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Cultura

Intercambio de información sobre música, lectura, teatro, etc. Apuntes del acontecer cultural en la Comarca y sus fronteras.

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moderador autor Escrito por santrig
Diputado plurinominal
domingo 17 de febrero de 2013 16:54

El robo más espectacular de la Historia.



En julio de 1976 tuvo lugar el atraco más importante de la Historia que tuvo como maestro a Albert Spaggiari, al que se le ocurrió la brillante idea de robar uno de los bancos más grandes de Francia, la sucursal de Societe Generalé en Niza, utilizando el sistema de alcantarillado de la ciudad para acceder a la cámara del Banco.
Spaggiari llevó su idea a la Mafia local con la intención de buscar ayuda, pero se opusieron a su descabellado plan y se propuso crear una organización delictiva propia. Reclutó a 20 personas, cada una de ella especialista en su campo: un experto en joyería -para saber lo que merecía la pena llevarse cuando entrasen en la cámara-, un experto en la construcción de túneles...
Después de un año haciendo planes, se metió junto a su banda bajo tierra literalmente. Durante 3 meses construyeron un túnel en las alcantarillas de Niza que llegaba hasta la pared subterránea del Banco, arrastrando un equipo que pesaba más de una tonelada. Avanzaban dos mts al día, y cuando finalmente llegaron, un viernes, todavía les quedaba por atravesar una gruesa pared de cemento para entrar en la Cámara acorazada.



Abrieron el agujero a mano y no accedieron al interior hasta la tarde del día siguiente. Cualquier otro delincuente al ver que ya estaba dentro, la hubiera desvalijado cuanto antes, pero Spaggiari no era un delincuente cualquiera... Había llevado comida para sus hombres y, allí mismo, tomaron un refrigerio a base de vino y patés...

Finalmente, los ladrones dejaron atrás las sobras de su “picnic” y la mayor parte de las cajas de seguridad del Banco, pero lo que se llevaron y como se lo llevaron también hizo historia...
Tras soldar desde el interior la puerta de la Cámara acorazada para asegurarse de que nadie les molestara, se tomaron todo el tiempo necesario para robar el banco. Había miles de cajas entre las que elegir, y les dio tiempo para revisar algunos cientos; lo que consideraban que merecía la pena lo metían en bolsas de plástico selladas que colocaban en unas balsas...
Transportaron su botín en estas balsas, que flotaban en el agua del alcantarillado y las llevaron hasta donde les esperaban otros miembros del grupo que ocultaron el material. Se pasaron todo el fin de semana en el interior de la Cámara acorazada y no se fueron hasta que el banco estaba a punto de abrir sus puertas...

Los primeros en llegar el lunes por la mañana fueron los empleados del banco, los segundos fueron los policías, que hicieron un agujero en la cámara sellada y descubrieron el “revoltijo” que los ladrones habían dejado. El botín de 60 millones de francos que se llevaron lo convirtió en el mayor atraco a un Banco de toda la historia.

Spaggiari era un hombre muy inteligente y planeó el robo de una forma tan precisa que no dejó ni una sola pista a la policía. Dejó una nota que decía: “Sin armas, sin odio y sin violencia...”.



La clave para resolver el delito resultó ser una esposa celosa. Antes del atraco había llamado a la policía para comprobar las sospechosas actividades de su marido por la noche. Luego, siguiendo una “corazonada”, la policía fue a la casa de esa mujer después del atraco y detuvieron a algunos de la banda que encontraron allí. Finalmente, las pistas que obtuvieron les llevaron hasta Spaggiari...
Se pasó el juicio paseándose por la sala, ofreciendo respuestas ridículas a todas las preguntas, contando una historia fabulosa en la que mezclaba partes de verdad con mentiras. Estaba narrando una de sus historias cuando se lanzó hacia una ventana abierta. Su abogado y todos los demás pensaron que intentaba suicidarse. Saltó y aterrizó en un coche que estaba aparcado debajo...
Bajó del coche y montó en una motocicleta conducida por uno de sus “amigos” que salió disparada. Fue lo que se dice una “fuga relámpago”. Nadie volvió a ver a Albert Spaggiari ni a su esposa, ni siquiera una parte de ese botín que batió todos los récords.
En 1979, tras un pacto secreto con una editorial, publicó su autobiografía, detallando los pormenores del robo, y en el que narraba que no se había quedado nada de dinero. Contaba que lo había enviado a la gente oprimida de Yugoslavia, Portugal e Italia, todo un Robin Hood moderno...



Años después, la prensa publicó que su cuerpo fue hallado por su madre frente a su casa en 1989. Al parecer falleció por un cáncer de garganta y su esposa lo trasladó hasta allí para que reposara en su lugar natal...
No puedo evitar tener cierta empatía con este personaje que, aún siendo un ladrón, algo en que todos coincidiremos que no es nada correcto, fue un bandido romántico, un hombre brillantísimo. El delito se acaba pagando, pero en su caso, su astucia fue tal que dejo a todos boquiabiertos. 


La primera vez que leí de este singular atraco fué en un "mutilado' de Selecciones. Pero solo hacía referencia al robo, de los ladrones poco se sabia. Solo hasta los 80's se supo lo que había pasado con Spaggiari.

El robo siempre será reprobable, pero hay algunos ladrones que tienen ese extraño don de la simpatia.


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Hay 25 respuestas al foro

1
autor Lagunerohastalamuert el 17/feb, 2013 17:49 Diputado local

@santrig » 

Muy interesante aportación mi estimado.

La ignorancia es el origen de todos los males (y del obradorismo junto con todas las corrientes de izquierda).



2
  autor santrig el 17/feb, 2013 20:29 Diputado plurinominal

...La verdad es que se la pasaron muy bien mientras "trabajaban"....Se llevaron unos "lonches de Don Jaime"...Coca-Cola en botella de vidrio........Los tanques que se ven eran para una parrilla portatil que llevaban...Era para calentar unas gorditas de chicharron prensao.

Por los hijos de nuestros hijos, de nuestros hijos, de nuestros



El gran robo al tren de Glasgow

3
  autor santrig el 17/feb, 2013 20:48 Diputado plurinominal

Esta historia tambien me facino desd que la leí por primera vez en un libro de lectura........En primero de secundaria.

El célebre robo del Tren Postal de Londres, que durante muchos años fue tenido por el asalto más atrevido, eficiente e ingenioso del siglo, fue planeado y ejecutado a la perfección por un equipo que implicó a más de veinte personas. Pese a que la celebridad por este golpe ha ido a recaer en la figura de Ronald Biggs a causa de las circunstancias que rodearon su vida con posterioridad, lo cierto es que el gran cerebro del robo sería Bruce Reynolds, quien no sólo tuvo la idea originalmente sino que además se encargó de diseñar las partes más complejas del plan.

Biggs y Reynolds se reencontraron en Londres. Por aquellos días, a comienzos de la década de 1.950 y tras haber trenlondres1yx4pasado en prisión algún tiempo por delitos menores, Biggs parecía haberse reinsentado en la sociedad. Vivía en Surrey, donde había montado una carpintería, se había casado y esperaba su primer hijo. De hecho, realizaba aquel viaje a la capital que iba a transformar por completo su vida para informar a su padre de que iba a ser abuelo. Sin embargo, se topó con Reynolds. Ambos habían compartido presidio en la cárcel de Woormwood Scrubb, donde se habían conocido y trabado cierta camaradería, de modo que decidieron tomar unas copas para celebrar aquel reencuentro fortuito. El vapor de la cerveza aligeró la lengua de Reynolds, quien decidió sincerarse con Biggs acerca del gran proyecto que tenía en mente: Asaltar el Tren Correo de Londres. Ciertamente, era una buena idea. Durante su estancia en el penal de Lewes (Sussex), Ronald Biggs había compartido celda con un ex empleado de correos que le había contado que estos trenes solían transportar enormes cantidades de dinero y sin vigilancia. Una confidencia de celda más, de esas que se hacen para matar el tiempo y la que no había que dar mayor importancia. No obstante, cuando Reynolds le planteó la idea, Biggs pensó que sería factible.

brucereynoldsPasados tres años, Reynolds viajó a Surrey para reencontrarse con Biggs. No había podido dejar de pensar en el asalto al tren. De hecho, tenía un plan perfecto, calibrado hasta el más mínimo detalle. Incluso había conseguido reclutar a tres compinches: Búster Edwards, Jim White y Roger Cordrey. El problema es que necesitaba de alguien con las dotes de mando y los contactos de Biggs para poder llevarlo a efecto, de modo que le ofreció dirigir las operaciones. Y Ronald Biggs aceptó.

