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Cultura

Intercambio de información sobre música, lectura, teatro, etc. Apuntes del acontecer cultural en la Comarca y sus fronteras.

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autor Escrito por NACHOB00ND
Visitante distinguido
Monday 26 de October de 2009 11:46

POR FAVOR, ¡PERDONAME!

POR FAVOR, ¡PERDONAME!

 

El chispazo al encender el cerillo consumió la  luz que se colaba por el parabrisas. La aparente ausencia de iluminación fue remplazada por una débil llama que se  extinguía rumbo al cigarrillo de ella; de la misma forma que en aquel momento se extinguía  la pasión entre  Idalia  Quintero y Vladimir Hurtado.

 

— ¿Aun me quieres?— preguntó el por costumbre.

 

La respuesta de Idalia llegó primero de sus ojos; de un frío que producía el reflejo de la luna  en sus pupilas.  

 

—Como ya te lo he dicho Vlad, es mejor separarnos, poner en orden nuestras ideas, darnos un tiempo y ver que pasa.

 

Vladimir no intentó, no supo y no quiso suplicarle. Optó por quedarse con un recuerdo, con la imagen de Idalia en otro momento, en que arrebatados por la pasión, en uno de sus tantos encuentros clandestinos, ella se derretía en un espasmo de éxtasis.

 

—Tienes razón Idalia, ya no es lo mismo— le dijo y  la  abrazó.

 

—Hazla feliz— le murmuro ella al  oído.

 

Vladimir tenía una extraña sensación, una mezcla de felicidad y dolor. Era la primera vez que  terminaba un asunto sentimental sin haber pleito de por medio; sin reproches, tan solo con el sinsabor de perder una excelente  mujer, hábil amante, pero sobretodo una gran amiga.

 

—Tu también Idalia, se feliz con tu esposo— le dijo Vladimir, de manera imperante al bajar del vehículo.

 

No volvería a verla hasta aproximadamente dos años después, en una tarde gris de cielo acongojado…

 

 La muerte de Marisela Benavente de Hurtado había sumido a Vladimir en una profunda depresión. Hinchado de tanto llorar tenía la  certeza de que nunca volvería amar tanto como amó a su esposa.

 

Acabada la ceremonia y retirado la mayoría de los  asistentes. A unos cuantos pasos de Vladimir,  en su costado derecho, en un punto ciego de su visón y de su razón,   Idalia   murmurando le dijo:

 

—¡Yo la maté!

 

Volteó más por la brisa fría que exhaló ella al hablar que  por el significado del murmullo de sus  palabras.

 

Idalia estaba ahí, pero Vladimir no; al menos no el Vladimir que  una noche le inflamó  los labios de tanto besarla.

 

—¿Que haces  aquí? – pregunto Vladimir a la distancia de tiempo y espacio que había separado a aquellos antiguos amantes.

 

—Yo maté a Marisela ¡Por mi culpa tu estas sufriendo!— le respondió ella guardando de no ser escuchada por los pocos presentes que ya que se retiraban

 

—¿Que dices? —no le alcanzaba el entendimiento para procesar un comentario tan falto de sentido— ¡Ella murió de cáncer! un tumor en el cerebro, ¡Nadie le quito la vida!

 

—Déjame explicarte Valdimir… —El soltó su brazo de la mano con que ella por un instante lo aprisionó y se alejó negando con la cabeza su petición.

 

 La actitud evasiva no fue producto de la absurda afirmación de Idalia, sino por el  miedo de serle infiel  a la mujer que acababa de enterrar; irónicamente a la cual  hasta hace un dos años le fue tantas veces y de tantas formas desleal.

 

 Vladimir se alejo dejando a Idalia al pie de la tumba, horrorizada por el reflejo de lo que a ella creía que le esperaba.

 

 

Pasada una semana, un repiqueteo del teléfono a una hora indefinida de la noche, desentonó con el ambiente solemne de claustro en que se había convertido la casa de Vladimir.

