la vía, observaba el paso del tren de Boston y Maine que, rechinando cruzaba lentamente por la Plaza Gilman, en Somerville, un suburbio de Boston.  Eran alrededor de las 2:20 pm del 23 de mayo de 1962. Eddy estaba de camino a casa desde la escuela secundaria Northeastern, y había decidido tener una aventura: viajar de polizón en un furgón de carga.

Mientras la góndola cargada de grava avanzaba lentamente a su lado. Eddy saltó al estribo de acero y agarró el pasamano.  Él se colgó allí triunfante, con los 40 kilos de peso y de metro y medio de estatura.  La brisa primaveral se deslizó a través de su chaqueta y camisa de algodón mientras el tren avanzaba gimiendo hacia el este.

 Unos segundos más tarde, el mundo quedó envuelto en tinieblas para Eddy. Su cuerpo inclinado golpeó con fuerza en un pilar de piedra que apoyaba el paso elevado del Medford Street.  Su brazo derecho crujió, y el chico cayó a la vía, con el dedo pulgar y los dos primeros dedos de la mano izquierda fracturados.  Por unos instantes se quedó allí tirado como un fardo, aturdido, hasta que pasó el tren.

 Estaba seguro de que se había roto el brazo derecho, gracias al cual había ganado varios premios como lanzador de la Littler League.  Una mancha de sangre se extendió en su camisa justo debajo del hombro donde la chaqueta había sido rasgada.  Apoyando su brazo derecho con su destrozada mano izquierda, se esforzó por ponerse de pie, subió un empinado terraplén y se dirigió a casa.

 Mientras Eddy pasaba por delante de la plataforma de carga trasera de la Handy Card & Paper Company, cuando Norman Woodside, el capataz vio la figura del niño ensangrentada y llena de quejidos, gritó a Richard Williams, un operador de prensa: ¡Agárralo!  Williams colocó a Eddy en la plataforma de madera mientras Woodside llamaba a la policía de Somerville. 

Woodside volvió con la señora Alice Chmielewski, una empleada, que intentó poner un torniquete de trapo en el brazo de Eddy. Repentinamente la señora Chmielewski, sintió que se iba a desmayar. En el lugar que buscaba para aplicar el torniquete, no había nada más que un vacío.  Eddy Knowles había caminado más de 90 metros, sobre todo cuesta arriba, agarrando un brazo que había sido separado de su cuerpo.

 La señora Chmielewski empujó unos trapos contra el muñón del hombro en un esfuerzo por detener el sangrado.  -Tengo que salir de aquí -gimió Eddy-.  Ella lo sostuvo suavemente y le limpió el sudor de la frente. Eddy no lloraba.  De hecho, no iba a derramar una lágrima por todo el día de su calvario.

Un auto de la policía llegó en dos minutos, y a las 2:40 de la tarde, Everett Knowles, Jr., tuvo la buena fortuna de ser trasladado al Massachusetts General Hospital, uno de los mejores en los Estados Unidos de Norteamérica. 

 Cuando el administrador de la sala de emergencias Ferdinand Strauss y su asistente, Michael Hooley, condujeron a Eddy hacia la sala de operaciones de emergencia, Hooley, le preguntó a Eddy su nombre, dirección, número de teléfono, religión.  El chico respondió con claridad.  Hooley puso en  funcionamiento un sistema complejo.  Una llamada fue a la casa de Knowles y la otra al sótano, al centro de registros de pacientes, donde están archivados un millón 500 mil nombres, afortunadamente, Eddy había sido un paciente allí antes. Antes de cinco minutos su expediente médico con su tipo de sangre alcanzó la sala de operaciones.  Eddy ya estaba recibiendo 250 centímetros cúbicos de plasma a través de una incisión que se le practicó en su pierna; luego se le suministró con la cánula de transfusiones el primero de los 3 litros de sangre que recibiría a través del tubo de transfusión.  "Me duele el brazo", dijo Eddy a los médicos.  ¿Se me va a desprender?, preguntó Eddy.

Las enfermeras Mary Brambilla y Francis Brahms levantaron a Eddy de la camilla a la mesa de operaciones.  La enfermera Brahams cortó la ropa de Eddy con unas tijeras. Fue entonces, cuando todos vieron que el brazo derecho de Eddy estaba de 8 a 10 centímetros del muñón del hombro.  Ni una sola fibra de piel cubría la brecha.  ¿Mi brazo estará bien? ¿Me lo puede salvar? Preguntó Eddy.  El doctor S.B. Litwin, un cirujano de guardia, afirmó con la cabeza y dijo -Sí, hijo –dijo. Pero en ese momento nadie lo hubiera podido asegurar. Ya que nunca antes se había logrado unir un miembro separado.

CONTINUARÁ…

Foto: Everett "Eddy" Knowles, Jr.

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autor apologeta el 4/oct, 2017 21:13 Gobernador

El Dr. L. Henry Edmunds Jr, el cirujano a cargo, dio rápidamente las  órdenes de rutina: inyección   antitetánica, atropina, inyecciones de penicilina y estreptomicina, una inyección  sedante, toma de pulso, presión arterial. La presión de Eddy era baja, su pulso de 120, y él estaba frío, sudoroso, todos los síntomas de shock.  El doctor Edmunds observó un detalle alentador. La arteria del brazo derecho de Eddy sobresalía casi una pulgada de su carne dañada y, con cada pulso, palpitaba y dilataba, pero no salió sangre.  Es uno de los milagros de la naturaleza, esta cualidad auto-sellante de una arteria cortada.  Especialmente en un joven, la elasticidad del vaso es tan grande que se cierra en pocos segundos de ruptura.

 El Dr. John M. Head, cirujano de plantilla, y el Dr. John F. Bruke consultaron con el Dr. Edmonds. Los tres notaron que el brazo desprendido, aunque estaba magullado y lastimado, estaba bastante completo. El Dr. Edmunds ordenó a la enfermera Brambilla: "Ponga ese brazo en el hielo." Mary Brambilla llenó dos palanganas de hielo triturado y colocó el brazo sobre ellas, luego envasó bolsas llenas de hielo a su alrededor.

Para entonces buen número de médicos había acudido, al lado del Dr. Edmonds, entre ellos el doctor Ronald A. Malt, de 30 años de edad, cirujano residente y quizás el hombre más importante que Eddy Knowles habría de ver ese día.  Estos médicos se reunían en el corredor.  Nunca en la literatura médica habían leído caso alguno de un miembro superior que hubiera sido venturosamente restituido al cuerpo. Más el caso del brazo de Eddy parecía brindarles la ocasión ideal para intentarlo. Cada una de las operaciones sería necesario la unión de venas, arterias, huesos, músculos y piel, se había realizado rutinariamente durante años.  ¿Podrían hacerse todas a la vez?

 Mientras los médicos hablaban, el sacerdote L. Chanel Cyr, capellán de guardia en el hospital, dio a Eddy la extremaunción. Llegó luego el padre de Eddy, un empleado de una fábrica de conservas de carne.  Los médicos explicaron la situación. ¿Permitiría el señor Knowles que se practicara una operación de restitución del miembro?  Knowles firmó la necesaria autorización.

El doctor Malt le pidió al doctor John Herrmann, su ayudante de cirugía, que llevara el brazo a la sala de operaciones Nº 5. Allí el doctor Herrmann se lavó, se puso una bata quirúrgica y comenzó a  trabajar. Primero localizó los tres principales troncos nerviosos del brazo y los vasos sanguíneos heridos que parecían de buen aspecto.  Colocando una jeringa en la arteria, inyectó dichos vasos con heparina, un anticoagulante, con antibióticos y con una solución que se aproxima a los fluidos del organismo. Los antibióticos sirvieron para eliminar las bacterias de la gangrena o tétanos que estuviera desarrollandose.  El brazo no presentaba laceraciones.  El Dr. Herrmann halló el hueso  roto y mellado, con un lado más largo que el otro, pero no estaba triturado.  Entonces el Dr. Herrmann inyectó una solución opaca a los rayos X, y un técnico tomó radiografías para determinar si había algún bloqueo de vasos sanguíneos.

Mientras tanto, Eddy Knowles, era conducido a la sala de inducción anestésica. Aquí a las 3:40 p.m.  la Dra. Joan Flacke inyectó en la pierna un relajante muscular y le administró una dosis intravenosa de tiamilal, un sedante.  – Acabo de acordarme de algo -dijo Eddy. "Mi familia se iba de vacaciones en un par de semanas, y ahora supongo que la he estropeado."

 Malt examinó la radiografía del brazo de Eddy.  El miembro parecía estar bien.  No había coágulos de sangre, no aparecieron obstrucciones. Eran las 4:05 p.m. el Dr. Malt llegó a su decisión crucial: tratarían de restituir el brazo de Eddy Knowles por medio de suturas.  Malt ordenó a la Dr. Joan Flacke que comenzara la anestesia. Luego telefoneó al Dr. Robert S. Shaw, un experto en cirugía vascular que estaba trabajando en otro de los edificios del hospital. "Roberto",  le dijo "aquí hay un niñoque perdió un brazo, y me parece que tenemos la probabilidad de restituírselo". Shaw llegó apresuradamente.

Bajo una gran luz de una lámpara del techo de la sala de operaciones n° 5, la Dra. Flacke colocó una mascarilla sobre la cara de Eddy.  El niño comenzó a respirar una mezcla de halotano, óxido nitroso y oxígeno procedente de tres tanques.  Cayó rápidamente en un sueño profundo.

Por primera vez en muchos meses de ver operaciones la señora Judy Moberly, enfermera auxiliar, se empezó a sentirse mal.  La vista de un brazo sobre una mesa y un niño sobre otra la había trastornado singularmente. -¿Es necesario que lo vea? -preguntó.  Pero tan pronto como le acercaron el brazo a Eddy, se le pasó la desagradable sensación.