Tras buscar al resto del personal necesario para ejecutar el elaborado plan de Reynolds, que de realizarse bien no exigiría el más mínimo uso de la violencia, se localizó una base de operaciones. El encargado de ello fue John Weather, quien llevó todas las tareas de intendencia dado su aspecto agradable y diplomático (trabajaba en una escuela pública). Así, unos días antes del golpe, todo el equipo se instaló en la granja Leatherslade, cercana al lugar fijado en el proyecto de Reynolds. Todo debía ocurrir en la madrugada del 8 de agosto pues durante el día 5 los bancos, desde Glasgow a Londres, cerraban ejercicio, vaciaban sus cajas fuertes, y el tren debería ir atiborrado del dinero en efectivo que se iría cargando a lo largo del recorrido. Y, en efecto, un informante destacado por Goody en Glasgow telefoneó a la granja con un mensaje rotundo: El tren había salido de Escocia con más de cien sacas de dinero en su interior. Así, a las 00:15 h. del día fijado, un grupo compuesto por quince hombres, todos ellos vestidos de soldados (el lugar se encontraba cerca del aeródromo militar de Haughton y los lugareños estaban acostumbrados a ese tipo de tráfico), partió de Leatherslade en dos furgonetas y un camión. A la 01:15 h. se encontraba ya en el lugar de la emboscada, sobre el puente Bridego, a unos 65 kilómetros de Londres.

Este tipo de trenes, por obvias razones, suele caracterizarse por su puntualidad y aquel día no fue una excepción. En efecto, a las 03:15 h. Roger Cordrey, apostado a algunos kilómetros del puente, sobre el semáforo, informó al equipo de la llegada del convoy. Acto seguido, tapó la luz verde y accionó la luz roja con una batería portátil. De tal modo, y según lo previsto, el tren frenó súbitamente para detenerse sobre la misma señal unos minutos después. Llegó el momento de la acción.

Ante lo inusual de aquella parada, el ayudante bajó de la máquina para ver qué estaba sucediendo. En ese momento, Tom Wisbey y Robert Welch saltarón sobre él y le ataron de pies y manos. Charles Wilson, por su parte, irrumpió en la locomotora. El maquinista -Jack Mills- ofreció resistencia y fue golpeado sin contemplaciones por los intrusos, que no tardaron en reducirle (Mills sufrió heridas graves en la cabeza y fue retirado con posterioridad del servicio). Al mismo tiempo, Búster Edwards y Roy James desenganchaban el vagón del dinero del resto del tren. Apenas diez minutos después, el quinteto obligaba al atemorizado y aturdido maquinista a conducir el vehículo hasta el puente Bridego, donde esperaba el camión. Visto y no visto, los hombres que les recibieron en el puente trasladaron las 120 sacas del vagón correo y todos desaparecieron. Golpe perfecto y sin imprevistos.

trenglasgowTranquilamente, ya en la granja, se contó el dinero. El monto total ascendía a 2.631.784 libras esterlinas en billetes pequeños. Lo que a día de hoy serían unos 40 millones de libras. Una cantidad muy alta para un atraco, pero que en 1.963 resultaba absolutamente escandalosa.

El problema resultó ser que la policía se mostró terriblemente efectiva y que un botín tan grande no resulta fácil de ocultar. Se ofreció una fuerte recompensa por los atracadores, tanto que se llegaron a recibir hasta 3.500 llamadas diarias denunciando a personas y conductas sospechosas. Por otra parte, y si bien la ejecución del robo fue perfecta, los atracadores dejaron algunas pistas en la granja que fueron perfectamente interpretadas por el encargado de la investigación, Jack Slipper. De este modo, en apenas dos meses, todos habían sido detenidos y, poco después, condenados a penas que oscilaron entre los 18 y los 30 años de prisión, dado que no había que lamentar muerte alguna.

top_bankraub_biggs_gSin embargo, Ronald Biggs se fugó de la prisión de Wandsworth en 1.965, convirtiéndose con ello en el delincuente británico más buscado y célebre desde los tiempos de Jack el Destripador. Tras hacerse la cirugía estética en París, se instaló en Australia. En 1.974 fue localizado en Rio de Janeiro pero no pudo ser extraditado. Pese a todo, en 2.005, con los 72 años recién cumplidos, Biggs, muy enfermo, decidió entregarse a la justicia británica argumentando que antes de morir quería volver a tomarse una cerveza frente al Canal de la Mancha. Se le encarceló en Belmarsh. Pese a sus múltiples dolencias –ha sufrido cuatro infartos y varios ataques epilépticos desde entonces-, sigue vivo y preso en el momento en el que se escriben estas líneas.

Fuente: Francisco Pérez Fernández

Por los hijos de nuestros hijos, de nuestros hijos, de nuestros



El robo mas espectacular de la historia

4
autor drangel el 18/feb, 2013 09:54
Visitante distinguido

@santrig » Para robos el que cometio Humberto Moreira. Ese si fue robo no fregaderas.




5
  autor santrig el 18/feb, 2013 09:58 Diputado plurinominal

@drangel » 

Eso que ni que mi estimado...Aquí la diferencia, la gran diferencia es que el ladron no desperto absolutamente ningun simpatía de la sociedad. ja ja.

Buen punto.

Por los hijos de nuestros hijos, de nuestros hijos, de nuestros



6
autor ACUARELA el 18/feb, 2013 15:30 Ciudadano distinguido

@santrig » Buen tema, me entretuvo la historia. Cuando leí el título, pensé te referías al ladrón de humberto moreíra y su gran estafa.




jajajajaJAJAJA

7
autor acemde2 el 19/feb, 2013 11:06 Regidor

@RasAlGhul » ¡¡¡QUE GANAS LOKASS TIENES  DE QUE TE BANNEENN¡¡¡   DIOS me oigaaaa..jeje

QUE DIOS TE DE EL 2BLE .. DE LO QUE TU DESEAS PARA MI...:)



QUE PADRE

8
autor acemde2 el 19/feb, 2013 11:08 Regidor

@santrig ¡¡HISTORIA  Y VERIDICA  ...me entretuve un buen rato leyendo tu ameno tema..gracias  mi buen... y me puso a pensar en historias relacionadas a tu tema..que podrian ser temas tambien..y subirlos  por que no??

sabes como se llama la pelicula ..que cuenta la historia...PARA VERLA  ON LINE??

saludos ...

 

QUE DIOS TE DE EL 2BLE .. DE LO QUE TU DESEAS PARA MI...:)



9
autor TONTON el 22/feb, 2013 20:44 Ciudadano distinguido

,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,    POS NO KE MUY ENOJADOS CON ESTA RATA ???




Los mexicanos no nos quedamos atrás

10
autor blablablabla el 22/feb, 2013 22:15 Gobernador

@santrig »traje corte Napoleón que tal eh, ladrón que roba a ladrón........................

http://www.youtube.com/watch?v=ewTlVKzciq8

saludos.



11
autor blablablabla el 22/feb, 2013 22:19 Gobernador

@santrig »  En 2007, el cineasta Everardo González lo invitó a participar en el documental Los ladrones viejos. Las leyendas del artegio, donde desempeñó uno de los papeles principales en el documental que se grabó cuando él purgaba una pena en un reclusorio de la capital.

Apreciables lectores; podrán decir que es incorrecto darle tanto aplauso a un criminal, pero considero que esta es una honorable excepción, ¿porque? porque criminales como Efraín Alcaraz Montes de Oca no son lo que necesita el país, pero sí lo que necesita la imaginación y la cultura popular mexicana.

Aparte, es bien chingon.

Ya. Lo dije.

http://www.youtube.com/watch?v=vFNKOjRj_tw

saludos.



12
autor blablablabla el 22/feb, 2013 22:37 Gobernador

@santrig » En Los ladrones viejos se narra la historia de cinco ladrones de la ciudad de México activos durante los años sesenta y setenta. Cada uno de ellos nos cuenta sobre sus hazañas y tragedias

 

 http://www.youtube.com/watch?v=JlBLIDF8PRs&playnext=1&list=PLUYgMJanILvRvHc9JyuiU40WQr4O9hokD&feature=results_video

saludos.



13
autor blablablabla el 22/feb, 2013 22:59 Gobernador

@santrig » http://www.youtube.com/watch?v=pvr_I1wxmV4&list=PLUYgMJanILvRvHc9JyuiU40WQr4O9hokD

saludos.



14
autor blablablabla el 22/feb, 2013 23:19 Gobernador

@santrig » http://www.youtube.com/watch?v=NNvU5smG5sE&list=PLUYgMJanILvRvHc9JyuiU40WQr4O9hokD

saludos.



