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miércoles 3 de diciembre de 2008 01:29

"Las Urgencias de un Dios" In Memoriam

Enriqueta Ochoa, poeta que configura a Dios desde su lado femenino

Diario de Xalapa
12 de julio de 2008

Alma Espinosa* / Diario de Xalapa

Xalapa, Veracruz.- En la segunda mitad del siglo XX la poetisa Enriqueta Ochoa escribió que iba a dar a luz un nuevo dios. La crítica por tal aseveración fue descomunal, incluso en su natal Torreón, Coahuila, se prohibió a "los buenos samaritanos" que realizaran la lectura de su poesía.

En aquel entonces, la poesía de Enriqueta Ochoa, nacida en 1928, sólo fue bien recibida por un pequeño grupo de mujeres y hombres de letras; por el resto fue vilipendiada porque decían que su poesía, además de hacer aseveraciones insólitas, era anacrónica y en ocasiones cursi.

El libro Las urgencias de un Dios inquietó a las "buenas conciencias" en la década de los cincuenta, ¿qué propició tal inquietud?

"Fue un libro que causó muchísimo revuelo. Fue escandalosamente criticado desde los púlpitos porque era una poesía que para su momento despertaba mucha inquietud en las conciencias conservadoras del norte del país. Era una poesía en la que hablaba una voz femenina con una fuerza enorme, erótica por un lado, telúrica por el otro, y con un misticismo que, unido con lo erótico y lo telúrico, desconcertaba.

En ese poemario Ochoa decía que iba a dar a luz un nuevo dios y eso era lo que causaba no sólo desconcierto sino animadversión. Se les prohibía a las personas de Coahuila que leyeran a Enriqueta Ochoa y ella era un ser casi angelical, no porque su aspecto fuera el de una mujer desprotegida, que un poco es el estereotipo de la mujer angelical, sino por su espiritualidad.

Era una mujer en una constante búsqueda espiritual, buscó desde siempre un asidero espiritual y lo encontró en la simbología de la tradición poética. Nació en una familia de descendientes de judíos que no profesaban ninguna religión en particular.

Lo que yo creo que resulta más sorprendente es la poderosa fuerza femenina que muestra, además de una fuerza íntima y de un yo lírico que no se cuida de pertenecer a un movimiento, escuela o grupo. Ella habla desde lo más profundo del ser y de la especie pero en voz siempre de mujer, sin que esto pueda decirnos que hay un feminismo, entendido éste como una ideología y una lucha muy terrenal. Lo suyo es mucho más profundo y, por lo tanto, es más fuerte".

"Lo que le da tanta fuerza es el hecho de que sí configura una nueva imagen de Dios, aunque nunca habla de él en femenino. Los símbolos y las imágenes con las que se refiere a él son siempre los símbolos de la feminidad sagrada, del pasado muy remoto de la cultura y no sólo de la occidental.

Habla de un dios en femenino y rompe con la imagen del Dios padre que data de hace seis mil años. Esa imagen es la que sostiene una sociedad y una cultura machista.

Curiosamente en los mismos años que Enriqueta Ochoa está escribiendo sus primeros libros se están recuperando las imágenes de que a Dios se le concibió como mujer, porque es ella quien tiene el valor de dar vida y, por lo tanto, la vida tenía que nacer de una mujer.

El recuperar estos valores y estos símbolos en un momento donde la tierra ha sido sacralizada, al tiempo que se rescata la figura de la madre tierra, la diosa de la fertilidad y de la vida, es muy esperanzador y eso es lo que trae esta poesía y todos los estudios de esos tiempos.

En la poesía de Enriqueta Ochoa el manejo y el trabajo de los símbolos no fue una cosa consciente. Los símbolos traen la necesidad de volver a sacralizar la tierra para seguir vivos en este planeta devastado".

 

Poesía /

Enriqueta Ochoa:

«Las urgencias de un Dios»

 

¡Cuánto girón de cielo prometido

que no puedo creer,

que no logra sitiarme

ni adormecer mi sien

ni incitarme el afán!