 

—¿Quien es?— preguntó Vladimir  aun dormido. Si dormir se le puede llamar al llanto apagado que inunda la oscuridad de sus parpados cerrados al caer inconsciente de tanto sufrir. —Tengo que hablar contigo —solicitó una voz desesperada a través del auricular —Vald ¿Podrías perdonarme? ¡Podrías ayudarme!

 

—¿Idalia?... ¿que pretendes?... Ya no me molestes, no me interesa saber nada de nadie.

 

 

—Vlad, ¡no cuelgues…! —La suplica se ahogó con el chasquido del auricular azotado con fuerza.

 

El eco las palabras de Idalia  aun rebotaba en la cabeza de Vladimir cuando el repiqueteo incesante del aparato exigía nuevamente su atención —¡Idalia, Por favor déjame…!

 

— Finisterre— respondió ella cortando  el  requerimiento de Vladimir

 

—¿Cómo has dicho?

 

—¡Finisterre!

 

Instintivamente Vladimir dirigió su vista hacia el librero que esta enfrente del sillón donde postrado, aguarda el lento paso de las horas. En el entrepaño superior del mueble de madera, estaba una fotografía de Marisela y el. A pesar de la penumbra que gobernaba en aquella habitación, su memoria le permitía definirla como si la estuviese viendo: La sonrisa de Marisela, sus ojos verdes, su piel morena y el Océano Atlántico detrás de ella. Evocó la emoción cuando el y su esposa reencontraron su amor en el cabo de Finisterra, en la provincia de La Coruña.  Un año atrás,  la reconciliación después de una fuerte pelea vino como una travesura de adolescentes. Vladimir y Marisela renunciaron a sus respectivos  trabajos y vendieron la casa. Con mochila a la espalda decidieron aventurarse  por Europa, quedando varados  en España. Por falta de recursos económicos vivieron tres meses en ésa  provincia Ibérica. Aquella aventura no la compartieron con nadie. Cada cual, bajo una complicidad silenciosa suponían que si lo divulgaban terminaría con la magia del rencuentro de su amor.

 

 —¿Como sabes lo del Cabo de  Finisterra?

 

—Marisela me lo dijo.  Necesito explicarte muchas cosas, por favor dime cuando podemos platicar, tienes que saber  la verdad de la muerte de Marisela.

 

El recuerdo de Finisterra y la certeza de que Marisela e Idalia nunca se conocieron; aunado  al hecho de que ella, indudablemente había muerto de cáncer,  levemente capto la atención de Vladimir.

 

—Cuando y donde nos vemos — accedió  a conversar con Idalia…

 

 

A la noche siguiente; si no fuese por la expresión de seriedad de Vladimir, podría ser el reflejo de una noche cualquiera de hace mas de año, cuando los ex amantes recorrían la ciudad rumbo a un nido de amor improvisado para un furtivo encuentro.

 

Los tintineos del letrero luminoso del   Motel disipo el mutismo del serio pasajero.

 

—¿Que hacemos aquí? —pregunto el.

 

—Aquí encontraremos la privacidad necesaria para lo que vas a escuchar y leer — Le indicó ella mientras disminuía la velocidad de su vehículo enfilándolo rumbo a la entrada de aquel lugar

 

 

El penetrante olor a liquido aromatizarte de pisos los recibió en la habitación. Ambos ignoraron la cama y se dirigieron a la pequeña estancia. Ella retiro de la mesa de centro un insípido florero y el mantel descolorido que la cubría. Abrió la maleta deportiva  que traía consigo; saco una tabla  y la coloco al centro.

 

—¡Maldición!— vociferó Vladimir enojado,  al ver el abecedario impreso en aquella madera –¿Que pretendes Idalia? te has vuelto loca, como es posible que tu creas en esas idioteces.

 

—Siéntate por favor Vladimir, te lo suplico.