15
autor blablablabla el 22/feb, 2013 23:20 Gobernador

@santrig » http://www.youtube.com/watch?v=rdvD_13EtSg&list=PLUYgMJanILvRvHc9JyuiU40WQr4O9hokD

saludos.



16
autor blablablabla el 22/feb, 2013 23:20 Gobernador

@santrig » http://www.youtube.com/watch?v=yQLnvEv2pLA&list=PLUYgMJanILvRvHc9JyuiU40WQr4O9hokD

saludos.



17
autor blablablabla el 22/feb, 2013 23:21 Gobernador

@santrig » http://www.youtube.com/watch?v=oRz9V6_FfH0&list=PLUYgMJanILvRvHc9JyuiU40WQr4O9hokD

saludos.



18
autor blablablabla el 22/feb, 2013 23:22 Gobernador

@santrig » 

López Portillo era un ratero le robe todos sus dólares todos sus centenario y no le regrese nada.

http://www.youtube.com/watch?v=BGg1r1gqa6A&list=PLUYgMJanILvRvHc9JyuiU40WQr4O9hokD

 

saludos.



19
  autor santrig el 23/feb, 2013 15:19 Diputado plurinominal

@blablablabla » 

Excelentes tus aportaciones..........Ya me las "chute" toditas.

Por los hijos de nuestros hijos, de nuestros hijos, de nuestros



La banda del automovil gris.

20
  autor santrig el 23/feb, 2013 15:25 Diputado plurinominal

Cuando en México la revolución mexicana escribía su destino, una banda de delincuentes sorprendieron a la nación entera por sus impactantes asaltos, sus características fueron que todos vestían uniformes militares y viajaban en un Fiat de color gris, a esta banda se le inmortalizó como La banda del automóvil gris.

Cuando los malhechores cayeron se descubrió que eran comandados por Francisco Granda, los pillos llegaban a las casas de sus víctimas quienes abrían sus puertas a la supuesta autoridad, ya dentro sometían a los moradores y robaban la plata, el oro y las joyas de las familias.

Su primer golpe fue el secuestro de una joven y hermosa mujer llamada Ernestina, pero por el destino difícil de predecir, la secuestrada se enamoro de uno de los delincuentes y se unió a los asaltantes.

La policía infiltro a uno de sus elementos al penal en donde estaba recluido uno de los miembros de la banda, quién haciéndose amigo de él obtuvo información que ayudo a capturar a la mayoría de la banda, solo dos de ellos lograron esfumase de la historia.

Entre las confesiones salió a relucir que un importante jefe de policía proporcionaba a los delincuentes alguna orden de aprensión falsificada con la cual sorprendían a sus víctimas.

Algunos de los miembros de La banda del automóvil gris quedaron recluidos en penosas cárceles de México, otros más fueron fusilados. Sólo el jefe Francisco Granda y su cómplice quién la hacía de su mano derecha, Francisco Oviedo, ambos, lograron evadir a la policía y desaparecieron del mapa delictivo.

Nunca se supo de sus paraderos, todo hace indicar que cambiaron de identidad pudiendo hacer una nueva vida con el producto de sus fechorías

 

Por los hijos de nuestros hijos, de nuestros hijos, de nuestros



Pelicula

21
  autor santrig el 23/feb, 2013 15:33 Diputado plurinominal

<iframe width="560" height="315" src="http://www.youtube.com/embed/PSlbu1pr0fA" frameborder="0" allowfullscreen></iframe>

 

 

 

El automóvil gris (1919)

 

México Blanco y Negro/Silente (sonorizada en 1933)
Lugar dentro de las 100 mejores películas del cine mexicano: 98

 

 

 

Una producción de:

Azteca Films y Rosas y Cía.

Género:

Drama policíaco

Metraje original:

24 rollos; serial de 12 episodios

Duración actual:

117 min. (versión editada y sonorizada en 1933)

Dirección:

Enrique Rosas, Joaquín Coss y Juan Canals de Homs

Producción:

Enrique Rosas

Guión:

José Manuel Ramos, sobre una historia de Enrique Rosas y Miguel Necoechea, con la colaboración documental de Juan Manuel Cabrera

Fotografía:

Enrique Rosas

Edición:

Miguel Vigueras, bajo la supervisión de Enrique Rosas

Música:

Miguel Vigueras (agregada en 1933)

Por los hijos de nuestros hijos, de nuestros hijos, de nuestros



El Capitan Fantasma Mexicano

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  autor santrig el 23/feb, 2013 15:36 Diputado plurinominal

La­drón irre­den­to y ase­si­no sin co­ra­zón, el “Ca­pi­tán Fan­tas­ma” se dis­tin­guió de otros de­lin­cuen­tes fa­mo­sos de su épo­ca por su au­da­cia y ha­bi­li­dad pa­ra fu­gar­se de to­das las pri­sio­nes a las que ca­yó a tra­vés de su lar­ga ca­rre­ra cri­mi­nal. Así se con­vir­tió en le­yen­da, y el apo­do hi­zo ol­vi­dar el ver­da­de­ro nom­bre: San­tia­go Re­yes Que­za­da. Tam­bién se ha­cía lla­mar San­tia­go Re­yes Ro­drí­guez. Fue ca­li­fi­ca­do co­mo un de­lin­cuen­te fal­to de ima­gi­na­ción pa­ra co­me­ter sus fe­cho­rías y en cam­bio con gran ma­li­cia pa­ra apro­ve­char la de­bi­li­dad hu­ma­na a la ho­ra de pla­near sus es­pec­ta­cu­la­res fu­gas.


LA PREN­SA pu­bli­có la his­to­ria del que se de­cía ca­pi­tán del Ejér­ci­to, cu­yos ini­cios “nos lle­van al tiem­po en que aquel mu­cha­chi­llo es­mi­rria­do co­men­zó en Tam­pi­co a des­va­li­jar au­tos y sor­pren­di­do in fra­gan­ti fue lle­va­do por pri­me­ra vez a un es­ta­ble­ci­mien­to co­rrec­cio­nal, un tri­bu­nal pa­ra me­no­res, da­da su cor­ta edad”...

Con to­da cru­de­za, el “Ca­pi­tán Fan­tas­ma” fue pre­sen­ta­do co­mo un in­di­vi­duo tai­ma­do, in­ca­paz del me­nor ac­to ge­ne­ro­so, cu­yos ro­bos no te­nían el me­nor ac­to de va­lor; ase­si­no ale­vo­so y ven­ta­jis­ta. Nun­ca ex­pu­so la vi­da, ex­cep­to en las oca­sio­nes en que al tra­tar de es­ca­par de la per­se­cu­ción po­li­cia­ca, lo al­can­za­ron las ba­las de los agen­tes.

Pe­ro, ¿có­mo fue­ron los ini­cios de es­te sin­gu­lar per­so­na­je?
 
De ojos azu­les y ori­gi­na­rio de Los An­ge­les, Ca­li­for­nia, San­tia­go -hi­jo del car­pin­te­ro Luis Re­yes y la ama de ca­sa, Ma­ría Que­za­da- fue de­te­ni­do en Tam­pi­co, Ta­mau­li­pas, en 1938 a los 15 años de edad, por hur­tar ac­ce­so­rios de au­to­mó­vil. En­ton­ces se le co­no­cía por “El Jimmy” (El Jai­mi­to) y en los se­sen­ta días que per­ma­ne­ció cau­ti­vo apren­dió car­pin­te­ría y eba­nis­te­ría... Es­ca­pó.

Al aban­do­nar el Tri­bu­nal pa­ra Me­no­res ju­ró “no vol­ver a pi­sar el mal­di­to ca­la­bo­zo”... pe­ro po­cas se­ma­nas des­pués en com­pa­ñía de tres ami­gos asal­tó un pe­que­ño co­mer­cio; fue apre­hen­di­do y lle­va­do de re­gre­so al tri­bu­nal, pe­ro guar­da­do en una cel­da es­pe­cial pa­ra rein­ci­den­tes.

Una no­che de oc­tu­bre de ese año, “El Jimmy” y “El Ri­zos” se des­li­za­ron por an­gos­to pa­si­llo, lú­gu­bre y frío, rom­pie­ron al­gu­nos cris­ta­les del tri­bu­nal ta­mau­li­pe­co y sa­lie­ron a la ca­lle. San­tia­go se trasladó al Dis­tri­to Fe­de­ral. En la Co­lo­nia Mo­re­los tra­ba­jó co­mo mo­zo en el mer­ca­do, en­tre co­mer­cios que se ins­ta­la­ban en la vía pú­bli­ca; lue­go se ins­cri­bió en una es­cue­la pri­ma­ria. Cur­sa­ba el sex­to año, leía con re­gu­la­ri­dad pe­rió­di­cos y unos vie­jos li­bros de His­to­ria Uni­ver­sal, o se su­mer­gía en las ví­vi­das na­rra­cio­nes de Emi­lio Zo­lá, uno de los más im­por­tan­tes no­ve­lis­tas fran­ce­ses. Por pri­me­ra vez en su cor­ta exis­ten­cia “El Jimmy” tu­vo la sa­tis­fac­ción de ga­nar el di­ne­ro hon­ra­da­men­te. Y co­no­ció mun­dos apa­sio­nan­tes con só­lo abrir las in­mor­ta­les obras de la li­te­ra­tu­ra.