 Rodeaban al niño tres doctores, dos enfermeras, tres anestesistas y dos asistentes.  Por encima de ellos, el anfiteatro cubierto de cristales se hallaba atestado de una veintena de doctores y enfermeras, que habían acudido al correrse la voz por el hospital de que un miembro iba a ser restituido.

CONTINUARÁ…

Foto: Eddy después de la operación.

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Muy bien Polo

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autor GVC2107 el 5/oct, 2017 09:42 Diputado plurinominal

@apologeta » estas historias dan otro giro a los ya trillados temas de religión y política, te felicito por ello, igualmente me gustaría de ser posible que incluyeras por favor la historia de John Hanning Speke, ví la película y me pareció adecuado incluir esto en tus relatos..saludos

XAS



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autor ChiloDays el 5/oct, 2017 10:15
Visitante distinguido

@apologeta » ,,,ORA ASTE UN RELATOU DE KOMO EL GRAN PRESIDENTE DE LOS GÜEBOTOTOTES LE GANO´ LA GUERRA A LOS NARCOUS DE MEJICOU,,,,KE ORA NOMAS LO VEN Y TIENBLAN,,,,TE PASAS MECAY

SALUDES FROM INGLAN




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autor apologeta el 6/oct, 2017 15:41 Gobernador

El Dr. Shaw dirigió el paso inicial, la sutura de las venas.  Éstas tenían que ser conectadas primero, para que la sangre tuviera la manera de regresar al corazón cuando la arteria fue reparada.  El brazo tiene dos venas externas y una red profunda de venas entrelazadas alrededor de la arteria.  Ignorando las venas externas, Shaw seleccionó dos venas de la red interna.  Con una pinza, sujetó  la minúscula aguja curvada unida al hilo Dacron 6-0.  Pasó la aguja a través de una vena, la soltó, la sujetó por el otro lado y tiró de ella.  Lo hizo una y otra vez, dio 30 puntadas de sutura en la vena.

 Fue un trabajo minucioso.  Algunas ocasiones los doctores murmuraron con sus mascarillas de gasa, la sala entera guardaba silencio.  La labor del Doctor Malt requería una paciencia extremada.  Tenía que sujetar el brazo de Eddy tan firmemente que no se produciría el menor movimiento.  De vez en cuando, Herrmann ayudaba con esto.  Una pequeña inclinación, y las venas delicadamente suturadas romperían.  Cuando las dos venas se reunieron, los doctores bromearon un poco, para romper la tensión.

Luego Shaw acometió la arteria humeral, todavía auto-sellada y palpitante con cada latido del corazón.  Esta tarea era más fácil, ya que la arteria de Eddy era grande. Sin embargo, el procedimiento fue complicado y tomó 45 minutos.  La anastomosis, o sutura de los vasos sanguíneos, se terminaron sólo tres horas y media después de que Eddy cayó del tren.

 Y ahora llegó el momento culminante.  Mientras el Dr. Malt aún sostenía el brazo con fuerza, Shaw retiró las pinzas que sujetaban la arteria.  La sangre irrigó por todo el brazo. La gente que llenaba el anfiteatro enmudeció. Alrededor de la mesa de operaciones nadie decía palabra; todos observaban. Lentamente, el miembro céreo comenzó a recuperar su coloración natural.  Cierto fulgor parecía envolver el brazo. Los médicos sintieron deseos de aplaudir. En el anfiteatro, hubo exclamaciones de alegría!! 

 – ¡Qué bien! -dijo Malt-, está sonrosado, ¿verdad?, Judy Moberly, la enfermera auxiliar, sintió la tibieza de la mano. 

 Entre el grupo de cirujanos estaban el Dr. Bradford Cannon, un especialista en cirugía plástica, y el Dr. David C. Mitchell, un ortopedista.  Ahora era el momento de reparar el hueso.

Después de consultar con otros especialistas en huesos y con Malt, el Dr. Mitchell decidió que  tendría que ser reforzado el hueso.  Entonces, él y Malt le instalaron el clavo de Küntscher. Medieron la longitud requerida: 15 y medio centímetros.  Malt condujo la parte del clavo hasta la médula del hueso del muñón con un mazo de acero inoxidable.  Entonces Mitchell sostuvo el brazo y lo ajustó al clavo.  Eran las 8 de la noche.

El siguiente paso era suturar los nervios. Los doctores tropezaron en este punto con un obstáculo inesperado. No podían encontrar todos los nervios en el muñón, y no podían estar seguros de la magnitud del daño que hubieran sufrido. La más leve cicatriz en un extremo nervioso podría impedir la curación completa, dando a Eddy un brazo real pero inútil.  Atento al reloj, pues Eddy ya había estado en la mesa de operaciones cuatro horas, el Dr. Malt tomó otra de las incontables decisiones tomadas ese día.  Decidió posponer la unión de los nervios para una operación posterior.

Luego, Malt eliminó el tejido muerto para evitar infecciones.  Esto normalmente se habría hecho primero, pero los médicos pospusieron porque, hasta que se restableció la circulación, no podían estar seguros de cuánto tejido estaría finalmente muerto. Después, Malt unió el músculo con 12 grandes puntadas de hilo catgut (tripa de gato) que en realidad era de oveja o de caballo.

Era evidente que ahora se requería un injerto de piel, ya que se veía una herida grande y descarnada. Pero Malt, en otra decisión más, se opuso a un injerto inmediato. Un injerto tardaría 45 minutos, y había poco tiempo. Ahora eran las diez de la noche, y aún faltaba mucho trabajo por hacer. Se colocó un apósito seco sobre el brazo ya restituido. 

Aún quedaba por curar la mano izquierda de Eddy todavía tenía que ser cuidada. Se cortó tejido muerto del pulgar y dos dedos aplastados, y se aplicó un injerto de piel tomado del pie derecho de Eddy.

 Eran casi la una de la mañana cuando Eddy fue conducido a la sala de recuperación, ocho horas y media después de que comenzaran las operaciones. Cuando salía de los efectos de la anestesia, sonrió a la doctora Joan Flacke. "¿Cómo está mi brazo roto?". 

Eddy se quedó en la sala de recuperación hasta la luz del siguiente día, y luego fue llevado a una habitación privada en el piso 12.  Aun cuando su brazo había vuelto a formar parte de él, la vigilia de los doctores acababa de comenzar.  Como pasaron los días sin signos de infección, los cirujanos respiraban con alivio.  El quinto día tomaron una gran pieza de piel del muslo derecho de Eddy y la injertaron en dos lugares distintos de su brazo. En el doceavo día  le cambiaron el vendaje de yeso, y al quinceavo día, hicieron otro tanto. Transcurridas tres semanas, el 13 de junio, Eddy regresó a casa de sus padres, en la calle Dell en Somerville.

 Eddy Knowles, en 1980 (30 años), estába bien. Su recuperación fue muy buena, y sus pasatiempos incluyeron levantamiento de pesas y tenis.  ocupó varios puestos de trabajo, entre ellos, entregando platos de carne de 200 libras y conducción de camiones en todo el país. En definitiva, una vida muy notable y productiva para Everett Knowles, jr., Una vez un niño valiente de 12 años que nunca lloró, y que ayudó a encender un nuevo hito en la ciencia médica. 

El Dr. Ronald Malt, por su parte en su breve informe oficial, describió lacónicamente la operación como: “Sutura de la extremidad superior derecha”.

F I N A L

Foto: Everett “Eddy” Knowels, Jr. Saliendo del hospital.

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autor apologeta el 8/oct, 2017 16:54 Gobernador

LA MUJER QUE VIVIÓ EN DOS MUNDOS.

Nuestra siguiente protagonista de este relato es una niña aché que fue adoptada por un etnógrafo francés que la crio y educó como una niña cualquiera del mundo civilizado. Fue bautizada con el nombre de Marie-Yvonne Vellard.

En 1932, el médico y etnógrafo francés Jean Vellard, científico del Museo del Hombre de París, realizó varias incursiones por las selvas suramericanas buscando contactar con civilizaciones silvícolas. Con ese propósito estuvo por el Paraguay recorriendo varios lugares de Caaguazú y Alto Paraná.
Acompañado de guías locales, ingresó en las entonces casi impenetrables selvas del Alto Paraná y, hace 85 años, logró su propósito de acercarse a una de las tribus más misteriosas que entonces poblaban el país: los aché, más conocidos como guayakí.
El encuentro no fue muy amigable; una nube de flechas respondió a sus gestos de acercamiento. Los guías paraguayos que acompañaban a Vellard respondieron al ataque  rompiendo un nutrido fuego con sus armas, haciendo que los indígenas huyeran raudamente hacia los matorrales, abandonando sus hachas de piedra y sus inmensas flechas de punta tallada a manera de sierra.

Los paraguayos siguieron a los aché hasta lo más profundo de la selva y, algunas horas después, regresaron trayendo un increíble botín. Suspendido de un trozo de madera, traían un pequeño ser que Vellard, en un primer momento, creyó que era un pequeño monito. Cuando los guías se acercaron, se dio cuenta de que aquel bulto colgante era un ser humano, una arisca niñita aché, atada de brazos y pies al madero y amordazada para poder trasladarla con facilidad. Movido por la compasión al ver a aquella niñita asustada, Jean Vellard compró de sus captores a la cautiva. En un primer momento, aquello fue una expresión más bien movida por un sentimiento compasivo.