 

No rebusquen más mitos en mis labios.

Soy la furia salvaje de una criatura

abandonada en el monte

sin conocer más padre que el sol que ha requemado mi epidermis

ni más madre que ese lamento gris de tierra

que indefinidamente me derrumba y me levanta.

 

Una urgencia por Dios toma el vocablo.

¡Lo que nos pasa a veces!

Si cuando niña se me hubiera dicho:

«Ante Dios

afloja la rodilla y baja el rostro»,

yo hubiera obedecido.

Pero nadie sopló luces de mitos en mi frente

ni se movió en los nervios de mis actos

(aprendí de mi abuelo a levantar, por mi mano, todas las cosas)

y fui sólo el bárbaro explorador sin ropas

que arañando la piedra se trepaba al risco

para avistar las rutas que indicaba

su brújula de astros y de olores.

Y ahora, cuando alguien me pregunta:

«¿Cuál es tu Dios, tu identidad, y la región que habitas?», digo:

–Mi tierra es la región del embarazo

y yo soy la semilla donde Dios

es el embrión en vísperas.

 

¡Cuánto pasado para llegar aquí!

Para poder estar de pie junto a las cosas

y decir:

–Mi corazón se espiga frente al mundo

como una inmensa lágrima caliente.

Pasan las madres con sus hijos.

Las parcelas revientan de brotes

y el espacio nutre un retoño

de vibrátiles e inmensas dimensiones.

Ante esto

yo mido la magnitud de mis caderas,

palpo mis carnes, aguzo el oído finamente

y confirmo el hecho:

como ellas yo llevo un fruto en mí.

Pero alguien, no sé quién, salta y me dice:

«Ficticio anunciamiento

en la sorda pulsación de un cuerpo estéril».

Qué saben ellos

de ese recóndito embrión

urgiendo mi presencia bajo un cielo de ruinas.

Qué saben de ese embarazo antiguo gestando desde siglos

un hijo despatriado que no logra nacer

ni abortar de mi vientre

cuando resbalo y caigo.

Un hijo falsamente robado y bautizado

en el narcotizante vino de un río mitológico

que no acierta a moverse

con la pesada carga que le asignan.

¡Ay del fruto en la entraña

escandalosamente percibido,

voluminosamente titulado,

quebrantando mis huesos al golpe de su peso!

Y antes no eran sus rasgos pronunciados

ni complicado el peso.

Yo recuerdo la niña agilidad

que jugaba con la víscera azul

antes del rapto,

casi en la misma conjunción del lecho:

aquella anunciación difusa y primeriza

de hace siglos,

donde su presencia apenas si brillaba

con párvula intuición de imprecisión y azoro.

Sensible al ruido y diminuto,

sus fugas nos vedaban los contornos

y aún el más sigiloso y descalzo de los pasos

le aguijaba de miedos

precipitándole en una tímida huida de corza repentina.

Pero eso fue ayer. Ayer,

en el tiempo de las primeras brasas.

Hoy todo es distinto.

Sé mi condición de madre

y de Dios su condición de hijo,

de sucesión, rumbo al futuro,

y un desgajado sol de otoños dulces

dilata mi corazón y lo revienta en grito:

¡Mi hijo! ¡Mi hijo!

Con un temblor de voz que supera todas las ternuras.

 

De blasfemia han tachado mis urgencias.

Dicen que Dios no reirá jamás entre mis labios

ni llorará en la cuenca de mis ojos tristes.

Seré siempre la anónima, la gris, la desterrada

para quien sólo existe por patria

un índice de estragos y de hogueras-

Pero...

Que no me digan nada.

El corazón se exprime en sus lagares

y canta en el ardor de sus heridas,

El mío canta aquí, a la intemperie,

sin fronteras ni códigos caducos,

sin esos cuentos viejos que nos dicen:

«Corrían arcos de luz de arriba abajo

y tatuaban las frentes de distancias».

Como si el ala oculta no tocara

más arriba del ojo de los vientos.

Yo no puedo alisar fábulas ciegas.