Desde niño era temerario. Le llamaban
entonces "El Jimmy"

Foto: Archivo Gráfico/LA PRENSA

Pe­ro su vi­da es­ta­ba mar­ca­da. Su re­la­ción con co­mer­cian­tes, com­pra­do­res y gen­te de ba­ja es­to­fa lo afi­cio­nó al jue­go de la ba­ra­ja y del do­mi­nó, a fre­cuen­tar bi­lla­res en sus ra­tos li­bres y a to­mar co­pas en an­tros de vi­cio vi­si­ta­dos por su­je­tos in­de­sea­bles, an­ti­guos hués­pe­des del Tri­bu­nal pa­ra Me­no­res de Mé­xi­co y de la pe­ni­ten­cia­ría “El Pa­la­cio Ne­gro” de Le­cum­be­rri.

Ahí en­ta­bló sus pri­me­ros con­tac­tos con pros­ti­tu­tas en la ca­lle de Or­ga­no, ba­rrio de Te­pi­to, don­de co­no­ció el te­rri­ble mun­do de las dro­gas, y un día se in­to­xi­có en tal for­ma que des­co­no­ció a sus ami­gos y se ale­jó de ellos tras in­sul­tar­los soez­men­te. En ese tiem­po ya usa­ba co­mo “he­rra­mien­tas de tra­ba­jo" un cu­chi­llo, una pe­que­ña pis­to­la y la trai­ción...

Pa­só de “cris­ta­le­ro” -rom­pía vi­drios pa­ra en­trar a ca­sas y co­mer­cios- a “chi­cha­rre­ro” -vio­la­dor de cha­pas y can­da­dos- y en mar­zo de 1939, cuan­do te­nía 16 años, fue de­te­ni­do y tras­la­da­do a la Je­fa­tu­ra de Po­li­cía, que es­ta­ba atrás del hoy vie­jo edi­fi­cio de la Lo­te­ría Na­cio­nal.

El do­min­go 29 de mar­zo, San­tia­go lle­gó a Le­cum­be­rri, a dis­po­si­ción del juez cuar­to de la se­gun­da cor­te pe­nal, don­de de­cla­ró que “cul­ti­va­ba la car­pin­te­ría y ha­bla­ba el in­glés muy bien”. Se le tras­la­dó al Tri­bu­nal pa­ra Me­no­res, que por aquel en­ton­ces se ha­lla­ba en Se­ra­pio Ren­dón, Co­lo­nia San Ra­fael, de don­de se fu­gó un do­min­go con otro in­ter­no, mez­cla­dos en­tre los vi­si­tan­tes.

Agen­tes del Ser­vi­cio Se­cre­to lo re­cap­tu­ra­ron en la ca­lle Pa­na­de­ros, Co­lo­nia Mo­re­los y re­tor­nó a Le­cum­be­rri don­de em­bau­có a un ce­la­dor ho­mo­se­xual con la pro­me­sa de sos­te­ner un ro­man­ce con él una vez que es­tu­vie­ra li­bre y lo­gró que una tran­qui­la ma­ña­na de ma­yo lo ayu­da­ra a es­ca­par es­con­di­do en mon­to­nes de ba­su­ra. Re­gre­só a Tam­pi­co, don­de alar­deó an­te sus ami­gos que “el di­ne­ro es la lla­ve maes­tra que abre to­das las cár­ce­les del mun­do”. Du­ran­te va­rios años, San­tia­go “tra­ba­jó” co­mo asal­tan­te en Ti­jua­na, Tam­pi­co, Mon­te­rrey, To­rreón, Za­ca­te­cas y San Luis Po­to­sí.


Auto usado por el hábil criminal. Se aprecia la placa
que ostentaba para intimidar a la ley.

Fotos: Archivo Gráfico/LA PRENSA
 
En 1945 fue de­te­ni­do en Ta­mau­li­pas, y con el pro­duc­to de sus ra­te­rías -co­lla­res, ani­llos, pul­se­ras y otras al­ha­jas- so­bor­nó a dos cus­to­dios, quie­nes lo de­ja­ron es­ca­par en Na­vi­dad, cuan­do to­dos los pre­sos ya se ha­bían ido a dor­mir a las ga­le­ras.

Ese mis­mo año en Mo­re­lia, Mi­choa­cán, San­tia­go en­tró a ro­bar a un co­mer­cio y acri­bi­lló a ti­ros a la pro­pie­ta­ria. Es­ca­pó ha­cia Ja­lis­co, don­de el je­fe de la po­li­cía era Raúl Men­dio­lea Ze­re­ce­ro, quien años des­pués se­ría sub­je­fe de la po­li­cía ca­pi­ta­li­na y di­rec­tor de la Po­li­cía Ju­di­cial Fe­de­ral. El la­drón fue iden­ti­fi­ca­do y en­car­ce­la­do en Obla­tos, don­de ofre­ció di­ne­ro a tres cus­to­dios y no só­lo lo de­ja­ron li­bre, si­no que se fue­ron con él.

Los cóm­pli­ces se se­pa­ra­ron y San­tia­go vol­vió al Dis­tri­to Fe­de­ral, don­de com­pró tres uni­for­mes de ca­pi­tán del Ejér­ci­to, con sus ba­rras re­lu­cien­tes, así co­mo una cre­den­cial fal­sa “pa­ra las emer­gen­cias”. Su pis­to­la ca­li­bre .38, pa­vo­na­da, de ca­chas ne­gras y un cu­chi­llo, eran su úni­ca com­pa­ñía. El de­lin­cuen­te en­sa­yó el pa­so mar­cial de los mí­li­tes, la frial­dad en el ros­tro, du­re­za en la voz, dis­ci­pli­na, por­te dis­tin­gui­do y se lan­zó a la ca­lle pa­ra con­quis­tar mu­cha­chas y en­ga­ñar gen­dar­mes. La cre­den­cial es­ta­ba a nom­bre de “Ro­ber­to Ló­pez Her­nán­dez”. Man­dó a ha­cer unas pla­cas con el es­cu­do de la Se­cre­ta­ría de la De­fen­sa Na­cio­nal y se jun­tó con Jo­sé Inés Nie­to He­rre­jón, alias “El Ga­to”, de la Co­lo­nia Mo­re­los. Ro­ba­ron la jo­ye­ría Ma­ri­lux, de Ave­ni­da 16 de Sep­tiem­bre, en el cen­tro de la ciu­dad.

Por esa épo­ca, San­tia­go ya era co­no­ci­do co­mo “Ca­pi­tán”. Se apa­re­cía sor­pre­si­va­men­te a los gen­dar­mes que an­da­ban en pe­que­ños gru­pos y les da­ba ór­de­nes de ir a vi­gi­lar su­pues­tas ca­sas de fun­cio­na­rios. El uni­for­me y su por­te con­ven­cían.

Se di­jo que por esas apa­ri­cio­nes fu­ga­ces fue que le agre­ga­ron a su mo­te lo de “Fan­tas­ma”. Pe­ro otra ver­sión se­ña­la que eso fue a raíz de sus fu­gas es­pec­ta­cu­la­res. En esos tiem­pos in­te­gró una ban­da que sem­bró el des­con­cier­to en­tre ci­vi­les y el eno­jo en­tre mi­li­ta­res por des­pres­ti­giar­los.

Así lucía "El Capitán Fantasma".
Foto: Archivo Gráfico/LA PRENSA

En 1948 fue atra­pa­do en una ce­la­da y al ser lle­va­do a los se­pa­ros de la sex­ta de­le­ga­ción, en Vic­to­ria y Re­vi­lla­gi­ge­do, se acla­ró que era ci­vil. Se di­jo que eso le sal­vó la vi­da por­que ha­bía ór­de­nes de ma­tar­lo si re­sul­ta­ba mi­li­tar. Fue tan­to el sus­to que se des­ma­yó. Pa­ra im­pre­sio­nar a los jue­ces se cor­tó su­per­fi­cial­men­te los bra­zos en un “in­ten­to de sui­ci­dio”, pe­ro el 11 de sep­tiem­bre lo man­da­ron a Le­cum­be­rri, don­de di­jo ser ca­tó­li­co, de 25 años, me­cá­ni­co, con ter­ce­ro de se­cun­da­ria y do­mi­ci­lio pro­vi­sio­nal en Re­gi­na 91, pri­mer cua­dro de la ciu­dad de Mé­xi­co. Aquí le ha­bían acu­mu­la­do tres pro­ce­sos pe­na­les, mien­tras lo re­cla­ma­ban en Ja­lis­co, Ta­mau­li­pas, Aguas­ca­lien­tes, Mi­choa­cán, Za­ca­te­cas, Nue­vo León, San Luis Po­to­sí, Gua­na­jua­to, Oa­xa­ca, Coa­hui­la, Es­ta­do de Mé­xi­co y la fron­te­ri­za Ti­jua­na.