Más tarde, en momentos en que acompañaba al gran antropólogo Levi-Strauss por tierras americanas, fue que se preguntó y se preguntaron si no habrá sido que el azar le haya brindado la ocasión de demostrar cómo la educación y el medio cultural eran más poderosos que las llamadas leyes raciales, supuestas rectoras del desarrollo individual.
Había bautizado a aquella niñita de dulce rostro y mirada afectuosa con el nombre de Marie-Yvonne Vellard y a quien puso al cuidado de su madre, quien la crio exactamente lo mismo que lo hubiese hecho con una niña francesa.

 Cuenta el antropólogo Alfred Matreaux que cuando conoció a la niña aché, ella "ya comenzaba a pronunciar algunas palabras en francés y se comportaba igual que los niños europeos de su edad. Ella recuerda su primera niñez envuelta en un confuso temor. Tenía miedo de su nuevo papá y de su abuela, y de que le quitaran sus pequeñas posesiones. Llevaba a la cama todos sus juguetes y dormía con sus muñecas bien apretadas entre sus brazos.

Durante varias semanas trataron de enseñarle francés, pero no lograba de ninguna manera que repitiera sonidos tan extraños para ella. Un día Marie-Yvonne se creyó completamente sola y su abuela la oyó repetir con tenacidad una sola palabra, en voz muy baja. Horas después, la niñita corría triunfalmente hacia la habitación de Madame Vellard exclamando jubilosa: ¡¡Grandmére!!... y repetía la palabra gozosa, como si se tratara de un juego recién aprendido: ¡¡Grandmére!! (¡¡Abuela!!). A medida que hablaba con más facilidad, fue perdiendo el miedo a los extraños.

Se convirtió en compañera constante de su padre adoptivo, aun en sus conferencias y disertaciones. Los profesores y científicos que frecuentaban la casa se hicieron pronto amigos de la tímida muchachita de ojos oscuros y suave sonrisa. A la edad de siete años, Marie-Yvonne hablaba francés y portugués, haciendo preguntas sobre la mitología griega. Después, y mientras su padre continuaba sus trabajos científicos en toda Sudamérica, Marie-Yvonne supo adaptarse a numerosas escuelas donde recibió siempre altas calificaciones.

Tenía 14 años cuando su padre la llevó en un viaje de investigación para estudiar los indios aimaraes, que viven en las orillas del lago Titicaca, situado a 3,800 metros de altura, entre picos andinos coronados de nieve. Era costumbre del Dr. Vellard vivir con las tribus que estudiaba, pero entre los desconfiados aimaraes, no fueron bien recibidos. Se quedaban a la puerta de sus chozas observando a los intrusos silenciosamente y con cara de pocos amigos. Al finalizar el primer día, el Dr. Vellard propuso a Marie-Yvonne que levantaran su campamento fuera de la aldea.

- Todavía no – repuso ella.

 

ESTE RELATO CONTINUARÁ…

Foto: Marie-Yvonne Vellard de pequeña.

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autor apologeta el 8/oct, 2017 19:04 Gobernador

@GVC2107 » GVC, dices: me gustaría de ser posible que incluyeras por favor la historia de John Hanning Speke, ví la película y me pareció adecuado incluir esto en tus relatos…

Claro que si estimado, solo voy a buscar su vida y sacar lo importante de ella. Saludos y gracias por tu participación.

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autor apologeta el 8/oct, 2017 20:50 Gobernador

La jovencita comprendía bien el orgullo de los indígenas y sus ocultos temores. Obstinadamente se negó a ser rechazada por ellos, además no era desagradable la perspectiva de pasar la noche sobre la tierra fría y pedregosa, aun dentro del “talego de dormir”. Se acercó a un grupo de hoscos aimaraes y les dijo en una mezcla de español y de las pocas palabras de su lengua que había aprendido, que ella misma había nacido en una tribu indígena de muy lejos, en las selvas del sur. Les explicó que su gente también había temido y odiado a los extranjeros, pero que este hombre blanco, que ahora lo acompañaba para estudiar las costumbres de la aldea, era su padre. Y les contó cómo él la había recogido y criado.

Ellos escuchaban atentos y comenzaron a cruzarse miradas de incertidumbre. Finalmente una de las mujeres, haciendo expresiva seña, dijo a los forasteros:

- Entren.

Ese verano Marie-Yvonne y su padre, vivieron entre los aimaraes, estudiando la vida diaria de sus nuevos amigos, sus fiestas, sus ceremonias religiosas. Desde entonces Marie-Yvonne supo cuál sería su carrera.

Su interés se concentraba en el campo de la investigación. Comenzó a aprender el difícil arte de la observación científica y de dar formas a sus hallazgos. Dotada de gran facilidad para las lenguas, en seguida podía entenderse con las tribus indígenas que frecuentaba. Finalmente, después de cuatro años de estudio en el Instituto Riva Agüero de la Universidad Católica de Lima, quedó preparada para ejercer su carrera de etnóloga a los 21 años.

Para entonces se vio sometida a una dura prueba. Los periodistas, siempre a caza de noticias sensacionales, dieron con la joven científica y su padre. El Dr. Vellard  explicó sencilla y lacónicamente: “Yo la encontré, y la eduqué desde niña. Ahora ella trabaja en la materia de su predilección. No hay más que contar”.

Algunos reporteros frustrados recurrieron entonces a la invención. Hicieron circular ampliamente una historia según la cual Marie-Yvonne había sido alimentada por una loba. Pudo pensarse que la muchacha guayaquí, desconcertada y herida en su amor propio, se iba a esconder o a huir. “Me daba cuenta que la gente miraba como si yo fuera una especie de animal domesticado”, dice ella. No le fue fácil, pero valientemente siguió viviendo en Lima, donde su padre adoptivo se había establecido y donde había fundado el Instituto para Estudios de los Andes, en la Universidad de San Marcos.

Ansiosa de ser útil a la comunidad, Marie-Yvonne estudió unos cursos en la Cruz Roja para enfermeras voluntarias. Iba por la mañana al hospital, y por la tarde al Instituto. Pronto tuvo amistades no solo en los círculos académicos, sino también en todas las clases sociales de la ciudad. Caminar con ella por las calles de Lima era compartir las sonrisas y frases amistosas con que la reciben en todos los barrios, hasta en la parte vieja de Lima, donde vive la gente más pobre, eran saludos muy afectuosos.

La carrera científica de Marie-Yvonne la llevó junto con su padre hasta la Tierra de Fuego, en el extremo sur de América, y hasta las aldeas de esquimales cerca del círculo Glacial Ártico. En la primavera de 1959 comenzó una serie de estudios independientes y se lanzó a su primera aventura sola.

Continuará…

Foto: El Dr. Jean Vellard

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autor apologeta el 9/oct, 2017 13:14 Gobernador

En un pequeño avión de esos que van parando en cada lugar, voló sobre los Andes a Iquitos, en la parte superior del Amazonas. Desde allí, en canoa y con un guía indígena, continuó avanzando a lo largo de los ríos tributarios que se adentran en lo más profundo de los bosques. En seguida, prosiguió por sendas medio escondidas que cruzan una de las selvas donde más llueve en el mundo, hasta llegar a una remota aldea indígena.

Explicó a los indios que sus métodos para tejer, cocinar y hacer utensilios de barro, quedarían dentro de algún tiempo olvidados si alguien no se preocupaba de estudiarlos para dejar constancia escrita. Y como ella era India también, le sería fácil comprender su manera de sentir y sus costumbres. Felices, los indígenas le proporcionaron una hamaca de fibra de palmera para dormir en una de sus chozas.

A pesar de todos sus viajes a través de selvas, Marie-Yvonne nunca volvió al Paraguay, no lo quiso  hacer. Los indios guayaquíes están casi extinguidos ya, y ella no siente nostalgia de su tribu. Nació en un día perdido en su memoria, de una Madre que no recuerda. Para ella el aniversario de su nacimiento es el 23 de setiembre de 1931, fecha en que fue milagrosamente transportada al mundo del siglo XX.

Como parte final, el autor de este relato, el Sr. Reese Wolf, escribe esto: Durante nuestra estancia en Lima, mi esposa y yo ofrecimos una comida en honor de Marie-Yvonne en uno de los mejores restaurantes de la ciudad. Cuando entró en el salón todas las miradas se clavaron en ella. Vestía un  elegante traje de “lame” plateado, que hacía resaltar favorablemente el rico tono bronceado de su piel y el brillo de su negrísimo cabello suelto. Muy dueña de sí misma, se mostró cordial con los asistentes, incluyendo el tema de conversación agradable para cada uno y hablándoles de lo que podía interesarles.

Los camareros mestizos la atendían solícitos. Cuando fui a pagar la cuenta en la caja, uno de ellos me preguntó:

- Perdón Señor, Pero… ¿quién es la señorita India?

Es una Doctora de una Universidad de aquí, repuse yo.

- Pero… es una India.

Entonces les conté algo de su historia y ellos se han quedado en silencio, brillándoles los ojos de satisfacción ante el triunfo de una muchacha de su antiquísimas raza.

Cuando salíamos todos del restaurant, la orquesta comenzó a tocar una suave y melancólica canción paraguaya. Marie-Yvonne se detuvo un momento a escuchar y en su rostro apareció una expresión de tristeza. Se rehízo al instante, como si quisieran arrancarse el pasado, y sonriendo se reunió con nosotros nuevamente en el ascensor que esperaba.

Aquella sonrisa suya simbolizaba su fe en el futuro. Ella sabe que se acerca día en que otros seres primitivo saldrán de la oscuridad de la selva, como lo hizo ella, para recibir la luz de la cultura. No olvida que si no hubiera sido por un extraordinario capricho del destino, la niña Guayaquil todavía permanecería en su mundo de la edad de piedra, y Marie-Yvonne Vellard, la etnóloga del siglo XX, no habría nacido nunca.

FIN DEL RELATO... 