 

Idalia depositó el indicador sobre los dos semicírculos de letras. Este se desplazo hacia la letra “F”. Las manos de ella fueron guiadas por los movimientos del corazón de madera, haciendo mínimas pausas en determinadas letras hasta formar la palabra “Finisterre”

 

—¿Y eso que? — manifestó Vladimir 

 

—Hace unos días invoque a Marisela buscando su perdón, y “Finisterre” es lo único que contesta la tabla… ¡ Espera, no te vayas! Vuelve a tomar asiento  y escucha lo que tengo que confesarte!

 

 

Le tomó la mano y la guardo entre las de ella, no para proporcionarle caricias sino para retenerle.

 

—Hace mas de seis meses comencé a recibir mensajes anónimos, en ellos una mujer me acusaba de tener relaciones con su esposo, y me amenazaba con hacerlo público sin importarle las consecuencias que esto tendría en mi matrimonio.

 

Vladimir sin articular palabras y solo con muecas preguntó ¿Y eso que tiene que ver conmigo?

 

—Desde que terminamos no he vuelto a tener otra relación extramarital, me he dedicado a mi esposo y mis hijos, ¡He luchado por revivir el amor con mi marido! Pero cuando creí que lo conseguíamos, que volvíamos a ser una familia unida, apareció la misteriosa mujer y sus anónimos.  Yo estaba desesperada no sabia quien era esa tipa, tengo que confesarte que lo primero que pensé es que dichas misivas eran enviadas por tu esposa

 

—¿Qué?

 

—Comprende por favor. ¡Cada vez  llegaban  más  amenazantes las notas y…  Tú sabes bien que antes de ti no hubo otro hombre, solo mi esposo; y después de ti, juro que tampoco lo ha habido. Así que la única persona posible de estos escritos, por lógica era Marisela, ¡Tu esposa!.

 

¡Créeme! trate de contactarte, preguntarte  si tú sabías algo; pero todos los amigos mutuos me decían que hacia mas de un año que no sabían de ti, que renunciaste a tu trabajo, que vendiste tu casa  y que te habías ido fuera de la ciudad. Alguno me platico de que tu partida hacia el extranjero fue por una pelea muy fuerte con tu esposa. Estas noticias aumentaban mis sospechas de ella, de alguna forma, había averiguado  lo ocurrido entre nosotros… ¡Y despechada intentaba dañarme!

 

—Ella no te conocía, nunca supo de tu existencia— le interrumpió Vladimir.

 

—¡Todo indicaba que era ella!  Una tarde,  dos meses después del primer anónimo,  llamó  a la puerta de mi casa una mujer, cuando  abrí me recibió de una cachetada, me dijo que ella era la esposa  de mi amante, me insulto gritando como loca, yo cerré la puerta  asustada,  no de lo que me pudiera hacer sino de lo que los vecinos pudieran  escuchar. ¡Gritó a todo pulmón que venía a conocer a la p uta que le había robado el amor!… y se fue.

Vlad, todos los rasgos coincidían según la descripción del físico de tu esposa que  tú alguna vez me platicaste. Para mí en aquel momento no había duda, era Marisela que venia a recuperar algo de ella que yo ya no tenia.

 

—No, mi Marisela no…

 

—Vlad. Yo estaba desesperada, no sabia que hacer. No sabia donde buscarla para aclararle la situación. Solo se me ocurrió, en  mi desesperación, acudir con una señora que hace trabajos.

 

—¿Que clase de trabajos? —pregunto Vladimir sospechando la respuesta, recargado en la tabla de adivinación.

 

—Una bruja…—susurro Idalia haciendo una pausa y pasando sus ojos de un lado a otro, en reflejo instintivo de quien cuida no ser escuchado— Una amiga me la recomendó, me dijo tenía poderes para alejar a quienes quieren hacer daño. Las referencias y  la ridícula cantidad de dinero que cobra por sus servicios aseguraban  que era la mejor. El único inconveniente que le ponía era que sus recursos espirituales estaban siempre del lado de la magia negra . —tras una pausa donde volteo de prisa para darse cuenta que tras de ella no había nada  prosiguió —Desde  el instante que puse un pie en su oscura choza, me dijo que sabía a que había venido. Me pidió para detener a aquella persona que me tenía presa con sus intrigas, que le llevara algún objeto que le hubiese pertenecido, algo de  la mujer que me martirizaba.