Tres me­ses des­pués so­bor­nó a dos cus­to­dios, quie­nes le pres­ta­ron un ove­rol y se hi­zo pa­sar co­mo “co­mi­sio­na­do en la Di­rec­ción” lo que le per­mi­tió me­ter­se en un ca­mión mue­ble­ro y aban­do­nar la cár­cel. Se fue nue­va­men­te a Ta­mau­li­pas, don­de lo al­can­zó “El Ga­to”. Am­bos fue­ron de­te­ni­dos pron­to y en­ce­rra­dos en la cár­cel de Ciu­dad Vic­to­ria. Pe­ro el “Ca­pi­tán Fan­tas­ma” cons­tru­yó un ca­rri­to de ma­de­ra pa­ra un ni­ño y los ce­la­do­res ni cuen­ta se die­ron cuan­do se me­tió en un com­par­ti­mien­to se­cre­to y así el me­nor sa­lió ja­lan­do el ju­gue­te y li­be­ró sin sa­ber­lo al tris­te­men­te cé­le­bre de­lin­cuen­te -versión difícil de creer-, en fe­bre­ro de 1950.

En una de tantas detenciones, firmando ante
el ministerio público.

Foto: Archivo Gráfico/LA PRENSA Foto: Archivo Gráfico/LA PRENSA Una fuga más...
Foto: Archivo Gráfico/LA PRENSA

Otra vez al Dis­tri­to Fe­de­ral. Y co­mo siem­pre, a ocul­tar­se en la Co­lo­nia Mo­re­los. No tar­dó en ser de­la­ta­do y el Ser­vi­cio Se­cre­to lo con­sig­nó a la cár­cel, don­de el di­rec­tor ad­vir­tió que “si se es­ca­pa­ba de nue­vo Re­yes Que­za­da, los cus­to­dios se­rían arres­ta­dos y to­dos los je­fes de com­pa­ñía ce­sa­dos, con­sig­na­dos y en­ce­rra­dos aquí mis­mo, mez­cla­dos con los pre­sos co­mu­nes”. No cum­plió su ame­na­za. San­tia­go fin­gió es­tar en­fer­mo y lle­va­do al Hos­pi­tal Juá­rez, se fu­gó en un “des­cui­do” de sus vi­gi­lan­tes. Se es­con­dió en Mi­ne­ros 44, ca­si es­qui­na con Fe­rro­ca­rril de Cin­tu­ra, Co­lo­nia Mo­re­los.
 
REINGRESO A LECUMBERRI
 
El do­min­go 21 de ene­ro de 1951 hu­bo un plei­to en­tre de­lin­cuen­tes y San­tia­go Re­yes Que­za­da ba­la­ceó a “El Ga­to” sin he­rir­lo. Lle­gó la po­li­cía y hu­bo un en­fren­ta­mien­to a ti­ros, con sal­do de un po­li­cía muer­to -Es­pi­ri­dión Mú­ji­ca Pé­rez- y he­ri­do el “Ca­pi­tán Fan­tas­ma”, quien lo­gró es­ca­par y ser aten­di­do ini­cial­men­te en la Cruz Ro­ja, lue­go en el Hos­pi­tal Juá­rez. Allí lo aga­rra­ron el ge­nial de­tec­ti­ve Sil­ves­tre Fer­nán­dez, el co­man­dan­te Na­za­rio Her­nán­dez, el te­nien­te En­ri­que Gó­mez Arro­yo y dos agen­tes.

“El Ca­pi­tán Fan­tas­ma” rein­gre­só a Le­cum­be­rri el 12 de fe­bre­ro de 1951, pe­ro a pe­sar de la vi­gi­lan­cia es­pe­cial que se le pu­so, el 21 de no­viem­bre de 1952 se fu­gó con “El Ga­to” al li­mar los ba­rro­tes del juz­ga­do ter­ce­ro pe­nal. Dos años des­pués mu­rió “El Ga­to” du­ran­te un ti­ro­teo con po­li­cías.


Boquetones hechos para escapar.
Foto: Archivo Gráfico/LA PRENSA

Ya na­die du­da­ba que es­te “ca­pi­tán” era en rea­li­dad fan­tas­ma y su fa­ma cre­ció. Los pe­rió­di­cos pu­bli­ca­ban sus “ha­za­ñas” y los je­fes po­li­cia­cos se mo­rían del co­ra­je.

El fal­so “ca­pi­tán” co­me­tió asal­tos me­no­res en To­rreón, Mon­te­rrey, San Luis Po­to­sí. Su ené­si­ma cap­tu­ra ocu­rrió en Ta­mau­li­pas, don­de por ins­truc­cio­nes del go­ber­na­dor Ho­ra­cio Te­rán fue en­ce­rra­do en la cár­cel de An­do­ne­gui con in­di­ca­cio­nes pre­ci­sas de “evi­tar otra nue­va y ver­go­no­zo­sa” fu­ga. Pa­ra en­ton­ces lo bus­ca­ban en ocho es­ta­dos y se ha­bía eva­di­do de cua­tro pri­sio­nes. Lo aga­rra­ban fá­cil­men­te pe­ro es­ca­pa­ba con ma­yor fa­ci­li­dad.

Buen eba­nis­ta, en sep­tiem­bre de 1956 “El Ca­pi­tán” se pu­so a tra­ba­jar en una can­ti­ni­ta en­co­men­da­da por el go­ber­na­dor Te­rán, quien la pi­dió de 1.40 me­tros de al­tu­ra por 1.50 me­tros de lar­go. Cuan­do la trans­por­ta­ban a la ca­sa de go­bier­no... sa­lió de un com­par­ti­mien­to “El Ca­pi­tán Fan­tas­ma”, quien hu­yó ha­cia Gua­na­jua­to.

Pa­ra evi­tar la bur­la al go­ber­na­dor, se di­jo ofi­cial­men­te que “es­ca­pó en un baúl de do­ble fon­do; su es­po­sa, Ma­ría Lui­sa Mon­roy lo ayu­dó a huir”...

Era tan­ta la fa­ma del “Ca­pi­tán Fan­tas­ma” y las ga­nas que le traían los po­li­cías, que to­do cri­men feo y es­can­da­lo­so se lo atri­buían. Y más co­ra­je le dio a los agen­tes gua­na­jua­ten­ses cuan­do el mar­tes 27 de agos­to de 1957 lo cap­tu­ra­ron mien­tras pa­sea­ba con dos her­mo­sas mu­je­res en un au­to­mó­vil lu­jo­so.

San­tia­go era ya un ti­po so­ber­bio y cí­ni­co: acep­tó ser “cul­pa­ble de 17 ase­si­na­tos”, di­jo que “lo úni­co que no re­cuer­do es cuán­do los ma­té y dón­de ven­dí los 17 au­to­mó­vi­les que les ro­bé”. Lue­go en­tre bro­mas y ver­da­des di­jo que los au­tos los ven­día a agen­tes del Ser­vi­cio Se­cre­to, quie­nes le pa­ga­ban 3,000 pe­sos por un úl­ti­mo mo­de­lo. El de­te­ni­do fue en­via­do a la pri­sión de Sal­ga­do, Gua­na­jua­to.

Objetos decomisados al hampón.
Foto: Archivo Gráfico/LA PRENSA

El 6 de sep­tiem­bre de 1957 otra vez se cor­tó su­per­fi­cial­men­te la piel de los an­te­bra­zos pa­ra si­mu­lar que “ha­bía que­ri­do sui­ci­dar­se”. Esa vez es­tu­vo pre­so ca­si un año. El 27 de agos­to de 1958 es­ca­pó de Sal­ga­do, cor­tan­do con se­gue­ta unos ba­rro­tes.