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40
autor apologeta el 9/oct, 2017 13:33 Gobernador

Como algo complementario al tema, añado un documento que emitió la UNESCO:

En julio de 1950, la Unesco emitió una declaración redactada por veinte de los principales biólogos, genetistas, fisiólogos, sociólogos y antropólogos del mundo en la que se denunciaba la falsedad del odioso mito racial.

“Los factores que han tenido influencia preponderante en el desarrollo intelectual del hombre han sido su facultad de aprender y su plasticidad. Ahora bien, esa doble aptitud constituye un rasgo común a todos los seres humanos. Constituye, de hecho, una característica específica del homo sapiens”, dice la Declaración sobre la Raza hecha por la Unesco, 18 de julio de 1950 y publicada dos días después.
En aquel importante documento, afirmaba que: "En el estado actual de nuestros conocimientos no hay nada que aporte una prueba concluyente de que los grupos humanos difieren entre sí por sus caracteres mentales innatos, trátese de la inteligencia o del temperamento. La ciencia demuestra que el nivel de las aptitudes mentales es casi igual en todos los grupos étnicos".
En qué se basaba la Unesco para realizar esa afirmación? En varios casos científicamente comprobados, uno de ellos el de nuestro personaje de este relato, Marie-Yvonne Vellard.

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autor paty14 el 9/oct, 2017 14:33 Diputado local

@apologeta » Buenas tardes, me encantó tu tema, sobre todo el último,el cuál me hizo llegar a la conclusión que invertir en la educación de un país es muy importante y excelente inversión, cualquier individuo,de cualquier raza y grupo étnico,cómo lo has mencionado tiene la oportunidad de cultivarse intelectualmente si nuestros gobiernos se interesaran en ello.En Irlanda, por ejemplo, los casos de criminalidad son esporádicos, la calidad educativa es de primera, pero porque su gobierno así lo decidió, y hoy es uno de los países con mejores condiciones de vida.

Hace 2 días asaltaron el tren donde mi hermano era trasladado,junto con su equipo de trabajo con tripulación y maquinaria cara y pesada, ellos iban de la Cd de México al Papaloapan, donde hay muchos puentes en mal estado por las inundaciones,en el trayecto, casi llegando a Tierra Blanca, cerca de 50 sujetos ponen barricadas de piedras en las vías para hacer que el tren se detenga e inmediatamente proceden a forzar cerraduras y llevarse herramientas y maquinaria.Estas personas se veían humildes.Que razones tendrían para arriesgar la vida y para responder a una resistencia,si la hubiera?

Por eso pienso que sí esa gente hubiese tenido oportunidades diferentes, otro gallo nos cantaría a todos,pero desgraciadamente estos infames gobiernos no ven más allá de su propio interés.

Saludos Polo y continúa con tus excelentes temas.

paty14



42
autor apologeta el 9/oct, 2017 15:33 Gobernador

@paty14 » Estimada Paty, en esos rumbos por Tierra Blanca, Palomares, la Tinaja. Para ubicarnos bien es el área de Tuxtepec, Oaxaca y los linderos de Veracruz, desde que yo estuve trabajando en Salina Cruz por el año ’77 al ’86…siempre estuvieron asaltando en la carretera por las noches. Los autobuses de pasajeros y carros particulares tenían que moverse en caravana con una camioneta de soldados por delante (“madrina”). Lo que no sabía es que ahora asaltan trenes. Pero los asaltantes son campesinos que no tienen que comer. Al gobierno le conviene más un pueblo inculto y medio muerto de hambre…  para que ellos sigan gobernando sin tapujos. Los más fregados se van sobre los que medianamente tienen, porque ellos…los poderosos millonarios del gobierno, no viajan por carreteras y sus hijos estudian en colegios particulares con guardaespaldas a un lado o los mandan al extranjero. Los vulnerables siempre seremos nosotros los de la clase media…así que nos friegan los de abajo y desde luego los de arriba. Por lo tanto “ese gallo” que tu mencionas, no le conviene al gobierno que “cante”.

Gracias amiga por tu aportación.

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autor apologeta el 9/oct, 2017 19:56 Gobernador

LA FUGA…SU ÚNICA SALVACIÓN!!

El siguiente relato tal pareciera salir de alguna novela, pero éste… es aún más asombroso, por lo cual está en mi lista y así empieza:

La ficha de Alfred Lauterbach, recluso número 1,880 del penal de Brandemburgo, en la Alemania Oriental, era insignificante. Revelaba solamente que se le había condenado a 25 años de presidido por el delito de conspiración contra el Estado. La hoja no decía cómo, en los últimos días de la guerra, este joven pintor alemán había presenciado el martirio y muerte de un hermano suyo a manos de los soldados soviéticos. Arrestado por haberse unido a la resistencia clandestina para vengarse, le había “procesado” y sentenciado un consejo de guerra ruso.

Al comenzar el presente relato, en mayo de 1952. Lauterbach lleva en presidio tres años. Iba pelado a rapa y con los ojos inquietos, ardientes, se le hundían en el rostro demacrado. Había perdido 26 kilos de peso.

Lo más amargo para Lauterbach era saber que su destreza manual y visual se le marchitaban. Se sentaba a solas con sus pensamientos en su celda desde la que podía oír a los niños jugar y reír en el mundo libre, sin poderlos ver nunca.

Cierto día mostraron a Lauterbach algunos carteles de propaganda comunista y le instaron a pintar otros iguales. Aunque él odiaba el régimen del Alemania Oriental, aprovechó la ocasión de verse de nuevo un pincel en la mano.

Un joven policía lo escoltó al último piso de la prisión, hasta un largo y estrecho aposento, alumbrado por una alta ventana. Allí sobre una mesa de caballete había papel, lápices, banderines y botes de pintura. Entregaron al recluso una docena de hojitas de papel con lemas comunistas escritos a máquina y lo encerraron con llave. Lauterbach arrimó la mesa a la pared debajo de la ventana, colocó encima la silla y desde ahí, por primera vez en tres años, echó un vistazo a la libertad… luego se puso a trabajar. ¡¡Era tan placentero ver extender los colores bajo el pincel!! El tiempo volaba. Cuando menos lo esperaba, el guardia se presentó de nuevo para llevarlo su celda.

Excepcionalmente joven le pareció a Lauterbach este guardia, para las estrellas de sargento mayor que llevaba en las charreteras; y se fijó en él atentamente. Elegante uniforme azul, cabellos rubios asomandos bajo su airosa gorra; ojos inmóviles, fríos. Un Perfecto espécimen del nuevo “policía del pueblo”, educado por los comunistas.

El guardia, era Horst Bock, era ciertamente joven. Nacido en 1930, sólo había conocido la Alemania de Hitler, la guerra y el régimen soviético. A sus 17 años, incitado por un “policía del pueblo”, padre de un amigo suyo, se enlistó en la “Volkspolizei” (la Vopo). Pero Bock no profesaba  más política que la cándida creencia de que la Alemania Oriental debía al régimen soviético su recuperación posbélica.

Ni aún las grandes dosis de doctrinarismos de Marx y Lenin que le inculcaron en la Escuela de la Policía parecieron hacerle mella. A su entender, si uno es buen recluta, deberá aguardar obedientemente, a pie firme. Se adiestró en ingerir aquella dosis y servírselas  a su vez a los demás. Llegó a exponer con cierta facilidad las doctrinas marxistas.

A su debido tiempo, se le invitó a ingresar en el partido comunista. Bock vaciló. . . hasta que el padre de su amigo tuvo que indicarle que, si no ingresaba, no podría esperar ascensos. Y no tuvo inconveniente en afiliarse.

En efecto, salió del curso de adoctrinamiento hecho un experto. En la prisión de Brandemburgo se le asignó a la Sección Política, compuesta de tres personas, en la cual llevaba la censura de los periódicos antes de darlos a los reclusos, cuidaba de la biblioteca para los 300 empleados de la prisión, y les daba regularmente conferencias sobre historia e ideología comunistas.

La vida se le ofrecía lisonjera. Su joven esposa, también miembro de la “Volkspolizei” con el grado de Cabo, trabajaba en la sección de teletipos de la penitenciaría. Tenían dos hijos, vivían casi sin pagar alquiler, en una de las cómodas casas para el personal de la prisión, y dentro del nivel de salarios de la Alemania Oriental, percibían buenos sueldos.

Aunque Bock no fuese un comunista convencido, era en todo caso, un obediente, industrioso y bien estimado servidor del Estado. No se le ocurrió la idea de “optar por la libertad” ni en verdad, hacer cosa que no fuera seguir el camino que veía delante, que claramente le llevaba arriba.

De vez en cuando, durante las semanas siguientes, Bock conducía al macilento y débil cautivo hasta su estudio para que prosiguiese su tarea de pintar carteles o ampliar a gran tamaño las figuras de los gobernantes de Alemania Oriental: el Presidente Pieck y el primer ministro Ulbricht. Las palabras cruzadas entre guardián y recluso eran pocas; sin embargo se estudiaban y calibraban mutuamente.

Lauterbach veía a Bock el instrumento de un poder al que temía y odiaba, más no sabía hasta qué punto ese instrumento era insensible o influenciable. Lo mejor, era pues, observar y esperar.

CONTINUARÁ ESTE RELATO…

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autor apologeta el 10/oct, 2017 01:35 Gobernador

Por otra parte, Lauterbach impresionaban cada vez más a Bock por su talento, su concentración, su empeño en sacar buenos trabajos de la aridez de monótonas  consignas. Bock no podía mirar a Lauterbach como si fuese un criminal; sino tan sólo como un contrincante político a quien hubo lógicamente que recluir.