 

—¿Que podrías tener tu que le haya pertenecido a mi esposa?—Pregunto Vladimir con una mirada escrutadora e incrédula, sin dejar de mover la cabeza de un lado a otro en franca desaprobación a tan necia historia.

 

—¿Recuerdas el día que hicimos el amor bajo la lluvia dentro de tu vehículo? —Lanzó Idalia la pregunta mientras que de su bolso sacaba una minúscula banda de tejido elástico para el cabello —La encontré en el piso de tu automóvil y la tomé. En aquel momento no fue con la intención de hacerle daño ni mucho menos… fue una especie de botín de guerra, un trofeo que premiaba mi  incursión por tu cuerpo, un cuerpo que solo debería de pertenecer a las caricias de ella.

 

Vladimir tomo la prenda de su extinta esposa y la acercó a su nariz para absorber el aroma de Marisela que el pensaba estaba capturado en ese objeto. Pero una desagradable sorpresa  disparó su  ira; aquello no olía a Marisela, el buque atrapado era de tierra y soledad.

 

—¿Por qué me cuentas todo esto? ¡Para que buscas destruir la imagen de la mujer que mas amé en esta vida! ¿Que obtienes con platicarme que ella te fue a buscar? ¿Que ganaras con contarme que tu la mataste? ¡Que aberrante satisfacción encuentras en confesar tus demoníacos intentos para destruir una vida!

 

Arrugó la prenda que ya no le pertenecía a nadie y la lanzó al piso.

 

—¡Temo decirte que no!, que tu no fuiste quien la mató. ¡No seas ignorante! La brujería no existe, nadie puede dañar a otro con solo intenciones. Ella tuvo una muerte natural, por un problema de anormalidad celular tan ajeno a tus maquiavélicas intenciones como mis sentimientos por ti.

 

—¡Vlad, yo la maté! —gritó Idalia envuelta en llanto —Lo se por que la bruja que hizo el trabajo murió. Se pudrió por dentro al día siguiente que Marisela falleció. Me lo dijo la amiga que me recomendó acudir con aquella hechicera. Me hizo saber que una bruja solo tiene una muerte de ese tipo cuando un trabajo que realiza se le devuelve. Supe que el de  Marisela fue lo que la acabó, cuando tras leer en el periódico el obituario de la muerte de tu esposa, llamaron a la puerta de mi casa…  Era la mujer que meses a tras me había reclamado el andar con su marido, esa misma mujer de rizado cabello negro, ojos verdes y piel bronceada, muy parecida a Marisela.

Acudió nuevamente a mi puerta para disculparse por la confusión en que había caído. Me explicó que hace meses encontró una carta de amor en uno de los bolsillos de la chaqueta de su esposo, un tal Adrian Borrego,  firmada por una tal Idalia Quintero. Ese día buscó el nombre en el directorio telefónico y comenzó el  hostigamiento contra la única mujer que ostentaba ese nombre en la lista de direcciones ¡Contra mi!

 

Arrepentida vino a disculparse después de que su esposo la dejo y se caso con mi homónima.

 

—¡Vlad, perdóname por favor!— suplicó Idalia

 

El se  sintió vomitar, la atmósfera le pareció nauseabunda, sin decir nada se retiro de la habitación.

 

—¡Vladimir perdóname!— Suplicaba Idalia golpeando con ambas manos la mesa en la soledad del cuarto de Motel, provocando que el indicador de la tabla de adivinación brincara sin ton ni son sobre las letras, siempre formando la palabra Finisterre.

 

 

 

José Antonio Rojas

Torreón Coah.

 


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