Los cri­mi­nó­lo­gos que es­tu­dia­ron la per­so­na­li­dad de Re­yes Que­za­da opi­na­ron que “El Ca­pi­tán Fan­tas­ma” pa­de­cía gra­ve de­li­rio de per­se­cu­ción y pen­só que uti­li­zan­do un uni­for­me mi­li­tar aca­ba­ría su pro­ble­ma, se­ría vis­to con res­pe­to y po­dría fra­guar y co­me­ter sus fe­cho­rías sin des­per­tar la me­nor som­bra de sos­pe­cha.

Sa­bía que con el uni­for­me de ca­pi­tán se­ría fá­cil­men­te iden­ti­fi­ca­do y, sin em­bar­go, lo se­guía usan­do. A tal gra­do se ha­bía po­se­sio­na­do que es­ta­ba con­ven­ci­do de ser un au­tén­ti­co ofi­cial.

Se ace­le­ra­ba su ac­ti­vi­dad de­lic­ti­va. A los 15 días de la fu­ga de Sal­ga­do, Gua­na­jua­to, asal­tó un ca­mión de pa­sa­je­ros en Aguas­ca­lien­tes y se­ma­nas más tar­de pe­ne­tró a la fa­mo­sa Ca­sa de Vi­drio, don­de ro­bó en­ton­ces la fa­bu­lo­sa su­ma de 60,000 pe­sos. En To­rreón se lle­vó to­da la pla­ta de la far­ma­cia “Lui­sia­na”. Pe­ro el sá­ba­do 18 de ju­lio de 1959, vol­vió a ser he­ri­do en las pier­nas du­ran­te un ti­ro­teo y de­te­ni­do.

"Desplumó" la farmacia Lusiana en Torreón, Coahuila.
Foto: Archivo Gráfico/LA PRENSA

Co­men­zó a ayu­nar en la pri­sión y adel­ga­zó has­ta en­fer­mar, por lo que fue en­via­do al Hos­pi­tal Ci­vil... de don­de se fu­gó el 23 de agos­to de ese año. Dos me­ses y días du­ró su li­ber­tad, pues fue trai­cio­na­do en Mon­te­rrey, por un ex agen­te po­li­cia­co, quien lo lle­vó de­te­ni­do pa­ra de­man­dar su reins­ta­la­ción co­mo re­com­pen­sa.
 
EL FINAL
 
El 4 de no­viem­bre de 1959, ya de 34 años de edad, “El Ca­pi­tán Fan­tas­ma” lle­gó al pe­nal de Nue­vo León, que con­ta­ba con mo­der­no sis­te­ma de alar­ma y mor­tí­fe­ros ca­bles de al­ta ten­sión. En la to­rre prin­ci­pal y los ga­ri­to­nes los guar­dias te­nían ame­tra­lla­do­ras y bi­no­cu­la­res.

Se apos­tó que esa vez San­tia­go no se fu­ga­ría de aque­lla pri­sión “de ver­dad”. Ca­si tres años de en­cie­rro hi­cie­ron su­po­ner que así se­ría. Pe­ro el 28 de agos­to de 1962 vol­vió a es­ca­par ocul­to en un mue­ble fa­bri­ca­do por él.

Uno de sus úl­ti­mos ro­bos lo co­me­tió en Ori­za­ba, Ve­ra­cruz; sa­queó una jo­ye­ría y se di­vir­tió en una zo­na de to­le­ran­cia co­no­ci­da co­mo “La 90”. Se hi­zo de ami­gos y és­tos le ad­ver­tían cuan­do se apro­xi­ma­ba la po­li­cía, usan­do co­mo cla­ve la can­ción de mo­da: “ti­bu­rón a la vis­ta, ba­ñis­tas”... Las pros­ti­tu­tas lo es­con­dían; él les re­ga­la­ba jo­yas ca­ras.

Lo mis­mo hi­zo en Pue­bla, a don­de se fue al abu­rrir­se en Ve­ra­cruz. To­tal­men­te des­bo­ca­do, des­va­li­jó la re­si­den­cia del go­ber­na­dor Aa­rón Me­ri­no Fer­nán­dez, quien no le­van­tó ac­ta por te­mor a las crí­ti­cas por­que el bo­tín fue cal­cu­la­do en dos y me­dio mi­llo­nes de pe­sos en 1964.

En ma­yo de 1965 el FBI es­ta­dou­ni­den­se bo­le­ti­nó un in­for­me a las po­li­cías de Mé­xi­co y de Nue­vo La­re­do, Te­xas, so­li­ci­tan­do la de­ten­ción de San­tia­go Re­yes Que­za­da acu­sa­do de hur­to de ve­hí­cu­los y de ho­mi­ci­dio. Se pe­día asi­mis­mo la co­la­bo­ra­ción pa­ra atra­par al nar­co­tra­fi­can­te in­ter­na­cio­nal Raúl Mon­cha Ro­drí­guez.

El bo­le­tín en in­glés, tra­du­ci­do al es­pa­ñol, de­cía: “se bus­ca a San­tia­go Re­yes Que­za­da, lle­gó de Mé­xi­co, 1.70 de es­ta­tu­ra, blan­co, bi­go­te bien cui­da­do, ha­bla in­glés per­fec­ta­men­te. Es per­se­gui­do por ase­si­na­to y ro­bo. Es­ca­pó de la cár­cel de Mon­te­rrey y es bus­ca­do en seis es­ta­dos de Mé­xi­co y por el go­bier­no fe­de­ral. Fue vis­to va­rias oca­sio­nes en es­ta ciu­dad, San An­to­nio, Te­xas, a pie, vis­tien­do un ove­rol de me­cá­ni­co con un em­ble­ma en el pe­cho. Por lo me­nos es­tá re­la­cio­na­do con seis ase­si­na­tos. Siem­pre an­da ar­ma­do y se le con­si­de­ra ex­tre­ma­da­men­te pe­li­gro­so. Si us­ted lo ha vis­to o es de­te­ni­do, no­ti­fí­que­lo a in­mi­gra­ción del FBI”...

Pe­ro “El Ca­pi­tán” an­da­ba muy le­jos de San An­to­nio. El 22 de no­viem­bre de 1965, los de­tec­ti­ves po­bla­nos lo arres­ta­ron en la ca­lle 8 Po­nien­te, en­tre las ca­lles 7 y 9 Nor­te. Le qui­ta­ron su pis­to­la ca­li­bre .38 mi­lí­me­tros y cua­tro car­ga­do­res con 35 ba­las úti­les. En un au­to ro­ba­do, Re­yes Que­za­da lle­va­ba no me­nos de 300,000 pe­sos en jo­yas... pe­ro ni un cen­ta­vo en los bol­si­llos, al gra­do que di­jo que no ha­bía co­mi­do.

Preso en Puebla.
Foto: Archivo Gráfico/LA PRENSA

Fue a la cen­te­na­ria cár­cel de San Juan de Dios. En el pa­tio am­plí­si­mo los in­ter­nos to­ma­ban el sol. Ha­bía una de­ce­na de cuar­tos enor­mes ha­bi­li­ta­dos co­mo pe­que­ños ta­lle­res o dor­mi­to­rios con in­có­mo­das li­te­ras, así co­mo pa­si­llos gé­li­dos con puer­tas he­rrum­bro­sas. El edi­fi­cio, cons­truc­ción de mon­jes his­pa­nos de­di­ca­dos a la aten­ción de los en­fer­mos, es­tá si­tua­do a unos 900 me­tros del Zó­ca­lo de la ciu­dad. An­tes olía a pu­re­za, re­zos, or­den y ca­ri­dad, “al trans­for­mar­se en cár­cel rei­na­ron el im­pro­pe­rio, la muer­te, el do­lor y la mal­dad”...

Ya de 45 años, “El Jimmy” o “El Ca­pi­tán Fan­tas­ma” con­ser­va­ba des­te­llos de ju­ven­tud. Co­men­za­ba a vi­vir del pa­sa­do. Mu­cha gen­te gri­tó: “¡dé­jen­lo li­bre!”... “¡De­jen li­bre al Ca­pi­tán Fan­tas­ma!”, du­ran­te una di­li­gen­cia a la que com­pa­re­ció an­te el juez Lu­cio Iba­rra Cár­de­nas.

En 1968 San­tia­go ma­tó al in­ter­no Evo­dio Cas­ti­llo a pu­ña­la­das y tra­tó de fu­gar­se me­dian­te una es­ca­le­ra, pe­ro esa vez no pu­do. El mon­to to­tal de sus con­de­nas arro­ja­ba 62 años de cár­cel y aún te­nía pen­dien­tes mu­chos pro­ce­sos; per­dió am­pa­ros in­ter­pues­tos en la Su­pre­ma Cor­te de Jus­ti­cia y la Di­rec­ción de Pre­ven­ción So­cial or­de­nó su tras­la­do a la Pe­ni­ten­cia­ría del Es­ta­do des­pués de cin­co años y seis me­ses en San Juan de Dios.