Imperceptiblemente, al paso del tiempo, la tirantez se aflojó. En tono de las órdenes de Bock se suavizó. De vez en cuando dedicaba al preso un elogio, le gastaba una broma amable. Curioso acerca de este recluso, Bock echó un vistazo a sus antecedentes penales. Eran escuetamente breves: una visita de dos minutos, seguida de una explicación de cinco palabras para pronunciar la sentencia de 25 años de prisión. Bock quiso saber más.

Un día de septiembre, cuando vino a llevarse del taller a Lauterbach, le preguntó:

- ¿Por qué está usted preso, realmente?

Sin poderse contener, Lauterbach prorrumpió:

- ¡¡Me tacharon de criminal porque luché contra el crimen!!

Fue como destapar una botella: se derramó todo lo que había adentro. Lauterbach contó la historia de las crueles injusticias padecidas por tantas personas decentes, cuyo único crimen había sido su indignación y su protesta. Sentencias de un tercio de la vida de un hombre por delitos no cometidos. 

El deber de todo en tal momento, ajustándose a la ordenanza, era interrumpir al preso, llamarle embustero, y denunciarlo a la superioridad. En lugar de ello, escuchó vivamente impresionado. “Puede estar mintiendo pero yo lo comprobaré”, pensó Bock.

En un punto de la diatriba de Lauterbach , Bock se acercó a la puerta y la abrió, por si alguien escuchaba. Con aquel gesto, aunque ninguno de los dos lo advirtiese por lo pronto, Bock había saltado de la linde: él y Lauterbach estaban ya al mismo lado de la barricada.

Después, solo en su celda, Lauterbach se sintió horrorizado de lo que había hecho. Bock le denunciaría, sin duda. Lo cual le anunciaban semanas de castigo en el sótano, sin otra cama que  unas tablas y pan seco por comida.

Por espacio de una semana se consumió en la soledad de continuos temores, aguardando el golpe terrible. Por fin, una mañana Bock vino por él, lo escoltó al piso alto y le dio tarea, como si nada hubiese sucedido.

Mas en el entendimiento y el corazón de Bock si habían ocurrido importantes cosas. En aquel tiempo se hacían en la Alemania soviética las primeras diligencias para decretar una amnistía política. En el presidio de Brandemburgo se estaba interrogando a muchos penados, en la esperanza de que algunos confesaron su culpa, se retractaron y pidieron clemencia al gobierno.

Parte de la ocupación de Bach era un colaborar en los interrogatorios preliminares. Pudo así hablar con cerca de un centenar de penados; Y sacó a luz una repugnante sucesión de casos de médicos, abogados, maestros, funcionarios civiles, sentenciados a 10, 15 y 25 años de condena, por delitos políticos triviales, inventados, o grotescamente vagos. Lauterbach no había mentido.

Bock no dijo nada de esto a Lauterbach, más el preso percibía el cambio y se fue atreviendo. . . Mostró a Bock recortes escogidos: “Diez mil personas ovacionan a los dirigentes del partido”, se fanfarroneaba en los titulares de la prensa comunista… y a Bock  que acudió al acto en cuestión, le constaba que sólo algunos centenares de conversos habían acudido.

Cierto día Lauterbach estalló en un ataque furioso contra el primer ministro Ulbricht. Bock dejó al recluso desahogarse. Le conmovía su elocuencia, sus pruebas incontestables. Al final le previno: “Célebre usted que todo eso me lo ha dicho a mí, y no a cualquier otro”.

Desde aquel momento, Bock estaba comprometido.

Comenzó a ayudar a los presos. Por ejemplo, en donde las notas que entre ellos se pasaban a escondidas. Cuando cualquier guardián interceptaba una nota y se la llevaba a Bock, éste solía consultar con Lauterbach. Si Lauterbach avalaba al recluso, nada sucedía. Más peligrosos fue que señalara cuáles eran los soplones al pintor, quien discretamente avisaba a los reclusos de tal o cual sujeto no era de fiar.

Entonces Bock cayó enfermo. Permaneció cuatro semanas en cama; y le sobró tiempo para meditar serenamente. Tuvo clara conciencia de que se había incorporado al movimiento clandestino. Más tarde o más temprano le descubrirían. Solamente le quedaba una solución…

De regreso en la penitenciaría, clavó sus ojos fríos en los de Lauterbach y exclamó:

- Sólo hay una salida para todo esto: ¡¡escaparse!!

- Eso sería bien fácil para usted – Dijo Lauterbach.

- Va a ser sumamente difícil… ¡¡porque cuando yo me vaya... usted se irá conmigo!!

Lauterbach se quedó estupefacto. Un policía y un recluso, escapando juntos del presidio de Brandemburgo… ¡¡la locura!!

ESTE RELATO... CONTINUARÁ 

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autor apologeta el 10/oct, 2017 16:59 Gobernador

La prisión de Brandemburgo era lo que los penalistas llamaban “una institución de máxima seguridad”. Los edificios estaban encerrados tras un muro de más de seis metros de altura, en cada una de cuyas esquinas sobresalía una torre de guarnecida por policías armados de ametralladoras. De noche, potentes reflectores iluminaban inexorablemente una faja de arena reluciente, amarilla, que seguía del lado de adentro, en todo el contorno del muro. El preso que se aventurase por esta faja caería instantáneamente acribillado a balazos. Además, se examinaba a toda persona, cosa que pasaba por las puertas de la prisión. De vez en cuando, por sorpresa, se realizaban inspecciones minuciosas de personas y objetos. Nadie se había evadido jamás de Brandemburgo.

A pesar de todo, la resolución Bock era inconmovible. Concienzudamente examinado todos los posibles ardides: Conseguir documentación falsa; ponerse un uniforme de guardia; apagar los reflectores y escalar el muro en la obscuridad; hasta concibió el desatino de armar un número crecido de presos y preparar la magna liberación de todos ellos. Más, suponiendo que él y Lauterbach logran salir del encierro ¿cómo cruzarían el río Havel entre Potsdam y el Berlín Occidental?

Ambos trabajaban a sus planes cuando súbitamente trasladaron a Bock a otro empleo en la prisión de Kottbus. Tuvo que salir de Brandemburgo en el término de pocas horas. Hasta un hombre de más corazón que Lauterbach se hubiera desalentado.

Raramente ahora le requerían a pintar o a componer carteles. El tiempo corría y así transcurrió cerca de un año. Al fin, reapareció Bock en Brandemburgo, destinado de nuevo a instancia propia. Las esperanzas de Lauterbach se redoblaron al cerciorarse de que su guardián mostraba tanta ansiedad como antes por la doble evasión. Bock había estado en Berlín, y hubiera podido fácilmente escapar sólo. En su lugar, volvía por su amigo a la penitenciaría.

Nuevamente asecharon, planearon, y fueron descartando proyecto tras proyectos. Cuando todo parecía inútil, Bock tuvo un relámpago de inspiración. En la contabilidad de su Sección Política se había descubierto que faltaban 100 marcos poco más o poco menos. Una pequeña cantidad, pero eso traía desconcertados a sus superiores. Entonces, él propuso cubrir el déficit mediante la venta del papel de periódicos viejos almacenados en un cuarto del último piso. Los jefes accedieron, aliviados, y le autorizaron para hacer lo que proponía.

A las ocho de la mañana del jueves 8 de junio de 1954, se detenía un camión a las puertas de las oficinas del penal. Allí permaneció, mientras una cuadrilla de presos mandada por el Sargento Horst subía y bajaba del almacén, donde el preso Lauterbach cargaba a cada uno un grueso atado de periódicos viejos.

El último bulto lo bajó Lauterbach. Dentro venía un traje de civil. Pasó con su bulto frente a las descuidadas ventanas del personal de oficina, y se metió en el camión. Bock subió tras él, y amontonó los atados alrededor y encima de su amigo.

Estaba lloviendo al arrancar el camión. En la primera puerta, dos guardias salieron del puesto. Subiéndose el cuello contra la lluvia, subieron en el vehículo. Husmearon aquellos bultos de papel viejo, pero como iba un oficial de mayor rango que ellos, y sentado sobre el montón de periódicos. Hicieron señal al chofer de que siguiera. Los guardias de la segunda puerta quedaron igualmente satisfechos: ¡¡Pasen!!, les dijeron.

Cuando Lauterbach oyó que el camión arrancaba de nuevo, se despojó de su uniforme carcelario y se puso a toda prisa su vestimenta de civil. Al tiempo en que el camión aminoraba la marcha ante una señal de parada, Lauterbach brincó fuera. Momentos después, Bock le seguía. Atravesaron la ciudad de Brandemburgo, a 100 metros el uno del otro, como si no se conocieran.

Eran más de las nueve de la mañana, y a las 12 se pasaría lista a los penados. Tan pronto como se descubriera la desaparición de Lauterbach, una sonora alarma, con interceptación de carreteras, autos de patrulla y la policía pondría una triple barrera la circulación entre Potsdam y el Berlín Occidental. Los dos fugitivos tenían frente a sí 50 kilómetros que recorrer y un peligroso río que salvar a nado donde circulaban lanchas de la policía de Potsdam.

Continuará…este relato.

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autor apologeta el 10/oct, 2017 21:10 Gobernador

En autobuses y taxis los evadidos, tensos como cuerdas de violín, llegaron hasta Potsdam. Allí se fueron a pie, no muy de prisa, a través de los prados y vallas de Babelsberg, donde muchos oficiales rusos tenían sus villas, hasta un sitio solitario en la ribera del río Havel. Se metieron en el agua y se echaron a nadar hacia la otra orilla.

La lluvia dificultaba la visibilidad; el río estaba picado. Lauterbach, debilitado por la dieta carcelaria, nadaba con lentitud.

A la mitad de la travesía, oyeron el ruido que más temían: el matraqueo de un de un motor. Se les venía encima una lancha de la policía.