Alguien rompió sus labios pecho adentro

y me enseñó a forjarme desde siempre

una forma de amor recíproca y sencilla.

De aquí que guste la identidad sin límites ni ambages

y use el coloquio fácil y entrañable

con que en el vientre se hablan madre e hijo.

No reparo en lo dicho. Dios es mi inseparable,

mi más íntimo compañero

de juegos y de lágrimas:

el más constante y tierno,

más rebelde y sumiso.

Lo que son las cosas...

Yo sé lo que le espera al canto en que me espigo:

una turba de puños indignados demolerán su forma,

me trizarán a golpes.

Mas yo sabré ubicarme

de nuevo en mi insistencia

sacudida de grillos la cabeza

y destrenzado el pelo hasta las corvas,

porque odio los límites supuestos.

No me conformo con que digan:

«su forma es ésta; vedada otra estructura».

¡Qué débil consistencia de doctrina!

Recordad que Dios es el espejo

más contradictorio y bifurcado,

acomodado a todas las pupilas.

Yo lo esculpo a mi modo y le doy forma.

¿Cómo pecar con esto?

¿Peca la hembra que proclama al vástago?

¿Peca al decir: se hospeda desde siempre

en la borrasca delirante de mi sangre?

Imposible.

El concebir y el cantar no hay que velarlos.

Hay que danzar con ellos a la luz del día

y a la obsidiana luz de la alta noche.

Yo no puedo evitar mi índole espontánea;

soy una cascada de torsos al desnudo.

Como el niño se da, me doy al viento

desatando mi grito.

Los buenos

me dirán que calle y ceda.

Mas yo que en torno de mi cintura

be puesto un cascabel de mineral rojizo

que a cada paso grita a Dios: ¡Mi hijo!

y establezco mis propios cánones y salmos,

no me dejo llevar

ni me dejo negar

ni escondo la vereda

ni me humillo el rostro

cuando otros le nominan «Padre», «Artífice»,

ni les digo el origen de mi grito

porque no creerán en la sobrevivencia.

Perece el padre, sobrevive el hijo,

El último es eterno:

llora en el niño antes de hacerlo hombre,

y después y después,

y siempre el hijo despejando el futuro.

dominando horizontes

imperecedero, triunfal,

en la Unidad, en lo Eterno.

¿Por qué ignorar que el mundo

es un cotiledón de fuego

en que Dios va formando su presencia?

Son cosas que no pueden cubrirse.

Miradme aquí cómo al tratar su nombre

danzo en una resurrección

de brasas removidas

y siento sus latidos sonándome en el pecho.

¿Cómo negar al hijo que florece?

No he aprendido a ocultarle

ni a decir que me pesa, aunque me acusen

de agotarme su largo nacimiento.

¿Por qué habría de ser?

Él no me obliga a prescindir de nada.

Su floración es natural y simple

y si bien estos ojos vidriosos se me pierden

tras un vago rumor inaprehensible

y a menudo descanso en el camino

y acaricio su forma por mi vientre.

también puedo agitarme

y retozar a pie descalzo el monle vivo

y hago correr sus pies entre mis piernas

y hundo mis manos en la tierra firme

y bebo el agua corriente de los ríos

y desnudarme al sol.

Y es mejor que mejor,

porque no me gustaría que el que pasara viera


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Hay 1 respuestas al foro

1
  autor artillerodel87 el 3/dic, 2008 09:47 Regidor

mi cabeza quebrada sobre el pecho,

ni quiero para él un enfermizo rostro

de Dios encajonado

en estancias oscuras y severas.

Quiero que muerda el corazón del mundo,

que sepa del sol,

de los astros, del viento,

de lo grande y lo mínimo.

Quiero en Dios al lujo que creciendo

en plenitud reviente al cerco falso

y destruya las fronteras

y la celda ficticia y demudada

del concepto y la carne.

Lo quiero levantando su imperio al aire libre.

desnudo, limpio, imperturbable y sano,

respirando hondo y fuerte

del aliento rotundo de la tierra.

 

...Forum locuta, causa finita





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