En 1971 en­tró a la Pe­ni­ten­cia­ría de Pue­bla, pri­sión-cas­ti­llo cons­trui­da so­bre el mo­de­lo de la cár­cel de Cin­cin­na­ti en EU, en el si­glo XVIII. El edi­fi­cio car­ce­la­rio fue adap­ta­do so­bre las rui­nas que que­da­ran del Fuer­te de San Ja­vier, en la ac­tual Ave­ni­da Re­for­ma, en la que fue la pri­me­ra ca­lle de Pa­la­fox. Ahí es don­de más tiem­po pa­só pre­so “El Ca­pi­tán Fan­tas­ma”: 11 años, en una pri­me­ra eta­pa.


Su inseparable arma.
Foto: Archivo Gráfico/LA PRENSA
 
Sus com­pa­ñe­ros de pre­si­dio le de­cían que si hu­bie­se la­bo­ra­do co­mo eba­nis­ta a esas al­tu­ras es­ta­ría mi­llo­na­rio. Más de 40 años ha­bía des­per­di­cia­do mi­li­tan­do en las fi­las de la de­lin­cuen­cia. En­fer­mó de fal­ta de vi­sión, tu­ber­cu­lo­sis, úl­ce­ra, dia­be­tes, de la prós­ta­ta, de los pul­mo­nes y mu­cho más. Su es­ta­do em­peo­ró e in­gre­só al Hos­pi­tal Es­cue­la Uni­ver­si­ta­rio el 4 de no­viem­bre de 1981. De la ca­ma 45 hu­yó el 2 de ene­ro de 1982, cuan­do se des­col­gó por un mu­ro, con apo­yo de una cuer­da de 10 me­tros de lon­gi­tud, que no al­can­zó pa­ra lle­gar al sue­lo, dis­tan­te otros dos me­tros y me­dio...

Se rom­pió las pier­nas y con sus ca­si se­sen­ta años a cues­tas, se arras­tró has­ta un ba­su­re­ro; se ocul­tó en­tre la in­mun­di­cia y per­dió el co­no­ci­mien­to. Unos es­tu­dian­tes lo en­con­tra­ron tres días des­pués y avi­sa­ron al po­li­cía Isaías Gue­rre­ro y “El Ca­pi­tán” re­gre­só al hos­pi­tal 80 ho­ras des­pués del es­ca­pe. Se ha­bía frac­tu­ra­do ti­bia y pe­ro­né. El des­leal po­li­cía pre­ven­ti­vo En­ri­que Ley­va Cas­tro fue quien le ven­dió la so­ga en 20,000 pe­sos. Lo pro­ce­sa­ron por ten­ta­ti­va de ho­mi­ci­dio, aban­do­no de per­so­na y eva­sión de pre­so, “ha­bía ti­ra­do al pró­fu­go cuan­do se ba­lan­cea­ba en la so­ga”...

Rein­gre­só a la pe­ni­ten­cia­ría po­bla­na el 4 de fe­bre­ro de 1982 y po­cos días des­pués volvió a enfermar... No pu­do es­ca­par­se ya de la muer­te el audaz y temerario “Ca­pi­tán Fan­tas­ma”.
Por los hijos de nuestros hijos, de nuestros hijos, de nuestros



Farmacia Luiciana

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  autor santrig el 23/feb, 2013 15:39 Diputado plurinominal

GRAN PREGUNTA

¿Donde esta esa farmacia? O donde estaba.

Yo digo que estaba en Hidalgo y calle 12

Por los hijos de nuestros hijos, de nuestros hijos, de nuestros



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autor blablablabla el 24/feb, 2013 17:48 Gobernador

@santrig » muy buenas tus historias también, saludos.

saludos.



Diamantes

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  autor santrig el 1/mar, 2013 17:50 Diputado plurinominal

Dicen que Amberes es ‘el lugar’ para los amantes del chocolate y de los diamantes. A 30 minutos de Bruselas, dos horas de París y tres y media de Londres, esta ciudad belga mueve el 70% de todos los diamantes que se venden en el mundo, y se estima que sus transacciones alcanzan entre los 23 y los 39 mil millones de dólares anuales nada más que en eso.

En la milla cuadrada del Diamond Center de Amberes, radican 1.500 compañías, cuatro bolsas de valores y unas 30.000 personas altamente calificadas, entre ellas lo mejor en cortadores y pulidores, todos especializados en esta piedra preciosa. Por algo los que saben lo que compran, van al distrito en busca de una joya ‘con el sello de Amberes’, pero hay gente que va con otras intenciones.

A principios del 2006, un hombre muy alto y de pelo gris, entró en una sucursal del banco ABN Amro situada dentro de la famosa ‘milla’. El señor, de entre 55 y 60 años, se identificó como Carlos Héctor Flomenbaum, argentino y comerciante de diamantes, y en unos meses se hizo tan familiar en el banco, que podía entrar en la bóveda con una tarjeta electrónica. En marzo del siguiente año, se descubrió el robo de más de 28 millones de dólares en diamantes. No había ventanas rotas ni rastro de explosivos para forzar la entrada, lo que indicaba que el ladrón tenía libre acceso al edificio, y Flomenbaum no había vuelto por el banco, así que cuando la policía supo que pocos años antes habían robado en Israel un pasaporte con ese nombre, circuló la foto del sospechoso, y se ofrecieron 2,6 millones de dólares por su captura.

Al mes detuvieron a Eliser Mishali, de 47 años, en Frankfurt, Alemania, como cómplice del robo, y Bélgica pidió su extradición. Se espera que Mishali arroje alguna luz sobre el paradero del sospechoso y los diamantes.

A pesar de encontrarse en una zona de alta vigilancia, cuidada por la policía y docenas de cámaras las 24 horas del día, el Diamond Center había sufrido varios golpes, uno de ellos cuatro veces mayor que el de Flomenbaum, cuando en febrero del 2003, unos intrusos abrieron 123 de 160 cajas fuertes en el sótano de un edificio de máxima seguridad, y se llevaron ¡160 millones de dólares! en diamantes.

Esta vez tampoco hubo señales de entrada forzada. A las dos semanas, aparecieron varias bolsas en una cuneta junto a una carretera de Amberes, que contenían un sándwich a medio comer, y documentos del banco; pero fue el ADN detectado a través del sándwich, lo que puso a la policía a investigar a Leonardo Notarbartolo; y resultó que el hombre había alquilado una oficina en el Diamond Center a nombre de una empresa fantasma, tenía antecedentes de robo, y había pertenecido a una banda criminal. Otros cuatro individuos estaban complicados en este golpe casi perfecto. Todo indica que los ladrones inutilizaron el sistema de alarmas, copiaron llaves maestras y les pusieron cintas de video a las cámaras de seguridad para bloquearlas. ‘El robo fue la obra de un genio por su simplicidad’, comentó Erik Sack, director judicial de Amberes. La fiscalía pide 10 años para Notarbartolo y cinco para el resto, pero la fecha del juicio se ha ido posponiendo y no se ha recuperado ni un diamante.

Hasta entonces, el mayor robo de que se tenía conocimiento en Amberes había ocurrido en 1994, donde unos desconocidos limpiaron cinco bóvedas, otra vez en el Diamond Center, para una pérdida de 4,55 millones de dólares. Los sospechosos fueron juzgados y condenados, pero el caso está en la corte de apelaciones... Sin embargo, aunque Amberes parece estar en la mirilla, los ladrones de diamantes surgen en cualquier parte cuando menos se espera.

Cómo entrar en la bóveda de un banco por el piso

A Albert Spaggiari se le ocurrió la idea cuando supo que las alcantarillas de Niza pasaban cerca de la bóveda de la Société Générale de la Riviera Francesa, el banco donde los ‘ricos muy ricos’ depositaban sus valores y dormían tranquilos. Sabían que la bóveda estaba protegida por una puerta de 20 toneladas y no les pasaba por la cabeza que hubiera otra forma de penetrar en ella. En aquella época, Spaggiari era dueño de un estudio fotográfico, y se le consideraba un ciudadano respetable. Pero su vida anterior había sido muy ‘movida’. El primer diamante que robó fue para regalárselo a una novia y, para huir de la justicia, se enroló en la Legión Francesa, luego peleó en la guerra de Indochina, y escribió uno de sus libros mientras cumplía condena por colaborar con la organización clandestina, OAS. Para lograr lo que llamaron la proeza del siglo, él y sus hombres (entre ellos el futuro asesino de De Gaulle, Gaby Anglade) excavaron durante dos meses un túnel de ocho metros (25 pies) de largo, desde la alcantarilla hasta debajo de la bóveda, y entraron por el piso en julio del 76. Abrieron 400 cajas de seguridad y robaron unos 60 millones de francos (entonces 15 millones de dólares). Dicen que, mientras abrían las cajas, Spaggiari les ofreció hors d’oeuvres, que incluían vino y pâté. Los ‘ladrones de alcantarilla’, como se firmaron, dejaron atrás 2.500 libras de equipos, fotos de personajes locales desnudos que habían encontrado en sus cajas de seguridad, y un letrero que decía ‘sin armas, sin violencia, sin odio’.