Increíblemente, los guardias soviéticos, a quienes los fugitivos podían ver claramente, apiñados en su cabina por la intensa lluvia, no los vieron. La lancha pasó de largo a unos 10 metros.

Los dos amigos siguieron nadando y arribaron a la orilla. Al ver los uniformes de la policía berlinesa democrática, se rindieron a la bandera de la libertad.

El resto, como todos los desenlaces felices, se dice pronto. Previas las indagaciones usuales, se les concedió asilo político y se les trasladó a la Alemania Occidental. A la mujer de Bock la tuvieron los rusos arrestada en su domicilio de Brandemburgo durante varias semanas, pero por estar embarazada se le permitió salir a que la viese un médico. Llevándose consigo sus dos hijos, pudo escurrirse hasta el Berlín democrático; y de ahí se dirigió a una pequeña ciudad bávara, donde la familia Bock vive actualmente. Host viene adiestrándose en la profesión de fotógrafo, con la ayuda del artista a quien su valor, su lealtad, y su ingenio salvaron de la muerte.

Tres o cuatro casas más allá de la de Host, Alfred Lauterbach talla bellas figuras de madera, según la tradición de su natal Sajonia: una gansa minúscula que asusta a una niñita; una sierva moteada, no más grande que un dije de reloj; figurillas de cuentos de hadas, delicadamente como si estuvieran vivas. Lauterbach espera abrir en breve una pequeña fábrica.

Para los Bock y los Lauterbach, unidos por un rasgo de valor paciente y abnegado. La vida no es  fácil…. pero es libre!!

FINAL  

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autor apologeta el 11/oct, 2017 21:25 Gobernador

El hombre que no maté

Aquella mañana el termómetro marcaba 28 °C bajo cero. La tierra helada resonaba a nuestro paso como losas de catedral, las ramas escarchadas de los árboles se quebraban igual que cristales cuando las tocamos y hasta el aire cortaba como un cuchillo. Hay en el mundo pocos hombres acostumbrados a tan baja temperatura y entre ellos no figurábamos por cierto nosotros, pues no éramos ni canadienses, ni escandinavos, ni finlandeses, si no franceses y procedíamos de las regiones más soleadas de Francia. Estábamos en febrero de 1940, en las montañas de los Vosgos, durante la llamada “guerra falsa”.

Era uno de esos días en que nada sale bien. Lo usual era no pasar de la trinchera que constituía nuestro frente, pero habíamos recibido órdenes de reconocer las posiciones enemigas. A eso de las siete de la mañana nos pusimos en marcha un sargento, tres soldados y yo,  que era entonces capitán.

Desde el principio resultó de una expedición distinta de las que habíamos hecho hasta entonces y mucho más difícil. En la guerra, el soldado debe estar en condiciones de oír el menor ruido, pero a 28° bajo cero, echar hacia atrás el gorro de lana y dejar una o dejar al descubierto constituye una aventura peligrosa. Es preciso destaparse y cubrirse en forma alternada y rápida la oreja derecha y luego la izquierda sin dar tiempo a que se congelen.

Primero nos dirigimos a una casa abandonada en el bosque entre las dos líneas y el borde de un arroyo. Ni nosotros ni los alemanes intentamos nunca ocuparla de manera permanente, pues estaba demasiado distante de las crestas en que nos habíamos instalado a ambos lados del valle, pero a menudo nos encontrábamos allí por la noche con patrullas enemigas y por lo común quienes la ocupaban sorprendían a los que llegaban posteriormente.

Dimos una vuelta cautelosa en torno a la casa y, al no ver a nadie, corrimos dentro con las armas prontas y el ojo alerta, dispuestos a disparar. Al encontrar las habitaciones desiertas, se quebró la tensión y soltamos la carcajada por haber llegado a creer que el juego podía ser peligroso.

- Hace demasiado frío – Dijo el sargento – Y esos caballeros no salen hoy. No son tan estúpidos como nosotros.

Seguimos adelante en doble fila India. Los campos, el bosque, las empinadas orillas del arroyo, la cuesta de la colina, todo parecía más solitario que nunca. No se veía a un pájaro en el aire y ni señal de vida por ninguna parte. Había algo amenazador en el silencio que se cernía sobre nosotros, y nos manteníamos casi dolorosamente a la escucha.

Al aproximarnos a la línea de vigías enemigos, nos echamos al suelo y empezamos a arrastrarnos. La tierra, a trechos desnuda, otros salpicada de nieve con láminas de hielo, se sentía como un elemento llegado de otro mundo.

De pronto vi el soldado a mi derecha se detenían y hacía la señal de alarma con los dedos. Me apresuré a reunirme con él. Estábamos en lo alto de una curva del terreno, desde la cual podía divisarse un pequeño valle.

- ¡Un teutón! – susurró el soldado.

Indicó a a cosa de setenta metros un agujero que señalaba el puesto de un centinela. Éste se hallaba de espaldas a nosotros, con la cabeza envuelta en un gorro de lana negra que le cubría las orejas y el cuello. Mis compañeros alzaron sus carabinas, pero yo hice con la mano una señal que significaba:

- Ése es para mí.

Tomé cuidadosamente puntería sobre aquel soldado que estaba ahí como un blanco fijo en un campo de tiro. Con un ojo cerrado dirigí la mirada del cañón de mi fusil hacia ese desconocido cuyo rostro no podía ver, con la mirada en línea recta a la nuca cubierta enteramente por el gorro de lana.

En el instante en que iba apretar el gatillo, el alemán empezó a saltar y a mover los brazos como un oso. Sobresaltado, perdí la puntería y abrí ambos ojos. Comprendí lo que hasta entonces había sido sólo un blanco era en realidad un hombre, un hombre como yo, que sufría por el frío como yo, a quién le dolían los pies, tenía las manos entumecidos y las orejas congeladas y que sólo pensaba en defenderse del frío; un hombre que había olvidado por completo la guerra.

No pesé el pro y el contra, no tuve que tomar ninguna decisión: el cañón de mi arma se bajó por sí solo y no trate de levantado de nuevo. Con un ademán ordené a mis compañeros que se retirasen y los arrastramos “pecho en tierra” hasta el valle, donde volvimos a ponernos de pie y nos dirigimos a la casa del bosque.

Una vez dentro, el sargento dijo:

- Ha hecho bien mi Capitán. El pobre diablo tenía demasiado frío. . . No era posible matarlo.

Los demás rieron y sus carcajadas demostraron que estaban de acuerdo. Habíamos cumplido lo ordenado. Sabíamos dónde estaba la línea de vigías. También sabíamos dónde se hallaba la fortificación que el enemigo había establecido en la cima.

- ¡¡Misión cumplida!! – Exclamó el Sargento.

- Ese pobre diablo tenía mucho Frío – Dijo otro de los hombres.

El Frio nos había hecho olvidar la guerra.

¿Por qué permanecen tan vivido en mi memoria el recuerdo de aquel día señalado por ese extraño episodio, más que muchos otros días marcados por los terribles acontecimientos que llevaron a la invasión y a la derrota de mi patria? No lo sé. Todo lo que puedo decir es que se conserve indeleble la visión de ese centinela alemán cuya vida salvé sin haberle visto siquiera el rostro, la visión de ese gorro negro de lana que durante unos segundos estuvo en la mirada de mi rifle.

Una tarde de invierno de 1943 me encontraba en el andén de la estación ferroviaria de Montaubán. Se detuvo frente a nosotros un pesado tren de transporte que marchaba a ese otro mundo de los campos de concentración y varios soldados alemanes se apostaron como centinelas frente a los vagones. Una sensación de horror se apoderó de mí cuando de pronto, a cincuenta metros a mi derecha, vi la nunca de uno de ellos, cubierta por su gorro de lana Negra. Parecía que fuese precisamente el centinela que yo me había negado a matar tres años antes. ¡Sí, era él! estaba seguro de haberlo reconocido y me acusé amargamente por no haberlo matado el día que lo tuve al alcance de mi arma.

En los años oscuros que siguieron sentí varias veces el mismo remordimiento y una especie de furia por haber dejado vivir a aquel hombre. Cuando teníamos que trabajar a las órdenes del enemigo durante la ocupación, me quedaba como hipnotizado si mis ojos caían sobre una nuca cubierta el gorro de lana, sobre un hombre cuyo rostro no necesitaba ver para decirme:

- ¡Es él!  ¡Y Soy yo quien lo ha dejado vivir!

Sin embargo, el tiempo pasa y hemos vuelto a la paz. El enemigo se ha convertido en un vecino amistoso y ha dejado de ser para mí esa monstruosa abstracción que fuera para todos nosotros durante los años de la guerra.

Hace poco, en una conferencia internacional celebrada en la Selva Negra, Alemania, me encontré por primera vez después de la guerra con escritores e intelectuales alemanes. Durante una fiesta campestre, al atardecer vi a uno de esos antiguos enemigos a corta distancia de mí, de espaldas y con el cuello envuelto en una bufanda negra de lana. Sin poder evitarlo, me quedé con la vista clavada en su nunca, en una especie de desvarío, y en ese preciso instante un amigo me tomó por el brazo para presentármelo. Por primera vez vi su rostro, un rostro de intelectual, algo solemne, un poco triste, pero iluminado por la serenidad del pensamiento. Parecía, como mucho de nosotros, sobreviviente de algún espantoso cataclismo.

Nuestra conversación nos demostró que teníamos los mismos gustos, que él se dedicaba a los mismos estudios que yo, y nos hicimos rápidamente amigos. Mientras hablábamos, algo muy hondo en mi interior se transformaba, sin esfuerzo alguno de mi parte. El viejo remordimiento por haber dejado vivir a mi enemigo, esa amargura que tan vivamente experimentará durante los años dolorosos de la ocupación, se convirtió en alegría, y me sentí repentinamente lleno de júbilo al pensar que probablemente era la vida de ese hombre la había salvado.

