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Cultura

Intercambio de información sobre música, lectura, teatro, etc. Apuntes del acontecer cultural en la Comarca y sus fronteras.

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autor Escrito por Wendy89
Regidor
Thursday 17 de November de 2011 12:52

¿Existe la maldad? o_O?

Para empezar es un término que nos remite a temas metafísicos o religiosos, luego entonces, no universales. La palabra ha sido contrapuesta a los discursos de la neurología, que explican toda la conducta humana, normal y anormal, como funciones o disfunciones cerebrales. Maldad, sin embargo, sigue siendo un término vigente casi universalmente. Ha sobrevivido como una palabra que nos habla de la capacidad que tenemos todos los seres humanos de dañar a los demás. Si le hacemos caso a las neurociencias, estaremos eximidos de cualquier culpa, porque todo se reduce al buen o mal funcionamiento cerebral. A disfunciones de la amígdala o de los lóbulos prefrontales. Podríamos decir llevando estas explicaciones al extremo, que "nuestro cerebro" nos hace hacer cosas, quedando fuera la responsabilidad personal, la libertad de elegir un camino u otro, la obligación de mirarnos siempre y saber que tenemos el potencial de dañar y que siempre deberíamos ser capaces de preguntarnos si lastimaremos a alguien con lo que estamos haciendo. 

Algunos neurólogos sustituyen el término maldad, que es poco científico, por ausencia de empatía. El malo ya no es malo sin alguien que tiene cero por ciento de resonancia a los sentimientos de los demás. En otro modelo de explicación, estaríamos hablando de un sociópata o un psicópata como Breivik, el asesino de Noruega, que pasó horas buscando víctimas, matándolas, buscando más víctimas....todo esto sin manifestar una sola señal de emoción.

En esto de la maldad hay jerarquías. Si pensamos en Breivik por ejemplo, seremos en comparación blancas palomitas. Si somos capaces de no compararnos y pensar exclusivamente en nuestra pequeña vida, esa de la que somos responsables, tendremos que asumir nuestro potencial de maldad y de lastimar a los demás. A veces este potencial se ve amplificado por ideas tan sencillas como reconocerse egoísta y sin posibilidades o deseos de cambio o por afirmar casi orgullosamente que se es tan desalmado, que se es capaz de pasar por encima de quien, sea con tal de lograr los objetivos personales (en nuestra sociedad se premia al ferozmente competitivo por cierto) que se puede dejar de querer a alguien de un día para otro si así conviene a los intereses propios, que hay personas tan irrelevantes en nuestras vidas que poco importa si lo que hacemos tiene consecuencias para ellas.

Siempre hay una brecha entre la ciencia y la experiencia cotidiana. Leer los artículos especializados de algunos investigadores del cerebro afirmando que nadie decide hacer cosas malas y que simplemente toda explicación de la conducta humana está en el cerebro, choca contra nuestra experiencia cotidiana, primero personal (todos podemos sentir odio, deseos de venganza y generar ideas de maldad por lo menos en la fantasía). Y luego relacional. Todos conocemos a alguien que fue malvado con nosotros y lo sabemos instintivamente. O hemos sido malvados con alguien. 

La conexión entre el cerebro, la mente, la conciencia, la intencionalidad es todo menos simple. En dónde se interconectan estos elementos, sigue siendo un misterio pese a todas las nuevas posibilidades tecnológicas para estudiar el funcionamiento cerebral. La correlación no necesariamente es causa. No sabemos si el empático tiene estructuras cerebrales mejor desarrolladas para la empatía o si estas estructuras lo hacen ser más empático.

Si nos creemos radicalmente distintos a Breivik porque es un personaje excepcionalmente malvado que no tiene nada que ver con nosotros, quizá dejaremos de ver nuestro potencial personal de maldad en un silogismo que diría: "yo nunca he masacrado a nadie como Breivik. Luego, no soy malo". O quizá nos engañaremos afirmando que no lo hicimos con mala intención, que nunca pensamos que lastimaríamos al otro con nuestras acciones o con nuestras palabras. Quizá deberíamos actuar siempre como si tuviéramos la libertad de escoger el bien o el mal. Siempre estamos decidiendo, a pesar de nuestros sesgos culturales, emocionales, de personalidad, de época histórica, de nuestras motivaciones inconscientes y de nuestra geografía cerebral. Quizá, como en tantas otras cosas, las distinciones nos ayuden a terminar de entender el tema. Cuando nos topamos con alguien bondadoso, lo sentimos. Cuando somos buenos con nosotros mismos y nos cuidamos o cuidamos de los que amamos, lo sentimos. No nos importa que región del cerebro se encendería si en ese momento nos conectaran electrodos. La bondad produce paz, contención, consuelo, sensación de compañía, de reparación, de ser amados. La maldad propia o de otro, se siente como ansiedad, intranquilidad, culpa, vergüenza, destrucción, injusticia enfermedad del alma, parálisis, dolor, desgarro. La bondad o la maldad no necesitan de tantas explicaciones porque son fundamentalmente, experienciales. 

Cito a un sabio urbano y bondadoso: "la maldad vive en todos. Lo único que nos diferencia es el filtro que nos permite pensar, pausarnos, hacernos conscientes y elegir ser malos o no. Si nos dejamos guiar por impulsos, que sean de los buenos". 

Ejemplos de impulsos buenos son escuchar, abrazar, consolar, compartir, ceder, perdonar, agradecer, evitar dañar, pensar en los demás, renunciar al ego, combatir el egoísmo y la ambición desmedida, aprender a dar con generosidad.

 

 


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