Tres del grupo fueron absueltos y tres pasaron cinco años en prisión. Spaggiari fue sentenciado a cadena perpetua ‘en ausencia’, porque durante una audiencia, saltó por una ventana, cayó sobre un carro estacionado y escapó en una moto que lo esperaba. Se dice que luego se hizo una cirugía plástica y vivió casi todo el tiempo en Argentina. Pero se sabe que regresó clandestinamente a Francia varias veces para ver a su madre y a su esposa; y debido a la publicación de un libro suyo, le concedió una entrevista a la televisión que fue filmada en ese país. Nota: ‘un misterioso donante’ le envió por correo al dueño del automóvil donde cayó Spaggiari en su huida, 5.000 francos para gastos por reparación del techo.

¿Será que no son tan ladrones?

Quizás porque ningún millonario se vuelve pobre por muchas prendas que le roben, los ladrones de joyas han sido idealizados hasta el punto en que ya no nos parecen tan ladrones. Este ratero de élite a lo Cary Grant en la película To Catch a Thief (Para atrapar al ladrón) surgió en la ficción con las historias de Raffles, escritas en Inglaterra en 1898 por E.W. Hornung, cuñado de Conan Doyle, el autor de Sherlock Holmes. El personaje pegó tanto, que fue interpretado en el cine por Ronald Colman y David Niven en los 30, e imitado en los 60 por Peter Salerno, quien presumía de ser el mejor de los ladrones caballeros, y probablemente con razón. ‘Salerno es el patrón por el que se juzga a los ladrones de joyas’, dijo Bill Adams, uno de los detectives asignados a su caso, en una entrevista para el programa de televisión 60 Minutes.

Durante sus 30 años de carrera, Peter Salerno y su socio y concuño Dominick Latella, lograron acumular alrededor de 150 millones de dólares entre efectivo y joyas. Estaban casados con unas gemelas, de una familia conectada con la mafia neoyorquina. Su método era usar el cerebro y no la fuerza. Evitaban las confrontaciones, no llevaban armas y si alguien aparecía, se iban sin haber robado o dejaban atrás el botín. No operaban sin conocer el local y a sus dueños, y se informaban sobre el dinero de sus víctimas con Who’s Who in America y la revista Forbes; y sobre los planos de las casas, con las publicaciones Architectural Digest y Town and Country. Nunca trabajaban en las casas vacías, sino con los dueños adentro, cuando las alarmas estaban desconectadas. No usaban los bancos, y el cash se lo facilitaban sus intermediarias, Wally y Flo Gans, quienes eran administradoras de una tienda del distrito de los diamantes en Manhattan.

Les decían The Dinner Set Gang porque siempre robaban a la hora de las comidas, que por lo general eran muy formales y con invitados. Salerno desvalijaba las habitaciones del segundo piso donde se guardaban las joyas, mientras Latella vigilaba el comedor y, si veía algo, le avisaba con un silbido. Pero a Salerno le bastaban tres minutos para hacer su trabajo. ‘Tenía un sexto sentido para encontrar las cosas, incluso en habitaciones enormes’, recuerda Latella.

Entre los dos saquearon a las familias más opulentas de los Estados Unidos: los DuPont, los Flagler, los Macy, los Pillsbury, los Gimbel y los Wallace del Reader’s Digest. Cada operación les producía unos 250.000 dólares. Cuando ‘trabajaban’ en la costa de la Florida, llegaban a las propiedades por agua, para evadir las carreteras bloqueadas por la policía. Una noche de 1973, mientras el heredero de los DuPont cenaba en su mansión de Juno Beach, atracaron su balsa y en minutos realizaron el robo más espectacular de su carrera. En esa ocasión, Pete encontró el célebre diamante rosado de 17,65 quilates, que entonces valía 1,8 millones de dólares, dentro de una maleta, con dos grandes zafiros, un rubí, una esmeralda y unas perlas con un diamante de 5 quilates por broche. Esa noche, su trabajo les produjo una ganancia de 12 millones de dólares.

En Jupiter Island, le robaron 168.000 dólares en joyas al fundador del Reader’s Digest, DeWitt Wallace, mientras él y su esposa saboreaban un coñac.

Al final de la temporada de invierno, seguían a sus presas a New York y Connecticut. Los dos hubieran podido retirarse cómodamente si a fines de los 80 no le hubieran encontrado un cáncer a Gloria, la esposa de Pete.

’En nuestro giro no tenemos seguro médico, y llegamos a dar 40 golpes al mes para pagarle al doctor’, contó Dominick. Lo malo es que en su prisa dejaron de tomar sus precauciones.

’No iba a permitir que ella (su esposa) muriera por falta de dinero, y al final ese dinero le salvó la vida’, dijo Pete.

La noche del 21 de enero de 1992, los sorprendieron en casa de la millonaria Rosemary Barry, y alguien llamó a la policía... Fue el final de una de las sociedades de ladrones más productivas que se recuerdan.

Hoy, Dominick Latella está libre bajo palabra. El, su esposa Sandra y su cuñada, Gloria Salerno, residen en la Florida. Peter Salerno cumple prisión en ese estado, y lo gracioso es que no fue a la cárcel por robo de joyas, sino por distribución ilegal de OxyContin, un calmante que él tomaba para aliviar el dolor de espalda, resultado de sus décadas trepando edificios. Cuando salga en libertad en diciembre de este 2008, Gloria lo estará esperando.

La historia de Peter Salerno y su gang pasó al cine en el 2004 con Richard Atkins y su película Masterminds: The Dinner Set Gang, y había sido narrada en 1983 en el libro de Howard Abadinsky The Criminal Elite. Los ladrones más ‘ilustres’ se jactan de haberlos copiado, como Walter Shaw, sobre el cual se filmó A License to Steal que, según él, es la antítesis de Good Fellas, la película de Robert De Niro. El caso de Alan Golder, otro discípulo de Salerno, se expuso en el show de la televisión norteamericana Unsolved Mysteries... pero el misterio fue resuelto cuando lo detuvieron en Amberes en diciembre del 2006.

Las joyas de la Corona
La Corona inglesa estuvo a punto de ‘quedarse sin corona’ el 9 de mayo de 1671. Esa noche, el coronel Thomas Blood y dos cómplices entraron en la Casa de las Joyas de la Torre de Londres, ataron al guardián, y cuando trató de defenderse lo apuñalaron. Y hubieran escapado con la corona, el cetro y el orbe, si el hijo del guardia no hubiera entrado inesperadamente y disparado la alarma. Y lo increíble de la historia: Blood fue llevado a Palacio e interrogado por el Rey. ‘¿Qué tal si le perdonara la vida?’, le preguntó Carlos II, y el ladrón respondió con mucha seriedad: ‘Me empeñaría en merecerla, señor’. Y nadie se explica por qué, contra la opinión de sus consejeros y de toda la Familia Real, el Rey no solo le concedió el perdón, sino que le otorgó una renta anual de 500 libras esterlinas (entonces una fortuna), y el derecho a ser recibido en la Corte cuando se le antojara.

El ladrón y su consejero espiritual
Michael Anthony Silver llevaba tiempo robando prendas y dinero, en Loudoun County, Virginia; no se había hecho rico, pero su profesión le permitía vivir cómodamente... hasta que un día cometió uno de los errores más tontos de la historia de la delincuencia: usó su verdadero nombre y el teléfono de la casa donde estaba robando, para llamar nada menos que a una línea síquica. Y el dueño, que no iba a reportar el robo por creerlo una pérdida de tiempo, llamó a la policía cuando recibió la cuenta de la compañía de teléfono con el número del síquico y el nombre del ladrón.

A pesar de que no había misterio que descubrir, el caso estuvo estancado porque ‘Silver viajaba mucho y la policía no daba con él’, y si salió del olvido fue porque dos años después otro ladrón cayó en una idiotez parecida. Pero lo que todos se quedaron con las ganas de saber fue lo que le aconsejó el síquico al ladrón durante la famosa llamada que, por cierto, costó 250 dólares.

 

Por los hijos de nuestros hijos, de nuestros hijos, de nuestros



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