Me dije que si lo hubiera conocido como empezaba a conocerlo entonces, no habría podido hacer nunca fuego contra él. Una milagrosa casualidad le había hecho sacudir los brazos para dar su un poco de calor y despertar así en mi corazón la noción de la fraternidad humana. El penetrante frío era uno y otro sufríamos nos hacía hermanos. ¡Pero cuán insignificante era ésa fraternidad en  comparación con las demás que realmente unen a los hombres! ¿Quién de nosotros podría matar a su semejante si en verdad no conociera como todo hombre es capaz de conocer a otro?  Se puede matar a un soldado enemigo, si no es más que un muñeco sin nombre y sin rostro. Pero, ¿cómo es posible matar a un carpintero, un labrador, un pintor o un filólogo; un hombre que tiene hijos, esposa, madre, que puede sentir hambre o frío como nosotros, que vive en la tristeza o en la esperanza, un ser igual a nosotros mismos?

El recuerdo del centinela alemán cuya vida me negué a segar aquel día, el más frío de mi vida, me ha permitido comprender, con más fuerza de la que habría tenido la mera reflexión, que si cada uno de nosotros pudiera ser reconocido personalmente por su semejante, en todas sus virtudes potenciales y sus indudables defectos, nunca más habría otra guerra.

El autor de este relato, André Chamson, hombre de letras, escritor y soldado, fue, hasta la segunda guerra mundial, director del Castillo y el Museo de Versalles. Luchó activamente en el movimiento de resistencia durante la ocupación alemana de Francia. Junto Con André Malraux, organizó la Brigada de Alsacia y Lorena, tomó parte en la liberación de Alsacia. Es uno de los más distinguidos escritores de su generación y fue elegido para la Academia Francesa en 1956.   

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48
autor luisa37 el 30/oct, 2017 01:04
Visitante distinguido

@apologeta » Felicidades usted tiene el don de trasportar al lugar de la historia , escuché el rugir de las aguas. recuerdo el libro de Selecciones ya que mi abuelo era un fiel lector recuerdo que salía una edición por seman, si no mal recuerdo . Exelente reconocimiento a su Padre felizidades..!

luiza37



49
autor luisa37 el 30/oct, 2017 01:27
Visitante distinguido

@apologeta » no cabe duda que cuando se tiene una meta bien definida, Es tenacidad, sacrificio, ingredientes que no debemos olvidar , un gran ejemplo de señor Legson Kayira 

luiza37



50
autor apologeta el 30/oct, 2017 13:43 Gobernador

@luisa37 » Gracias Luisa, por sus palabras. Y seguiré con otros relatos, que en verdad aún me conmueven. Y sobre las ediciones de Selecciones eran mensuales… mi padre tenía suscripción anual y le salía más barato, algo así como pagar 9 ejemplares y le obsequiaban 3.  

Y en cuanto al gran ejemplo de señor Legson Kayira, estoy muy de acuerdo con usted. Se tienen que trazar metas y tener “hambre” de necesidades… y entonces, vendrán los logros con sabor a miel. La necesidad es el gran maestro de la humanidad.

Saludos amiga, y gracias por su participación.

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51
autor apologeta el 30/oct, 2017 23:02 Gobernador

La catástrofe del tren N° 8017

A medida que el tren número 8017 atravesaba lentamente la estación de Salerno, en Italia, en una noche fría y lluviosa del 2 de marzo de 1944, nada indicaba que estuviera  predestinado a la tragedia. Y en realidad, jamás llegó a chocar contra ningún obstáculo, ni descarriló, ni se incendió o destruyó en forma alguna. Sin embargo, llevaba sellada la suerte del mayor número de personas que hayan perecido en un desastre ferroviario en toda la historia de Italia y el segundo en el mundo. Porque en el tren 8017 viajaba también un asesino.

Algunas estadísticas mencionan el descarrilamiento ocurrido en Modane (Francia), el 12 de diciembre de 1917, como la mayor tragedia ferroviaria de la historia: 543 muertos. Inmediatamente después se ubica este drama del llamado “Expreso del Mercado Negro”, (Espresso della Borsa Nera) que corría entre Nápoles y Lucania, ocurrido el 2 de marzo de 1944, que causó 523 víctimas.

Debido a la 2ª Guerra Mundial, el gobierno ocultó este accidente  y no fue revelado en su totalidad, tan solo una breve mención, en un periódico local, el 7 de Marzo en el que no se dieron cifras de muertos ni se señaló el lugar exacto de la tragedia. Sin embargo y a pesar de su poca repercusión mediática fue una de las peores catástrofes en la historia de los ferrocarriles de Italia y del mundo. Sorprendentemente, dos meses después y en circunstancias casi idénticas, un tren en el túnel Tono de España acabó con la vida de 500 pasajeros.
En 1951 el incidente del tren 8017 fue revelado a toda la nación y el mundo, pero la falta de detalles y el “enfriamiento” del caso debido a la censura provocaron que muchos de los detalles se perdieran e incluso a día de hoy no se conozcan exactamente los detalles por los que se provocó la tragedia. 

Ese marzo de 1944 Italia volvía a ser, como en tiempos del Renacimiento, escenario de duras batallas entre ejércitos extranjeros. Desde Roma al norte, dominaban los alemanes; desde el sur avanzaban hacia Roma las fuerzas aliadas. En el fuego cruzado, la población civil sufría lo indecible. La producción de alimentos desde agricultura, ganadería y demás estaban paralizados, y mucha gente carecía hasta de lo elemental para subsistir. Los estadounidenses habían llegado a Italia y con ellos la llamada “guerra del hombre rico”, es decir, la abundancia virtualmente inagotable de sus arsenales y almacenes, sobre todo de sus cocinas. Los imaginativos habitantes del sur de la península, que durante milenios habían visto llegar ejércitos extranjeros (griegos, cartaginenses, árabes), desarrollaron todo un arte de la supervivencia.

Tan pronto como los aliados redujeron la resistencia alemana y reanudaron su avance hacia el norte, los napolitanos organizaron un muy activo mercado negro de alimentos, abasteciéndose de “variadas” formas en los depósitos estadounidenses. Gracias a  la benevolencia (e interés) de las autoridades crecía un mercado negro a la luz del día.

CONTINUARÁ...

Foto: La estación de Balvano

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52
autor apologeta el 31/oct, 2017 00:30 Gobernador

Continuamos con el relato del tren 8017…

Todas las noches partía desde la estación central de Nápoles hacia Lucania un tren expreso. Muchos de sus pasajeros se dedicaban a la compraventa ilegal de alimentos. Los aliados, dejaban hacer, porque los habitantes de la región ya habían padecido demasiado, como para que siguieran padeciendo de hambre. Los niños napolitanos tenían derecho, después de tanto horror, a los chocolates y caramelos que guardaban los depósitos milagrosamente inagotables de los americanos. Ni hablar de la carne y otros alimentos de sustento para los ancianos y los enfermos y los convalecientes de las heridas de guerra.

Una de las regiones más propicias para este tráfico ilegal era Potenza, famosa por la riqueza de sus granjas, a unos 100 kilómetros al sureste de Salerno. Puesto que la mayor parte de los vehículos de transporte particulares habían sido destinados a usos militares y además faltaba el combustible, así que el tren constituía el único medio de que disponían los especuladores para viajar hasta allí. Generalmente como “polizones” en los vagones de carga. Por supuesto, no todos los pasajeros clandestinos del tren 8017 eran traficantes del mercado negro. También había padres que buscaban alimentos para los suyos y gente que se veía obligada a viajar y no tenía ningún otro medio para hacerlo.

En la noche del 2 de marzo de 1944, partió de Nápoles el tren 8017, con 520 pasajeros y la tripulación habitual del convoy, que era impulsado por dos locomotoras de vapor, que habitualmente tiraban sin problema de las 500 toneladas de máquinas, vagones, viajeros y mercancía. Pero en esa ocasión iba excedido de peso, llevaba 47 vagones, de los cuales 20 eran furgones o vagones abiertos. Mas sólo 12 estaban cargados; los demás iban vacíos para traer de regreso abastecimientos con destino a militares y civiles.

En el entronque de Battipaglia, la policía militar norteamericana, desalojó a mucho de los pasajeros ilegales. Estos protestaron, aunque posteriormente dieron gracias a Dios por la suerte que habían tenido. A las 7:12 de la tarde, el tren llegó a Eboli, donde subieron a bordo unos 100 “polizones” más.

Después en Persano, se embarcaron por lo menos 400 nuevos pasajeros clandestinos que llenaron los vagones vacíos y aprovecharon hasta el último rincón disponible en los que ya iban cargados. El convoy transportaba ya de 600 a 650 “polizones”. Y en Romagnano situado en pleno corazón de las montañas y sólo a 43 kilómetros de la estación de destino, se agregó al tren otra locomotora en la parte delantera.

A las 11:40 de la noche el tren salió de Romagnano. Recorrió apenas 6 kilómetros y se detuvo en una estación apartada que muy pronto habría de adquirir fama siniestra en los anales ferroviarios: Balvano. Otro tren que iba delante por la misma y única vía, había tenido que parar por una falla mecánica y mientras que el número 8017 esperaba que le dieran vía libre, los maquinistas de las locomotoras tuvieron que dar más presión a las calderas para salvar airosamente el ascenso que les esperaba.

Fue allí donde se gestaba por primera vez el desastre. La estación de Balvano a unos 3 kilómetros del poblado con el mismo nombre, está enclavada en un pequeño claro situado entre dos túneles. El 8017 era tan largo que la mitad de los vagones quedaron dentro del túnel de bajada, todavía lleno del humo de las dos locomotoras. No corría ni la más ligera brisa para disipar las nocivas emanaciones de bióxido de carbón, producto de un carbón de mala calidad, por culpa de la guerra… ese era el pasajero asesino que llevaba sobre sí, el tren 8017.

Por este motivo durante la parada de 38 minutos, cerca de la mitad de los pasajeros tuvieron que aspirar el humo y los gases. Más casi todos dormían, sin darse cuenta del peligro que los asechaba.

Por fin, a las 12:50 de la madrugada, los dos maquinistas soltaron los frenos, aceleraron las máquinas y el tren 8017 avanzó hacia el túnel de subida. El jefe de la estación de Balvano transmitió por telégrafo la señal de partito (ha salido) a su colega de la próxima parada Bella-Muro. Normalmente, el 8017 habría llegado a Bella-Muro, situado a menos de 8 kilómetros de distancia, en unos 20 minutos, confirmando su llegada el jefe de estación con la señal giunto (ha llegado). Más aquella señal no llegó en 20 ni en 60 minutos. No se escuchó jamás…

Ayyy nanita!! Esto se puso bueno y hasta aquí lo dejo… porque tal vez no puedan dormir, está espeluznante y tendrán pesadillas con las imágenes. Hasta mañana 

Foto: Balvano

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autor apologeta el 31/oct, 2017 09:50 Gobernador

La topografía entre Balvano y Bella-Muro es tan escarpada como desolada y por sus riscos se recorta la profunda hondada de un torrente montañoso, el Platano.  No hay ningún camino entre las dos estaciones; la zona está llena de túneles y viaductos. A través del Monte delle Armi (Montaña de las Armas), penetra el túnel más largo de toda la ruta, un corte recto de casi dos kilómetros, con una pronunciada pendiente, conocido como la “Galleria delle Armi”. Poco después de la una de la madrugada, entró el tren en esta galería.

Nadie sabe ni se sabrá jamás con exactitud qué ocurrió en aquél túnel. Ambos maquinistas murieron abrazados a sus palancas de mando. A raíz del horror y la confusión que allí se desataron, los sobrevivientes recordaron poco que fuera de importancia. Solo hay unos cuantos hechos claros: cuando las dos locomotoras llegaron a la mitad del túnel, comenzaron a patinar las ruedas motrices de la que iba adelante. A pesar de los intentos de retroceder y colocar arena sobre los rieles nunca pudo salir de éste, dejando tan solo tres de sus vagones fuera del asfixiante túnel. Esta vez para siempre.

Lo que sucedió después, es asunto de pura conjetura, las pocas claves que hay son desconcertantes. Posteriormente se comprobó que la primera locomotora no tenía aplicados los frenos y estaba engranada en contramarcha (en reversa) y la segunda estaba frenada pero tenía la palanca de mando en posición de marcha adelante a toda velocidad. Parecía que, al detenerse el tren, los dos maquinistas tomaron medidas fatalmente contrarias sobre lo que tenían que hacer.

Mientras que los maquinistas y fogoneros agonizaban, las chimeneas de las locomotoras indudablemente vomitaban bocanadas de humo. A medida que el túnel perdía el oxígeno, subía en el humo el contenido de monóxido de carbono, como una serpiente monstruosa, retorciéndose por el túnel, causando la muerte silenciosa de centenares de personas.

Lejos de las locomotoras, algunos pasajeros aún despiertos se dieron cuenta de que estaban detenidos. Casi todos ellos, como ocurre con los pasajeros de tren de cualquier parte del mundo, pensaron que los maquinistas sabrían muy bien qué hacer y se resignaron a esperar. Más cuando un joven llamado Francesco Imperato sintió que comenzaba a ahogarse, propuso a su primo que bajaran y caminaran hasta la boca del túnel para respirar un poco de aire puro. El primo se mostró indeciso, preguntando: ¿Cómo sabemos cuál boca queda más cerca? Y termina diciendo: Mejor esperemos a ver qué sucede. Francesco decidió marcharse solo, se puso de pie se dirigió a la boca del túnel y perdió el conocimiento. Después de aquello, no recuerda nada y volvió en sí, horas después, en la estación de Balvano. Su primo pereció.

En el undécimo vagón, en medio del túnel mortífero, iba Giuseppe de Venuto, que trabajaba en el ferrocarril como guarda-frenos. Le dejó perplejo aquello de que el tren parara, retrocediera con fuerza y luego volviera a detenerse. Al sentir que el humo era intolerable, se bajó y corrió hacia la boca del túnel. Allí encontró a otro guarda-frenos, Roberto Masullo, acostado en el suelo, aturdido y enfermo. En ese instante de Venuto se dio cuenta de la suerte que habían corrido los centenares de personas que estaban en la galería del túnel. Masullo ordenó a su subalterno de Venuto que fuera a informar a Balvano lo que estaba sucediendo.

Aquello fue un viaje de pesadilla, la noche estaba muy oscura y el guarda-frenos no tenía linterna. Tuvo que atravesar los viaductos y los túneles que también se habían llenado de emanaciones. Mareado por el humo y presa del terror, se fue aproximando lentamente a la estación Balvano.

De todas las cosas increíbles que sucedieron aquella noche, no hay nada tan inexplicable como la tardanza de los jefes de estación de Balvano y Bella-Muro para caer en cuenta de que algo andaba mal por la demora del tren 8017. Fue solo a las 2:40 de la madrugada, casi dos horas después de que el tren había arrancado de Balvano, cuando los jefes de estación comprendieron que algo marchaba mal. Más también llegaron a la conclusión de que poco o nada podían hacer para remediar la situación; necesitarían por lo menos una hora para caminar hasta el tren y otra para regresar.

Eran las 5:10 cuando de Venuto llegó tambaleante a la estación de Balvano. Agitó locamente el brazo en dirección a la vía y gritó con tonos guturales: “Lá, lá sono tutti morti…tutti morti”, luego se desplomó.

Si no saben italiano, ya se imaginan lo que dijo. Pero este relato continuará… y no sean desesperados!!

Foto: Los cadáveres del tren 8017 tendidos a un lado de la vía.

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autor apologeta el 1/nov, 2017 22:27 Gobernador

Horrorizado, el jefe de estación de Balvano comenzó a enviar mensajes para todas las autoridades que le pasaron por la mente: a la Cruz Roja, a los carabinieri, a los funcionarios municipales de Balvano, a los oficiales del gobierno militar aliado de Potenza. Cuando los primeros funcionarios y policías Llegaron de la aldea de Balvano, desconectaron la locomotora de otro tren de carga, y se dirigieron lentamente en ella hacía el mortífero tren. La luz del farol delantero les reveló un cuadro horripilante: la vía estaba llena de cadáveres. Después de echarlos a un lado, llegaron hasta el 8017, Lo engancharon y lo remolcaron de vuelta hasta Balvano. Entonces se dieron cuenta de las proporciones espeluznantes de la catástrofe. Un vagón estaba tan repleto de cadáveres que no fue posible abrir la puerta. Hubo necesidad de romperla.

Casi todos los rostros de los muertos tenían un aire de paz. Un Coronel norteamericano que no tardó en llegar a la escena de los acontecimientos, rindió conmovido, el siguiente parte: “No mostraban señales de haber sufrido. Muchos estaban sentados, muy erguidos, o en la posición que se asume al dormir normalmente. Algunos presentaban pequeños rastros de sangre, roja y brillante alrededor de la nariz”. Esa sangre roja y brillante es señal inequívoca de intoxicación debida al monóxido de carbono.

Paulatinamente se fue recogiendo la lúgubre cosecha de cadáveres para colocarlos en el andén de la estación. En camiones militares, enviados por los aliados desde Potenza, fueron trasladados rápidamente los sobrevivientes a hospitales cercanos. El más tarde se desempeñó una tarea más tétrica al llevar los cadáveres de las víctimas hasta el cementerio de la aldea de Balvano, donde fueron inhumados en tres grandes fosas comunes, dos para los hombres y una para las mujeres. De los centenares allí enterrados, unos 200 no fueron identificados.

Pero… ¿Cuántos murieron en la catástrofe de Balvano? El cálculo más probable es de 425, aunque algunos cómputos ascienden a más de 600.  A despecho de la magnitud de la tragedia, ésta pasó casi inadvertida en aquel entonces. Los sensores de las fuerzas aliadas, por razones de orden público, no autorizaron más que a un diario de Nápoles publicar un relato bastante vago en el sentido de que un número no determinado de personas había muerto asfixiadas en algún lugar de Italia meridional.

¿Cuántos lograron sobrevivir? Es probable que sumarán entre 100 y 200; muchos no quisieron hacer acto de presencia ante las autoridades por temor de que se les castigará como pasajeros clandestinos.

A raíz de la catástrofe los ferrocarriles italianos aligeraron todos los trenes que pasaban por la Galleria delle Armi. En la boca de bajada del túnel se estableció un servicio de guardia de día y de noche, comunicado por teléfono con Balvano. Cuando entraba un tren, se detenía todo el tráfico hasta que el guardia informaba telefónicamente que podía divisar la luz al otro lado del túnel, lo cual significaba que el humo se había dispersado lo suficiente para permitir el paso de otro tren. En 1959 se eliminaron los servicios de guardia, pues los ferrocarriles nacionales pusieron en esa línea locomotoras eléctricas.

El gobierno italiano pagó indemnizaciones a las familias de las víctimas. Y cada 2 de noviembre, el Día de los Muertos, numerosos napolitanos viajan a Balvano a colocar flores sobre las fosas comunes. Una anciana Madre dijo: “Aunque no sé dónde está enterrado ni hijo, estoy segura de que se halla cerca de mis flores”.

F I N

 

Foto: Panteón en la aldea de Balvano.

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